Relatos, descripciones y reflexiones

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Ya llega la guerra

Silencio.

Espera, respira, y cierra los ojos. Desdibújate y echa la vista atrás. Redirecciona tus sentidos y desentiéndete de tí mismo. La violencia y el poder no están reñidos, sólo mal comprendidos.

Divídete en ambos y decide, deja de esperar, de respirar y de cerrar los ojos. Pon toda tu atención a lo que te rodea y date cuenta de que sin violencia no eres capaz de sudar esa paz de la que te vanaglorias. Pero no te entregues a la violación de la vida, recuerda que puede ser seductora, bella e incluso elegante; tú debes ser más fuerte, enorgullecerte de tu realidad, de tu respiración pausada en medio de una guerra que no alcanzas a entender.

Tranquilo, pues no eres el único desinformado de lo que ocurre en esta pocilga a la que algunos se atreven a llamar sociedad civilizada.

De modo que respira tu silencio y empodérate.

Álzate vencedor en un mundo que sí tiene algo que ofrecer; lidera a todos aquellos que aun no saben que el dictado del colegio ya terminó. Ya hace mucho tiempo pueden empezar a escribir sus historias: las breves, las microrrelatadas, las fabuladas y las verídicas; las costumbristas y las construidas en un mundo paralelo sacado de las más rocambolescas circunstancias. Absolutamente todas os pertenecen.

Elevaos como un puente levadizo y aguantad; dejad de comparar las miradas y amadlas sin preguntar qué ocurrirá después.

Silencio.

Ya llega la bomba, la de la resurrección, con su sonido infestado de naturaleza.

Ya llega la guerra, la de la paz verdadera, la que solamente dispara preguntas a una diana que ya no está tan lejos y cuyo blanco espera impaciente para poder responder.

Soledades

La soledad está infravalorada. Normalmente sólo nos muestran lo dolorosa que puede llegar a ser, lo terriblemente insana de su sensación; cómo nos puede acechar cada vez que giramos una esquina, cómo llegará en el momento menos pensado y meterse en nuestro cuerpo como un gusano invisible que recorrerá nuestras venas a tal velocidad que, antes de que nos demos cuenta, estaremos postrados ante ella.

Nos cuentan nuestra voluntad está  sometida a la compañía o falta de la misma, que somos todo aquello que nos rodea y que si estamos solos no somos nadie.

Creo que ha llegado el momento; el momento de decir basta. Creo que es el día en que debemos alzar la voz y gritarle al silencio, al ruido; al vacío y al esperpento; a las multitudes, a los viandantes solitarios: ha llegado el momento de decir que sí podemos estar solos. Es hora de descubrir quiénes somos, de pensarnos, amarnos, gritarnos y descuartizarnos en un bar vacío de todo y lleno de nuestras almas ardientes, sugerentes y, cualquier cosa menos solitarias o en soledad.

No nos cuentan que cuando hurgamos en nuestra soledad descubrimos todos nuestros matices: positivos, negativos, grisáceos y blanquecinos. Descubrimos todos nuestros graves o agudos en todas y cada una de sus formas; las espirales infinitas y las rectas indivisibles.

Jamás nos dicen que la soledad es la única que hará que sonriamos porque sí, porque nos hace sentir la maravilla de la felicidad con nosotros mismos y para nosotros.

No es tan complicado comprendernos, simplemente tenemos que volar como aquella niña que no hace más que soñar con esas alas que se desplegarán y harán que se alce de manera inverosímil hacia el cielo más oscuro. Aquel que siempre ha sido un solitario y que, sin embargo, no cesa en su empeño por atraernos hacia sí. Como si quisiera compartir todo aquello que parece saber de nuestras pequeñas maravillas diarias.

Esas que solamente descubrimos con la más infravalorada de todas las virtudes que nosotros, seres humanos, poseemos. Gracias a la única que nos ayuda a pedir perdón, a amar y a descubrir quiénes Somos.

Escuchemos, dividamos, particionemos y, auguremos un presente relleno de soledades discretas, brillantes, quizá inesperadas y amadas.

