Relatos, descripciones y reflexiones

Petricor

Está perdido.

Mientras que la bala que le ha atrevasado y desgarrado el cuerpo se lleva su vida por delante, cierra los ojos esperando paciente a que se le escape el último aliento.

No hay mil imágenes corriendo a la velocidad de la luz por su mente. No hay recuerdos brillantes, ni sonrisas despidiéndose de él. No hay nada.

El silencio es abrumador, solo escucha cómo su corazón se va debilitando poco a poco y siente cómo se le escapa la sangre a más velocidad de la que se hubiera imaginado. ¿De verdad esto es la muerte?

Se había imaginado que sería todo mucho más doloroso, más dramático, insufrible. Le preocupa el desastre que habrá que limpiar después. Ni siquiera en sus últimos momentos puede deshacerse de sus manías. Qué aburrimiento, ya podía haber sido más original.

Se pregunta qué habrá sido de su atacante. No entiende porqué ha sido tan torpe como para estar en el momento equivocado en el lugar equivocado.

En un minuto pasmosamente lento se traslada a sí mismo a la última vez que consiguió sonreír con honestidad. Ha pasado demasiado tiempo desde aquel día. El recuerdo es borroso y ahora se intenta agarrar a esa noche de despedidas en silencio, qué bonito fue decirle hasta mañana sin imaginar que nunca volverían a verse. La ve saliendo por la puerta, una y otra vez. No consigue ver su cara, como si se hubiese esfumado.

Por alguna razón que no entiende, y no tiene fuerzas para querer hacerlo, le llega una melodía suave y no puede evitar tararear en silencio. Ojalá pudiese recordar cómo se llamaba, aunque tampoco es muy importante, seamos honestos.

Esa extraña melodía, su imagen saliendo de casa por última vez, su cara invisble y la leve sensación de que ese día habían hablado del olor de la tierra después de la lluvia. De la paz después de la lluvia.

Ojalá hubiese tenido tiempo de pedirle a alguien que se ocupara de dejar sus cenizas en un bosque del norte.

Da una última bocanada y solo piensa en el olor de la tierra después de la lluvia. Qué felices habían sido.

De cuando pierdes algo que no fue tuyo

Me duele el contenedor de las emociones. No sé si es el corazón o las entrañas. Ya no los distingo.

Me enseñaste a querer y adorar tus historias por encima de cualquier otra realidad. Soñaré con la conversación que nunca llegamos a tener y me dormiré al ritmo de tus melodías a piano. No nos conocemos y sin embargo me has rescatado mil veces del abismo. Me duele este cofre diminuto y soy egoísta al pensar que nunca más me abrirás las puertas a uno de tus mundos infinitos. Me queda el consuelo de tu ciudad fantasma, de las sombras de tus palabras y las intenciones de aquellos que nacieron de tu imaginación.

Supongo que no tengo derecho a escribirte esta carta y sé que nunca la leerás. Ojalá te hubiese podido mirar a los ojos mientras tomábamos café en algún bar que no significara nada para ninguno de los dos. Ojalá te hubiese podido confesar entre dientes lo feliz que fui cuando sentí que era parte de tu mundo aunque tú no hubieses sido consciente del bien que me hacías.

Supongo, también, que una vez más llego tarde y ese siempre ha sido mi gran defecto. Me he tropezado tantas veces con la misma piedra que ya ni siquiera la veo. Que no coincidiéramos en tiempo y espacio es, probablemente, la realidad que más me duele y no sé qué puedo hacer para que hoy esto pese un poquito menos.

Esta noche abriré la primera página de nuestro álbum de recuerdos imaginarios y me permitiré morir un poquito para volver a la vida cuando vuelva a oír tu voz susurrándome que todo está bien. Que nuestras almas seguirán conectadas.

Y supongo que entonces dolerá un poco menos. Sin expectativas, sin falsas promesas y sin fantasmas que me atormenten porque ya no estás.

Y entonces quizá mis entrañas dejen que mi corazón vuelva a bombear un poco más de vida.

Gala. Parte 2.

Cuando era niña me gustaba pensar que algún día me crecería unas alas enormes que me llevarían a cualquier parte del mundo.

Nunca fui esa niña popular, rodeada de amigos o de innumerables fiestas de cumpleaños. A veces me dolía demasiado estar rodeada de gente y no sabía explicar porqué. Era un poco rara. Todo lo rara que podía ser una cría de 10 años, supongo.

