Adicción

por palabrasinaudibles

Me intoxicas. En el peor de los sentidos.

Me envenenas con un cuentagotas. Me alimentas como a una yonqui mientras desespero en palabras rotundas que me sumergen y me llevan al abismo oscuro de tu ritmo adictivo. Absurdo.

Debería estar bien, dices. Mientes. Mientes una y otra vez y te retroalimentas de mi hambre y de mi sed; de mi instinto sediento de un milímetro más de ese veneno que has descubierto a mi medida.

Adormeces mis sentidos brutalizados en palizas de imágenes que descontrolan mis impulsos y me devuelven a tu infierno decorado de verdades que me aburren demasiado. Demasiado normales para ti y para mi.

Me has convertido en una adicta a la adrenalina que ha olvidado la serenidad del silencio cuando más pesa. En un ser contradictorio, descarado. Putrefacto y desesperado por un tiro más de tu cuerpo corrupto.

Te das la vuelta con esa sonrisa maldita y me intoxicas tan consciente del poder que tienes sobre mi que ni siquiera te preocupas. Y me ahogas en esa mirada rítmica, denunciando tu aborrecimiento hacia la falta de extremos. Cansado de las palabras a medias, de las sonrisas a medias y de los silencios completos. Eres la tormenta que remueve el mundo, que me hace querer destrozar cada uno de los minutos que pierdo olvidándote. Olvidando que solo existes ahora y que tal vez, y solo tal vez, me des un tiro más. O quizá mandes al mejor de tus sicarios.

Y me pierdo en tus latidos mientras me intoxicas.

En el mejor de los sentidos.

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