Relatos, descripciones y reflexiones

Hecho trizas

Necesitaba bailar una vez más. Deslizarse entre las líneas de la vida y de las palabras que ya se habían esfumado. Una pirueta más y una puntada pequeña en el jardín que ya perdía las hojas frente al frío.

Le quedaba poco tiempo y arañaba la superficie con toda la fiereza de la que era capaz. No pensaba marchitarse tan rápido. No se convertiría en un harapo inválido y no intentaría burlar las sombras del invierno que amenazaba con todo su peso.

Pero necesitaba un último baile, brutal e imantado al ritmo de su corazón y de la música mientras se miraba a un espejo que le mostraba un reflejo desdibujado, más bien irreal.

Sus ojos le devolvían una mirada demasiado triste, no recordaba la última vez que se había visto así y lo único que deseaba era ese brillo que yacía latente. El suelo imantado por el que caminaba ya le quemaba y lo cierto es que necesitaba respirar, gritarle al mundo que no iba a estar clavada a las sombras del tiempo. No pensaba sucumbir a una tierra que solamente quería los escombros de su luz.

Respiraría y contaría mil veces la historia del día en que se miró al espejo y buscó el pedazo de la vida que deseaba entre millones de trozos cristalizados que le habían abierto heridas que se convirtieron en cicatrices que no significaban absolutamente nada.

Y también le diría al mundo que estaba cansada de las miradas vacías en el limbo, de la escala de grises en la que se movían, encorvados y sin mirar más allá de sus 30 centímetros iniciales. Diría que hacían falta más sonrisas, más paseos sin destino y más miradas borrachas de poder.

Abriría el baile inicial, te invitaría y te daría la mano hasta que aprendieses a caminar sin ayuda. Cosería cada uno de los girones en los que te habías convertido y te contaría cada noche una historia diferente.

La primera sería esta que acabas de leer, en la que te ha suplicado que alces la mirada, bebas y te conviertas en una espiral de piruetas incesantes mientras el frío azota a los que ya se convirtieron en entes andantes, errantes, incoherentes y doblados de dolor.

Incapaces de recordar lo que era el amor escondido en la sonrisa de cualquier desconocido que un día pudo haber sido el tejido perfecto. Aunque hubiese sido durante un minuto. Quizás el más maravilloso del mundo.

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Miénteme y te regalo mi corazón

Miénteme una vez más.

Hazme olvidar que llegaría el momento de decir adiós. Dibújame una caricatura mundial del minuto final y llévame hasta el infierno para traerme de vuelta mientras escapamos del laberinto de las ilusiones y se desploman las estrellas del cielo.

Teletransportémonos a la cima más alta del mundo cuando llegue el momento de besar las lágrimas del adiós en el susurro de un suspiro tan ligero como el aire que nos rodea y nos contamina con su silencio.

Cuando me mientas por última vez recuérdame que en el vacío habremos creado un mundo perfecto, ilusorio y jodidamente rompedor. Paralelo a la realidad que nos obliga a ser demasiado normales y pesado. Más de lo que podemos soportar.

En el recorrido desde el infierno prométeme que no seremos trashumantes derrotados. No me prometas un paraíso contemplativo. Solamente te pido una mentira que me permita despedirme sin mirar atrás. A un pasado que no es más que el reflejo de la vida que ya marchó.

Cuando hayamos escalado la cumbre inalcanzable prométeme que no te tirarás conmigo al vacío, que me dejarás caer y volverás a volar en la tierra que pudo conmigo y me encadenó sin remedio a un destino que no elegí.

Te interrumpiré cuando me mientas y te contaré que nunca me dieron opción. Te diré que nunca conseguí brillar con luz propia y que la culpa fue solo mía. No era lo bastante fuerte. Y te pediré, tal vez incluso suplicaré, que no dejes que las cadenas te aten a un suelo tan lleno de fango como el nuestro.

Miénteme y llévame al infierno porque solamente después será cuando conseguiré sentir el frío de la nieve en mi piel.

Y cuéntame la historia más bonita del mundo mientras besas mis lágrimas invisibles y me despido de un corazón que dejo junto a ti.

 

 

Marionetas

Acuérdate de todas las veces que se esfumaron todas tus intenciones con un punto y final. De cuando te convertiste en ceniza, un resto de un fuego fatuo que te llevaba por el camino de un laberinto que no comprendías y que llamábamos vida.

Acuérdate de todas las veces en las que tu camino tenía todo tu corazón y que todo lo que importaba era el amor que dedicabas a cada pincelada que componía ese puzle cuyas piezas no terminaban de encajar.

