Petricor
Está perdido.
Mientras que la bala que le ha atrevasado y desgarrado el cuerpo se lleva su vida por delante, cierra los ojos esperando paciente a que se le escape el último aliento.
No hay mil imágenes corriendo a la velocidad de la luz por su mente. No hay recuerdos brillantes, ni sonrisas despidiéndose de él. No hay nada.
El silencio es abrumador, solo escucha cómo su corazón se va debilitando poco a poco y siente cómo se le escapa la sangre a más velocidad de la que se hubiera imaginado. ¿De verdad esto es la muerte?
Se había imaginado que sería todo mucho más doloroso, más dramático, insufrible. Le preocupa el desastre que habrá que limpiar después. Ni siquiera en sus últimos momentos puede deshacerse de sus manías. Qué aburrimiento, ya podía haber sido más original.
Se pregunta qué habrá sido de su atacante. No entiende porqué ha sido tan torpe como para estar en el momento equivocado en el lugar equivocado.
En un minuto pasmosamente lento se traslada a sí mismo a la última vez que consiguió sonreír con honestidad. Ha pasado demasiado tiempo desde aquel día. El recuerdo es borroso y ahora se intenta agarrar a esa noche de despedidas en silencio, qué bonito fue decirle hasta mañana sin imaginar que nunca volverían a verse. La ve saliendo por la puerta, una y otra vez. No consigue ver su cara, como si se hubiese esfumado.
Por alguna razón que no entiende, y no tiene fuerzas para querer hacerlo, le llega una melodía suave y no puede evitar tararear en silencio. Ojalá pudiese recordar cómo se llamaba, aunque tampoco es muy importante, seamos honestos.
Esa extraña melodía, su imagen saliendo de casa por última vez, su cara invisble y la leve sensación de que ese día habían hablado del olor de la tierra después de la lluvia. De la paz después de la lluvia.
Ojalá hubiese tenido tiempo de pedirle a alguien que se ocupara de dejar sus cenizas en un bosque del norte.
Da una última bocanada y solo piensa en el olor de la tierra después de la lluvia. Qué felices habían sido.
