Justicia

por palabrasinaudibles

Me entretuve mirando sonrisas.

De las que se perdían al ritmo de la melodía, o las que se dejaban llevar por dos bailarines enamorados de los pasos que iban dejando atrás.

Me entretuve mirando tu sonrisa y tus ojos ensimismados.

Los que me decían que adorabas la luz llenándote de vida, los que me obligaban viajar a un ritmo frenético para poder volar antes de que llegase el atardecer y te obligases a esconderte en el único bosque que alcanzabas sin abandonar tus sombras asustadas.

Te quise coger de la mano.

Cogerte de la mano e intentar anclarte a la sensación de la realidad difusa que se alejaba de ti sin control; y que bailaras conmigo al ritmo de lo bueno que nos quedaba antes de dejar marchar todas las sonrisas.

Y supliqué, también, a todos los dioses en los que no creía que me dejaran compartir esas sonrisas contigo y con tu corazón. No supe si alguna vez les llegó el sonido de mi voz ahogada en una tormenta desesperada.

Te dejé marchar, probablemente uno de los grandes aciertos de mi vida, y decidí que merecía sonreír con los danzarines perdidos en un mundo lleno de magia. Mientras olvidaba tus ojos ensimismados, tus latidos absurdos y tus manos llenas de cicatrices que no te enseñaron ni una sola lección.

Te importaban más los bosques convertidos en laberintos que cualquier amago que desencadenara una lágrima que te hiciera volver al mundo de los vivos.

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