Y si éramos bruma
por palabrasinaudibles
Eras como una canción dedicada a un corazón roto. La poesía agridulce de un hombre perdido en su buhardilla, mientras el tragaluz dejaba pasar los últimos rayos de sol y veías escapar a tus palabras por el lugar equivocado de una inspiración que no quería volver a ti.
Eras la desesperación por la vida que te habían arrebatado sin preguntar qué era lo que más amabas de este mundo. La imagen viva de un espíritu agonizante pero no derrotado. Te habías convertido en la obsesión de una melodía que mentía a tus oídos prometiendo una vida mejor en una ciudad que te robaba el alma a cada paso que dabas.
Y eras, también, todas y cada una de las vidas que viviste junto a los sueños que nunca debiste abandonar; los días de un recuerdo que te carcomía como si el síndrome del siglo de oro te hubiese atrapado en lo más profundo.
Eras tú, era yo y no fuimos hasta el fin del mundo porque nos abrumó la capacidad brutal que tuvimos de sentir cada suspiro que dimos mientras nos reconstruimos en personas que nunca llegarían a existir en ninguna parte más que en tus versos libres, esclavos de las normas que te hacían jirones la piel.
Y fuimos un segundo en galaxias infinitas que jamás podríamos comprender. Una partícula minúscula que tal vez, y solo tal vez, se convertiría en una estrella que alguien quizás miraría algún día con el corazón a punto de explotar de felicidad, fuera de esas cuatro paredes que nosotros no supimos derrumbar aun cuando tuvimos todas las respuestas a una sonrisa de distancia.
Quizá no supimos lo que era el amor, quizá nadie nos enseñó todos su matices y, quizá, pudimos haberlo descubierto si hubiésemos cerrado los ojos y hubiésemos escuchado esa melodía que nunca dejó de sonar.