Eras el caos en el ojo de la tormenta, en medio de un arcoiris iluminando cómo caía el cielo en pedazos y la marea subiendo sin miedo a inundar tus sentidos. Se te acabaron las palabras dispares y las rimas de los lugares que nunca visitaste. Te convertiste en una parodia ahogada, como un bufón al que robaron de todo ingenio, despojado de la gracia de una corte que jamás fue tuya.

Te pedí que nadaras, que volaras y corrieras. Que volvieras a ser fuego iluminando su propio camino, que disfrutases del laberinto y de cada esquina que torcías, que hablaras fuerte y dejases de ser una parodia fragilizada y te regalases a ti mismo el beneficio de que te conocieran y volvieses a ser. Que ya no fueses un ser inerte dominado por un poder que no tenías ni debías comprender.

Te pedí que obedecieras a tus ganas de vivir, que peleases con y contra las consecuencias de cada acto, que sonrieras ante cada puñetazo que te propinaran y que les regalases una mirada tan fuerte como la tormenta bajo la que ya no te podías esconder, brillante y gigante como aquel arcoiris que ya no será el culpable de enseñarte que a veces el mundo se cae en pedazos y que lo único que puedes hacer es reconstruir y resurgir.

Agua

-Sé tú.- Me dijo.

Borracho, desdentado y sin equilibrio me dio el consejo más sabio a cambio de un cigarro y una sonrisa.

-Sé tú, que no te ahoguen, que no te corten las alas y no te arrebaten la luz como me hicieron a mi. – Era todo lo que alcanzaba a balbucear mientras intentaba mantenerse en pie y yo no sabía si mirarle con pena, compasión o admiración. O una mezcla de todas estas juntas.

El sol se había abierto paso, a mi alrededor danzaban niños que disfrutaban del tiempo sin saber que se les escapaba a borbotones y, con ellos, seres aburridos de reír, de esperar y de buscar. Un músico callejero se dejaba el corazón en cada canción y pompas de jabón decoraban mi paisaje iluminado de sonrisas que no alcanzaban la superficie.

Yo era nueva en un mundo que no comprendía, se me habían perdido las oportunidades en el café que ya había dado por acabado y en palabras inexactas que me impedían avanzar en el camino que menos me adormecía.

Y sin embargo, sus palabras rebotaban en mi cabeza, “sé tú”, y me imprimían una fuerza titánica. No me ahogaría, nadaría a favor de la corriente y en su contra. Me perdería en la oscuridad y me rodearía de agua convirtiéndome en una parte vital del océano hasta que consiguiera resurgir en un mar de calma y de tentación en forma de luz y serenidad. En un mar de pieles que me susurrarían todos los secretos que jamás dijimos en voz alta y me besarían la respiración en silencio y en medio de una erupción asoladora.

Borracho, desdentado y loco.

Loco por la vida que alguien le dio sin preguntarle si era lo que quería.

Desdentado hasta el alma, frágil, ausente de huesos que protegieran un espíritu demasiado ligero.

Borracho de nostalgia, de ausencias y de una carta que guardaba como único tesoro. Firmada por su hermana antes de abandonarlo al ritmo de un mar que para él nunca estuvo  en calma.

Ahogado y rescatado. A cambio de una sonrisa y un cigarro.

Por la calma frente a la tormenta.

Se miran en silencio. No tienen nada que decirse.

No hay tensión, tampoco rabia y ni siquiera rencor. Ya terminó la pelea por ser gigantes, al final siempre ganan los mismos y no les queda más remedio que ceder una última vez a la luz vaga de una luna que hoy no ha tenido el valor de mostrarse.

Hace más frío del que debería o quizá solamente es el hilo de esperanza sangrando desesperadamente el que hace que la noche se haya convertido en un glaciar que hiela hasta el último suspiro de ambos.

Puedo intuir sus miradas invencibles y sus susurros desafiantes renunciando a empequeñecerse frente al adiós que ya conocían. Morimos desde que nacemos.

Solamente uno saldrá vencedor pero tendrá que volver a aprender a vivir sin pronunciar palabra, olvidando todos y cada uno de los momentos en los que fracasó y no consiguió rescatar al otro del abismo. La culpa y el dolor de haber desistido se convertirán en las cadenas que le obligarán a arrastrar k pasos que de a partir de entonces. Y también caerá.

