Sueños y una maleta llena de cicatrices
Te escribo desde los recovecos de tu masa gris.
Me gustaría que pares por un momento y solo escuches mi voz. Quiero llevarte a mi realidad. Ya hemos discutido alguna vez sobre las diferentes realidades en las que vivimos y siempre acabas enfadado. Me encantaría que, por primera vez, te atrevieras a saltar conmigo desde 4000 metros de altura en caída libre, a más de 200 km por hora.
Supongo que te da vértigo. Es normal.
Si te preguntas porqué te estoy diciendo esto, la respuesta es simple: quiero que viajes tan alto como yo, que no te olvides de quién eres y que entiendas que constituyes todo lo que pierdes y ganas a lo largo del viaje. Quiero que entiendas que, sin todo lo que te duele, no existe aquello que te hace sonreír a oscuras cuando nadie te mira.
Me gustaría, y nada me haría me llenaría de más orgullo, que saltaras conmigo desde ese avión. Sin paracaídas, sin frenos y con la mirada de los que entienden que tienen que caer a esa velocidad para poder volver a levantarse y resurgir de las cenizas.
Y si no te recuperas del golpe, que por lo menos sepas que la vida es la suma de nuestras decisiones, y que aunque tú siempre creíste en la casualidad, jamás perdiste el control de un viaje que te permitió el lujo de sentir cada punzada de dolor y cada caricia con sabor a libertad.
No espero convencerte, pero sí espero que te marches de este planeta con la certeza de que, aunque la putrefacción nos rodea, en alguna parte, todo lo que hiciste construye un universo de castillos a los que solo los que no tienen miedo tienen acceso.
Vuelve ahora, si quieres, a la comodidad que te permite evadirte a través de miles de pantallas a realidades que parecen menos locas que la que cuenta alguien a quien solo se le ocurre decirte que te tires de un avión.
Solamente te pido que pienses si merece la pena dejar de soñar. Aunque a veces los molinos se conviertan en gigantes salidos del infierno al que solo bajaste por amor.