Tardé más de lo normal en conseguir que mi mente se quisiera quedar en la ciudad de los silencios. Conforme pasaron los años, y según crecí, me convertí en una persona introvertida. Cogí costumbres de dudosa lógica y me aficioné a observar a los que me rodeaban. Pero también aprendí a camuflarme entre la muchedumbre.

Aprendí a sonreír cuando alguien me hablaba, a decir las cosas más apropiadas cuando a me preguntaban qué tal estaba y me hice tan buena en el arte de la mentira que incluso me lo llegué a creer.

Recuerdo una noche en la que bebí más de la cuenta. Harta de no poder contar los secretos que ell mundo de las sombras me susurraba y de aquella noche pensaba que sería la última. Así que hice lo propio y busqué a un extraño en un bar, alguien que no tuviera ganas de hablar, o de entenderme. Nos marchamos juntos y nos refugiamos en un callejón oscuro. Ajenos a los escasos transeúntes que vagaban en medio de esa noche llorona. Y nos comimos con la mirada y con las ganas de quien no tiene nada que contar. Construimos la mejor historia de tensión, la de 2 cuerpos se desafían sin decir una sola palabra. Nos miramos en la oscuridad sabiendo que estábamos en el mismo barco, desesperados por salir de esa tormenta que nos tenía atrapados. Agotados y derrotados.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí. Me daba vueltas la cabeza y en algún momento se rompió el encanto y él se marcho después de murmurar un «adiós» vago. Conseguí llegar a casa. Empapada de dolor, de desesperación y sexo del que no puedes olvidar. La tensión en mi cuerpo era perfecta y todavía podía sentir sus jadeos rotos.

Cuando me desperté la cabeza me estaba matando. Me di una ducha fría y me miré al espejo. Ese día no tenía ganas de fingir.

Decidí deambular por la ciudad y entonces me la encontré. Me reconoció al instante y parecía alegrarse de verdad de verme.

Exhibí mi mejor sonrisa y le conté lo que quería oír. Durante un segundo me dio la sensación de que no conseguí engañarla, pero para qué iba a darle detalles si, al fin y al cabo, no nos volveríamos a ver. No le conté que había sido la única amiga que había tenido, aunque hubiese sido durante 5 minutos. Tampoco le dije que estaba rendida y que cada vez era más fácil recorrer la vida entre sombras, me había convertido en una de ellas.

Nos despedimos con un abrazo que hizo que me saltara el corazón.

Me pregunto qué habrá sido de ella. Anoche conocí a una mujer en un bar y en ella vi esos ojos verdes. Me mentí a mí misma y durante 10 minutos incluso fui feliz. Me marché a casa sola. Me acordé de ese hombre en el callejón y de tantos otros compañeros en mil rincones absurdos y lo único que quise entonces fue saber si alguno de ellos habría bajado al infierno conmigo.

Me pregunto si ella iría al fin del mundo conmigo.

O si ella es el fin del mundo.

Gala

¿Te acuerdas de Gala?

Puede que tú no la conocieras con ese nombre, pero todos hemos conocido a una Gala, o varias, a lo largo de nuestras vidas.

Era aquella niña callada que bajaba la mirada al suelo y se ponía colorada cuando le hablaban. La que estaba más interesada en sus amigos invisibles que en los niños que gritaban en el patio del colegio gritando por sus vidas en el barco pirata de turno.

Gala era la niña del tercero que siempre miraba por la ventana imaginando qué se sentiría al volar, la que pensaba que el tiempo pasaba demasiado despacio cuando se acercaba una fecha importante y miraba el reloj con paciencia hasta que el minutero daba la hora. Recuerdo que una vez intenté hablar con ella de las tareas que teníamos, de los actores de moda, o qué sé yo. Tal vez no le dije nada. Pero ese día, entre susurros, me contó que algún día se marcharía de este planeta. No lo decía en sentido figurado, lo creía de verdad. Estaba convencida que su cuerpecillo le conseguiría llevar hasta el fin del mundo y entonces no miraría atrás nunca. Aquí no tenía nada.

Yo no la entendí de modo que me encogí de hombros y me marché. Ella se quedó allí sentada sumida en sus pensamientos. Aquello me pareció una pérdida de tiempo.

Años después, demasiados quizá, me la volví a encontrar.

Y no quedaba ni rastro de la Gala tímida que había conocido. Nos saludamos con una sonrisa, un «cuánto tiempo» y un silencio un poco incómodo. Creo que fue entonces cuando la miré a los ojos por primera vez y aquel día entendí que había cometido el peor error de mi vida.