Llegará y arderá en su infierno adictivo un día tras otro, sin un reloj de arena que marque el final de la agonía que le supuso querer ser más. Se le agotarán las lágrimas.

Y un día cualquiera despertará con ojos diferentes, con un corazón que latirá convaleciente, pujando por volver a ser.

Y lo conseguirá. Volverá a vivir y sabrá que tomó la decisión más arriesgada y más bonita del mundo. Volverá a sonreír y habrá dejado de sangrar esperanza. Beberá de cada uno de los minutos que le habrán dolido y se convertirá en la luz de quien resurge después de haber sido apaleado, después de haber dejado de caer al abismo con el otro. Se quitará las cadenas y hará un poco menos de frío.

Las noches no dejarán de ser oscuras pero estaré ahí para susurrarle que no hay que dejar de llorar, o de vibrar. Le recordaré que sus tropiezos son pasos fuertes y decididos a no caer, a revivir todas y cada una de las palabras que sí existen en los latidos de todos y cada uno de los que somos.

Me convertí en una tormenta fantasma.

Se convierte en una tormenta que inunda todos sus sentidos. Estrella la copa contra la pared y escala montañas invisibles a los ojos de los demás.

Se intoxica en esa nube de humo que ahuyenta a todos los que no le miran a los ojos incapaces de enfrentarse a toda esa rabia que destila borracha de vida.

Se enamora de este mundo, del suyo, del inframundo y de los que aun no ha descubierto. Azora todas las miradas que corren cobardes ante el miedo a caer. Una y otra vez.

Que corran. Que corran hasta reventar sus piernas agotadas de pánico absurdo mientras yo vuelo y descubro que hay luz en la sombra y paz en la fuerza rabiosa que me obliga a caer una y otra vez obligandome a robarte las palabras y los gestos. Incluso los silencios.

De todo esto solo hay una cosa que puedo prometerte: no temas, te lo devolveré todo en forma de aventuras, de sueños rotos y de misiones cumplidas en forma de sonrisas. Te devolveré cada uno de los pasos que malgastaste huyendo de ti mismo y cambiaré mi rabia por la paz y la fuerza de haberme enamorado de cada suspiro de cada rincón horrible. Los rincones más hermosos que descubrí cuando llegué al fin del mundo y solo fui un fantasma de mi reflejo.

Adicción

Me intoxicas. En el peor de los sentidos.

Me envenenas con un cuentagotas. Me alimentas como a una yonqui mientras desespero en palabras rotundas que me sumergen y me llevan al abismo oscuro de tu ritmo adictivo. Absurdo.

Debería estar bien, dices. Mientes. Mientes una y otra vez y te retroalimentas de mi hambre y de mi sed; de mi instinto sediento de un milímetro más de ese veneno que has descubierto a mi medida.

Adormeces mis sentidos brutalizados en palizas de imágenes que descontrolan mis impulsos y me devuelven a tu infierno decorado de verdades que me aburren demasiado. Demasiado normales para ti y para mi.

Me has convertido en una adicta a la adrenalina que ha olvidado la serenidad del silencio cuando más pesa. En un ser contradictorio, descarado. Putrefacto y desesperado por un tiro más de tu cuerpo corrupto.

Te das la vuelta con esa sonrisa maldita y me intoxicas tan consciente del poder que tienes sobre mi que ni siquiera te preocupas. Y me ahogas en esa mirada rítmica, denunciando tu aborrecimiento hacia la falta de extremos. Cansado de las palabras a medias, de las sonrisas a medias y de los silencios completos. Eres la tormenta que remueve el mundo, que me hace querer destrozar cada uno de los minutos que pierdo olvidándote. Olvidando que solo existes ahora y que tal vez, y solo tal vez, me des un tiro más. O quizá mandes al mejor de tus sicarios.

Y me pierdo en tus latidos mientras me intoxicas.

En el mejor de los sentidos.

Algo parecido a la vida.

Me preguntaba qué era todo aquello.

Todo aquello que salía a presión, emanando los poros de su piel. De dónde surgía toda esa energía incomprensible que batía su cuerpo al tiempo que se mecía con la marea mientras el frío invadía todos sus sentidos.

Me preguntaba qué significaba el latido de ese corazón desbocado que no alcanzaba a comprender y me susurraba al oído si era posible que alguien que aclamaba que no tenía corazón podía esconder el más roto de todos, a la espera de que un toque de algo parecido al verdadero amor lo acariciase.

