Diamantes

por palabrasinaudibles

Es un amor de esos apresurados, uno de los que temen se lleve la lluvia cuando los descubra en un callejón escondidos de las miradas indiscretas, de los sueños imposibles y las batallas perdidas.

Son los susurros del aire los que les hacen volar en un sinfín de preguntas y respuestas que bailan desordenadas bajo sus pies empapados de desesperación.

Y son esas campanillas sutiles las que les dan permiso para escuchar los latidos sincronizados de sus cuerpos mientras cierran los ojos. Permitiéndose un minuto de paz en el reloj de arena que corre desbocado.

– Son diamantes.

– No, solo son piedras. El verdadero no lo puedes ver.

– ¿Por qué me los das?

– Solo son piedras, ¿qué podrían tener de especial? El único diamante que ves aquí los escondes tú. Detrás de esa sonrisa que protege los ojos más tristes que he visto. Déjame no regalarte piedras, sino su inmortalidad, y que sea mi único testigo tu silencio y esta calle plagada de sombras. Deja que te guíe a las profundidades de este laberinto sin sentido mientras me invento la historia que te haga sonreír por primera vez.

Se deslizan hasta la única estancia abierta. Una pequeña cafetería despojada de decoración que intente embellecer las paredes que han escuchado secretos durante demasiados años. Quién sabría decir la hora si el reloj ha arrancado de nuevo y no tienen más opción que bailar a su merced.

Apenas tres almas se deslizan entre ellos, perdidos en los sueños que abandonaron en el último tren de la noche. El silencio pesa tanto que lo sienten sobre sus hombros, como si cargasen con demasiadas promesas embadurnadas.

Le cuenta la historia de aquella vez que besó un corazón, el acelero de su respiración cuando saboreó la carne en sus labios sedientos de paz. Le cuenta todo acerca de aquella dimensión perfecta, vacía de ideas simétricas y viva de absurdo; las que concebían gritarle al mundo que el amor era paciente, vacío de promesas y lleno de luces tintineantes: las que te hacían vibrar en armonía y las que deslumbraban para marcharse en un suspiro.

Ella le mira sin entender pero se deshacen los nudos de su alma en silencio y escucha paciente mientras nota cómo se remueven las cicatrices que cosen cada centímetro de su piel y él continúa hablando del miedo que le había atado y desgarrado las muñecas.

El miedo había sido el único ser que había conseguido dejarle sin fuerzas en mil batallas ante las que no se rindió, jugando en contra del tiempo que jamás daba tregua y que cortó en pedazos todas las palabras que alguna vez susurró al destino.

– Las piedras, – dice – no son más que besos que jamás llegué a regalar; la inmortalidad de las estrellas que quedaron en la lejanía del cielo que nunca estuvo a mi alcance. Son el brillo de un amor pausado mientras buscamos la paz que tal vez, y solo tal vez, encontremos cuando te bese el corazón mientras me cuentas porqué aun duelen las cicatrices.

Ha imaginado este momento miles de veces y ni una el vals que mecería sus palabras: la belleza de la ecuación perfecta que le hace comprender que las piedras no son más que piedras. La que le muestra que hay absurdos embutidos en minutos que pueden ser puros durante una eternidad, aunque un día cualquiera la música deje de sonar y todo lo que quede sea el brillo sin vida de una estrella que le mostró que hay sombras dulces en cada rincón.