Me encontré en sus ojos todo el peso del mundo. Detrás de la sonrisa más encantadora que había visto hasta ahora y de sus palabras ligeras, había sollozos agotados de pelear contra viento y marea.

Hablamos de lo que habíamos hecho, de cuánto habíamos cambiado y de lo rápido que había pasado todo. Sin tener tiempo de darnos cuenta de que se nos escapaba la vida a chorros.

No me contó que había perdido la ilusión. Tampoco que su vida había sido una sucesión de intentos fallidos de vivir en el sentido más amplio de la palabra. No me contó que había dejado de sentir, ni que se pasaba días metida en la cama llorando hasta que no le quedaban lágrimas o fuerzas y, por alguna razón que no entiendo, no me contó que se había resignado a camuflarse en un mundo que corría demasiado y que había perdido las ganas de entender a las personas que, como ella, solo querían volar hasta dar con la paz que aquí ya no existe.

Sí me dijo que se alegraba de verme, que siempre le había parecido especial. Y lo único que quise contestar fue que ella era la responsable de que siguiéramos respirando el mismo aire. Que aquella conversación, si es que puede llamársele así, y sus gestos esquivos me habían salvado la vida en más de una ocasión.

Pero no dije nada.

Callé y miré a Gala en silencio. Esta vez fue ella quien se encogió de hombros escondida tras su sonrisa.

Nos despedimos con una abrazo demasiado rápido. Cada una marchó en una dirección.

Desde entonces no he conseguido deshacerme de esa mirada que me rompió el corazón y me pregunto qué habrá sido de la persona más bonita que he conocido en mi vida y si habrá conseguido, por fin, llegar hasta el fin del mundo.

Me acuerdo de ella y solo pienso en lo que habría pasado si no hubiese callado. Me pregunto si podría haber sido la persona que tal vez podría haber aliviado, aunque fuese un poco, su dolor. A veces solo hace falta una abrazo con el corazón y ni eso le pude dar a cambio.

Pero tendemos a acordarnos más de las cosas que nunca sucedieron y, qué te voy a decir a ti, que también tienes a una Gala que de vez en cuando te visita y te mira con esos ojos preciosos que se incrustaron en tu corazón. 

Querida Gala:

estés donde estés, siempre fuiste especial y única. No lo olvides.

La oveja negra

Cuando eres la oveja negra, cuando resultas en ser quien no encaja, quien nunca siguió las normas; muchas cosas pueden pasar.

Desde que era una criatura sin sentido común lo único que escuché fue que no sabían cómo podía ser así. No entendían qué habían hecho para merecer a alguien que solo mirase de forma juzgona y, más tarde, contestase con palabras envenenadas de verdad. Llegué a este mundo con la ventaja de tener todos los dedos de las manos y los pies, te puede parecer absurdo, lo más normal del mundo, pero te sorprenderías al descubrir cuántas personas pequeñas vienen más tristes de lo que debería.

Mi gran desventaja fue que nunca quise sonreír cuando se me pidió, también me negué a regalar abrazos a cualquiera de los gigantes y, más tarde, nunca se me ocurrió mentir. Decían que sería cosa de la adolescencia. O al menos eso querían creer para consolarse.

Cuando esa época de gran confusión para todos pasó, me convertí en la rara de la mirada huidiza y tiempo después pasé a ser la causa perdida. La que no tenía respeto por nada o por nadie, la que no tenía corazón.

Una serie de catastróficos años insulsos me llevaron a querer refugiarme en las alturas. Siempre que me ahogaba el ruido de la ciudad, cada vez que su perorata incesante se hacía insoportable y su ignorancia crecía imparable decidía tirarme de un puente, de un avión, caminaba durante horas hasta la cima de cualquier montaña. La que estuviese más cerca.

Cuando me preguntaban por qué me ponía mi vida en peligro de esa manera solo tenía que sonreír y mirarles a los ojos para hacerles callar. Ya no podían ni escucharme. Tenían demasiado miedo para afrontar la verdad.

Me convertí, también, en la persona de la que no te puedes enamorar. Era demasiado retorcida y cada uno de mis amantes supo eso tarde o temprano y siempre terminaban yéndose. No les culpo, siempre andaba refugiada en algún lugar congelado en el tiempo y no estaba dispuesta a compartirlo. Todos ellos lo sabían.