Todo aquello que presagiaba una mirada perdida en busca de una sonrisa amable o una reflexión rocambolesca sobre la forma de las nubes que ese día habían decidido dibujar en el cielo todo lo que todavía no alcanzaban a decirse.

Qué historia se escondería detrás de ese corazón inexistente, carente de lágrimas que llevaban demasiado tiempo sin ver la luz. Siempre pensé que llorar era la manera más bonita de sonreír de los ojos, incluso cuando estos ardían por una caída inesperada.

Intenté calmar su dolor con palabras que siempre fueron insuficientes. Intenté acallarlo marchando en silencio porque pensé que jamás me creería. Quién lo haría, al fin y al cabo no era más que una pequeña más bien despistada que pasaba más tiempo imaginando colores imposibles y sonrisas a medio pintar mientras me enamoraba de todos los gestos que me regalaba en sueños.

Y fueron los silencios los que le devolvieron las respuestas que tanto ansiaba, disfrazadas de algo parecido a la vida que merecía. Tan llena de libertad y de luz que ya no hacían falta los silencios calculados y, ni tan siquiera algo parecido al verdadero amor, pues ya lo era. Cada minuto, cada vez que respiraba era amor, y su risa cristalizada el diamante más bonito del mundo.

 

 

Justicia

Me entretuve mirando sonrisas.

De las que se perdían al ritmo de la melodía, o las que se dejaban llevar por dos bailarines enamorados de los pasos que iban dejando atrás.

Me entretuve mirando tu sonrisa y tus ojos ensimismados.

Los que me decían que adorabas la luz llenándote de vida, los que me obligaban viajar a un ritmo frenético para poder volar antes de que llegase el atardecer y te obligases a esconderte en el único bosque que alcanzabas sin abandonar tus sombras asustadas.

Te quise coger de la mano.

Cogerte de la mano e intentar anclarte a la sensación de la realidad difusa que se alejaba de ti sin control; y que bailaras conmigo al ritmo de lo bueno que nos quedaba antes de dejar marchar todas las sonrisas.

Y supliqué, también, a todos los dioses en los que no creía que me dejaran compartir esas sonrisas contigo y con tu corazón. No supe si alguna vez les llegó el sonido de mi voz ahogada en una tormenta desesperada.

Te dejé marchar, probablemente uno de los grandes aciertos de mi vida, y decidí que merecía sonreír con los danzarines perdidos en un mundo lleno de magia. Mientras olvidaba tus ojos ensimismados, tus latidos absurdos y tus manos llenas de cicatrices que no te enseñaron ni una sola lección.

Te importaban más los bosques convertidos en laberintos que cualquier amago que desencadenara una lágrima que te hiciera volver al mundo de los vivos.

Tienes un sabor agridulce.

Pum. Pum. Pum.

Cuenta cada latido del corazón mientras corre huyendo del diablo que le roba la razón. Busca un lugar donde la calma le deje pensar, donde se asiente sus pensamientos y el odio se desvanezca cuando el viento azote su piel.

Corre y su corazón desbocado a punto de reventarle el pecho, no le queda ni un ápice de fuerza y cae. El suelo es frío y quizá deba rendirse. Tiene las manos manchadas de sangre, en algún momento debió abrirse la herida y parece que su corazón escapará a través de esas manos que han visto más que los ojos de cualquier otro ser.

Pum.

Se ralentiza, piensa que quizá esté a punto de alcanzarle y que ese sea el momento  de volver a respirar ante la escapatoria inminente de una vida que no ha sido suya.

Y vuela su cabeza. Se cura. Se cura y se enamora del recuerdo. Totalmente consciente de que el pasado no existe y que el sabor agridulce del amor es, quizá, el elixir más potente del mundo. Pero vuelve a la vida y su corazón ya no quiere escapar a toda vela del destino.

Consigue darse la vuelta y el cielo no ha querido concederle el lujo de personificarse, pero las nubes oscuras resultan, por primera vez, un consuelo. No tiene que fingir.

Se le dibuja una mueca en la cara, lo más parecido a una sonrisa que ha experimentado en años y se desdibujan las imágenes a su alrededor cuando se le empapan los ojos de lágrimas mientras sus manos siguen sangrando sin piedad.

Quien sabe, igual es el momento de dejarse ir, de dejar de luchar, de decir en voz alta todas las verdades que callamos cuando el miedo nos amenaza en silencio.

Y cierra los ojos.

Y el amor calienta su cuerpo.

Y sus lágrimas se convierten en diamantes mientras su sangre riega el césped congelado y las nubes amenazan a tormenta de vida.