Me acostumbré a vivir de mi soledad, me gustaba saber que tarde o temprano alguien querría arreglarme y disfrutaría esa noche en que se diesen cuenta de que no había nada roto.

Durante esas etapas descubrí que el ruido se hacía ensordecedor porque me penetraba en la piel y no podía desprenderme de esas personas que corrían más perdidas de lo que imaginaba. Descubrí, también, que la verdad que tanto dolía cuando salía de mis labios, era la que todos intentaban ocultar y disfrazaban de sonrisas y chistes malos.

Y supe que soy la persona de la que no te puedes enamorar porque jamás te daré permiso para ello. Porque si lo haces te caerás a ese vacío del que no sé si sabrás salir, del que no estoy dispuesta a rescatarte, al que realmente no sabes si quieres caer. Además, te guste o no, soy la oveja negra.

Y todos sabemos que la oveja negra nunca perteneció al rebaño.

Hacía tiempo que no nos veíamos

Te bailo a destiempo.

Te miro y te empapo de silencio. Se consume tu cigarro y no me das tiempo a devolverte el humo de las despedidas instantáneas. De las que se consumen tras fotografías en blanco y negro.

Me oculto entre las luces demasiado cegadoras. Noto cómo me sigues con la mirada y sonrío. Eres la viva imagen de la incomodidad y yo me crezco. Me encanta arrinconarte y verte desarmado, ya te has fumado tu única barrera protectora.

Te bailo a destiempo y no entiendes cómo llegaste hasta aquí. Sé que nunca fuiste un ave nocturna y, tan fuera de tu hábitat como estás, nunca estuviste más camuflado. Bienvenido a mi mundo de sombras, te prometo que te dejaré salir cuando terminemos este sueño de mentiras y decepciones.

Me acerco a la barra, pido un chupito de tequila. Nunca fue mi bebida preferida pero hoy me apetece arder. Cuando levanto la mirada estás a mi lado y todavía noto que no sabes muy bien por qué estás aquí. No te preocupes, será nuestro secreto. Las luces tienen su encanto y la noche sabe que no debe contar nada a los que todavía viven por el día. Otro tequila para ti, ya sé que tampoco es tu bebida favorita pero hoy no importa.

Te miro a los ojos y me gustaría decirte que esto es teatro, una obra de ficción mal escrita, quizá incluso una de esas películas que nunca llegará a estrenar, pero resulta que soy tu realidad y, joder, no puedes decir que estés haciendo un esfuerzo por evitarme. Diría que incluso te está gustando caer en este infierno sin sentido. Total, solo somos música, luces, sombras, todos tus secretos y yo.

Ya sé que no estás entendiendo nada, que quizá pienses que estoy loca y que no sabes adónde va a llevar esto pero teniendo en cuenta los tiempos que corren, a lo mejor lo único que necesitas es que alguien robe dos minutos de tu tiempo y te haga olvidar que la vida es, a veces, el mismo sinsentido que esto que acabas de leer.

Bienvenido a mi mundo de luces y sombras. Espero que vuelvas.

Te prometo que bailaremos siempre que quieras, al fin y al cabo es nuestro secreto.

 

De cuando intenté escribirte una carta

Pensaba que ya no me quedaba nada por contar.

Creí que todas las historias en las que siempre había creído se habían esfumado en un suspiro. Como quien apaga una vela en la oscuridad de la noche.

Asumí que todos esos años de obsesión por regalarle todo lo que nadie más se atrevía a decirle, ya no se traducirían en las palabras que hasta ahora habían arañado todos mis sentidos.

Así que decidí despedirme. Ya te he contado alguna vez que hace tiempo que me acostumbré a las despedidas y esta era una más. Total, qué diferencia habría. Me quedaba la esperanza de que en algún momento el destino nos volvería a sorprender, qué sé yo. De modo que lo que siguiente que recuerdo haber hecho, fue suspirar su nombre y sonreír mientras la última letra se disolvía en mi boca y su recuerdo se volvía un poco más difuso. Se me quedó una sonrisa impresa, por alguna razón ya no me pesaba su lejanía.

Lo que no me esperé fue que, la siguiente vez que cogí un boli para escribir una de esas cartas tan pasadas de moda, no supe qué poner. Se voló la noche en un suspiro y el papel quedó en blanco. Quién me habría dicho alguna vez que me quedaría sin historias que contar. Supongo que al decirle adiós me quedé un poco más vacía, pero no estaba dispuesta a regalarle el derecho a quedarse mis palabras. Eso no.

Y durante el mes, los dos, los tres que siguieron; no tuve nada que contar.

Y yo me acomodé al silencio. Ese que siempre había temido, que me había aterrorizado en sueños. De repente dejó de atormentarme. Descubrí que también era esa persona. La que podía mirar a través de la ventana durante horas y no decir nada. La que estaba dispuesta a tirarse de un puente, a saltar de un avión, a decir en voz alta que hay veces que no importa cuántas veces calle, siempre y cuando recupere la voz cuando vuelva a estar preparada.

Un día, sin apenas darme cuenta, sentada en el parque, saqué la libreta que me acompañaba siempre y me puse a escribir. No era algo relevante, recuerdo que en ese momento solo dos nombres rondaban mi cabeza y que creé una historia para ellos. Algún día te contaré hasta dónde me llevaron. Siempre he estado convencida de que mis personajes son los que tienen las riendas y yo solo soy la intermediaria para que tú también los puedas conocer.

Lo cierto es que después de esa tarde, el silencio también me abandonó y quiero pensar que todo se lo debo a aquella despedida que me robó las palabras, pero que también me las devolvió cuando su recuerdo se convirtió en un espejismo vacío. Supongo, también, que mi corazón tampoco se recontruyó de la misma manera que antes pero a quién mentiría si dijera que cada vez que queremos y perdemos a alguien somos la misma persona que antes.

Un trozo de papel y el paso del tiempo

Abandoné mi corazón en una taza y un papel que no sobreviviría al paso del tiempo.

Desistí de preguntarme qué problema hay en este mundo. Dejé de pensar en qué habíamos hecho tan mal para merecernos el castigo incesante por ser quienes éramos.

Abandoné mi corazón en una taza humeante de café mientras te veía marchar como si jamás hubiese existido. No diste ni una mirada atrás; al fin y al cabo siempre fuiste de los que no creían en el pasado y, menos aun en el futuro.

Si el recuerdo no me engaña, te marchaste una noche lluviosa de verano, de las que te roban la respiración cuando empiezas a confiar en que la lluvia amainará en cualquier momento. Te fuiste en silencio, pasmosamente despacio en tus movimientos alargando mi agonía sin compasión. Te fuiste con la certeza de quien sabe debería morir envuelto en llamas, pero no avergonzado porque por alguna extraña razón pensabas que cada uno de los golpes que me habías dado, habían sido caricias.

Decidí que contaría a espectadores invisibles que tú nunca fuiste quien dijiste. Abrí todas y cada una de mis cicatrices cuando escribí por primera vez cómo me habías convertido en el gato que se queda paralizado cuando un coche le deslumbra en la carretera. Cada uno de los dardos envenenados que me clavaste me rompieron en pedazos y, sin embargo, tú decidiste perderte en la ignorancia del que se cree mejor.

Abandoné mi corazón en ese papel que no superará el paso del tiempo pero no importa cuántas veces lo intente: esa noche en la que decidiste que ya no valía la pena, cuando decidiste que estarías mejor sin mí, yo recuperé las ganas de vivir un día más.

De los recuerdos

Me gustaba verte sonreír en silencio. Era una sensación parecida a la de la lluvia en un día cálido. Brillabas tanto como el sol de medianoche y me hacías vibrar cuando ni siquiera me mirabas.

Tener 5 minutos reales contigo era uno de los tesoros que anhelaba de ti. Normalmente divagabas y me hablabas de los años en los que todo era más sencillo, más volátil. Te gustaba recordar tus sueños y tus errores. Siempre lo hacías con esa sonrisa torcida que tanto te caracterizaba.

Recuerdo especialmente esa noche de septiembre en la que me despertaste agitado, ahogado en la nostalgia de tus propios recuerdos. Pesaban demasiado.

Me levanté y puse agua a calentar. Tú me mirabas con ojos suplicantes desde algún lugar muy lejano, necesitabas que te rescatara y sabías que, una vez más, sería un proceso doloroso. Esa noche te preparé un café demasiado aguado, sabía que lo odiabas y que te distraería su aroma fuerte contrastado con un sabor demasiado suave para tu gusto. Sabía que solo le darías un sorbo y el resto se quedaría ahí hasta quedar helado. Pero sería suficiente para traerte de vuelta al mundo de los vivos.

Si alguien me preguntase, diría que incluso disfruté del proceso. Me sentía poderosa, no tenías a quién recurrir y yo era la única persona que entendía tus silencios malditos entre las frases que escupías a borbotones.

Mientras me contabas cómo era el sabor de la luz en la ciudad de tus sueños yo fumaba y evitaba tu mirada. Me dejaba llevar por tus palabras y la aventura era tan sólida que apenas me daba tiempo a procesar toda la información. Se me escapaban tus manos dibujando estrellas que ya habían muerto y se escurrían tus años dedicados a luchar por todo aquello en lo que creías.

Sin embargo, esa noche callaste y me dejaste sumida en mis pensamientos. Tu café ya se había convertido en un brebaje imposible. Mi cigarro se había consumido y empañado mi visión. Y tú callabas.

Y yo sentía tu mirada en mi nuca.

Me ardía el cuerpo y me dolían las paredes que habías construido con unos sueños en los que ya no creías, pero jamás habría admitido que lo que más dolía era saber que ese tiempo contigo era tiempo regalado antes de que volvieses a encerrarte en esa sonrisa que te protegía de la decepción. Esa que a mí me hacía perder toda la noción de la persona que era entonces y que me retorcía el alma y me ahogaba sin necesidad de ponerme una mano encima.

Y todo este tiempo después lo único que quiero es volver a hacerte un café y fumarme un cigarro en silencio mientras me cuentas que, tal vez, se ha terminado nuestra lucha de un poder que solo nos hizo más débiles, más cobardes y menos felices.

A veces me pregunto qué habrá sido de tí. Otras, en cambio, te deseo lejos de todo lo que conozco, y solo de vez en cuando pienso que quizá tu sonrisa podría haber cambiado el mundo.

Nos veo en ese piso como si fuese una película antigua. Recuerdo tus abrazos sin razón y me obligo a creer que, todo este tiempo después, a lo mejor tienes marcas alrededor los ojos porque algo de esta vida te ha hecho sonreír tanto que ya no te duele el recuerdo de la persona que fuiste.

Mi elección si llega el fin del mundo

«Y si el viento se levanta, comencemos a volar.»

– Hayao Miyazaki

A veces se me ocurre, me atormenta en silencio y me aterroriza, la idea de lo que sucederá cuando por fin llegue el fin del mundo. Después de miles de años de profecías, de predicciones, mitos y alegorías al fin de la vida. Qué será lo que sucederá cuando por fin llegue el día.

Y me pregunto si entonces pensaré en todo lo que abandoné por el camino. Me imagino en medio de un prado bastísimo, en medio del silencio y con una sonrisa dibujada. La sonrisa de quien se sabe absoluta perdedora, resignada al fin de todo lo conocido y aburrida ante un futuro que nunca será suyo.

Me aterroriza saber que, incluso aunque aun no ha llegado ese día, ya estoy cayendo en el letargo de los que asumen que pertenecen más al mundo de los sueños que a la realidad que a ti te ha consumido las ganas de volar.

¿Cuándo nos convertimos nosotros, los soñadores, en locos que solo pueden aspirar al futuro que nunca les pertenecerá?

Nos lo robarán antes de que tengamos la oportunidad de volar. Antes, incluso, de que podamos encontrarnos para mirarnos a los ojos y subir hasta el paraíso de las realidades diversas y absurdas que se entrelazan cuando nos cogemos de la mano y solamente nos dejamos llevar por el viento. Las que nos harían felices si es que tuviésemos la oportunidad.

Me muero cada vez que pienso que ese día va a llegar y que no habremos tenido la oportunidad de respirar con libertad. En silencio.

Y no te pido a gritos que  me rescates, yo siempre fui terca y no tengo intención alguna de arrepentirme. Pero tú quizá deberías pensar por una vez si podrás vivir en paz con todo lo que dejaste por el camino. Si valió la pena dejar de soñar porque te pesaban demasiado los días de oscuridad, era el riesgo de querer vivir, por una vida aletargada. Si fue suficiente dejar de sonreír para vivir el presente con la tranquilidad de los que piensan que la vida es para siempre.

Porque yo tengo miedo, sí, pero joder he volado, he sentido con cada fibra de mi ser y he muerto millones de veces. Una por cada vez que me rompieron el corazón. Y si tuviera que volver a hacerlo… En fin, elijo ser una loca soñadora con los pies en la luna.

Una y mil veces.

 

https://www.youtube.com/watch?v=PaxKhR6FQwA