Gama de colores

Lo intenta. Una y otra vez, una y otra vez, sin cesar, sin pensar, sin perder, sin miedo y sin ilusión.

¿Dónde quedó la ilusión? Es su pregunta diaria, un círculo vicioso del que a veces es imposible escapar. Sabe que los días más grises ya terminaron pero dónde queda la ilusión no lo sabe. A veces relegada al último puesto de la lista vital se abre paso en una carrera de fondo, mientras compite con una serie de fantasmas que en realidad no existen.

Su cabeza le lleva a los momentos en los que lloraba en silencio en una habitación que le parecía más oscura de lo que realmente era. A aquellos lugares en cuyos bancos y asientos reposan todas las miradas desafiantes, que le retaban a derrumbarse, a perder la fuerza que una vez fue parte de su esencia. ¿Dónde está?

No puede parar esa carrera de fondo y un día cualquiera, sin previo aviso, abre los ojos. La luz le penetra tan fuerte que le ciega pero entonces, cuando todo comienza a clarear y sus ojos se adaptan a esa luz deslumbrante, por fin ve que la vida está llena de colores, que los matices existen en tanto quiera verlos y que no hay ni un  solo tono grisáceo si no lo permite.

Ve que siempre habrá alguien que perciba esa luz, la esperanza, la ilusión que se ha abierto paso entre el miedo y la desesperanza. Ve que no hay nada imposible, que somos lo que construimos frente a la desolación que las tormentas dejan a su paso; que los recuerdos solamente son eso: recuerdos.

Que la gama cromática de su vida es un abanico infinito de nubes, sonrisas, pasos, caídas, cicatrices, segundos impalpables, esperanza y amor disfrazado de todo aquello que a veces no supo identificar.

Y lo intenta una última vez. Es la definitiva y ahora se alza tan fuerte como un diamante, pura e indestructible. Tan gigante como quiera serlo y su habitación ya no es una cárcel, sino el principio de un mundo maravilloso que se postra ante sus pies deseoso de ser descubierto.

Algún tipo de felicidad

Se cruzan las casualidades. Quizá es el destino o, simplemente, estar en el momento adecuado en el lugar perfecto.

El tiempo pasa sin esperar a nadie, echamos la vista atrás y nos arrepentimos de lo que no hicimos mientras perdemos el presente. La realidad no depende de los demás, es única y exclusiva de cada uno de nosotros y debemos atesorarla sin miedo.

Solamente hace falta una mirada, un intercambio ambiguo de promesas que sabemos nunca se cumplirán y creer en lo único que no se acaba nunca. A veces lo reducimos a una persona externa y olvidamos que se encuentra en todo nuestro ser. Otras, las menos, nos damos cuenta de que lo somos y, las últimas, aprendemos a compartirlo sin esperar nada a cambio.

Guardamos esas promesas leves en cualquier rincón de nuestra mente y las olvidamos pero entonces, se alinean las historias que ya aprendimos a olvidar y, fruto de algún tipo de serendipia, nos encontramos y, por primera vez, no tenemos miedo y el amor que nos rodea nos invita a ser felices sin esperar nada más que el sonido de los latidos de nuestros corazones.

Luces de noviembre

Si las luces de noviembre no te parecen lo bastante potentes has de ser tú quien ilumine las calles que recorres en medio de esa bruma que cala tus huesos en silencio.

Camina a tu ritmo, no tengas prisa porque el tiempo sólo existe en tu mente y la verdad es que tú eres una parte infinita de la vida así que mantén la calma, respira hondo y cuenta hasta tres. La felicidad depende de ti y cada vez que ríes una promesa, en alguna parte, se cumple.

Si piensas que nunca habrías sido capaz de superar todo el dolor, el rencor y la desazón que los recuerdos filtrados te producían, es tu momento para mirar hacia adelante, gritarle al mundo que estás de pie y que no volverás a estar ausente en un lugar que te necesita tanto a ti como tú a él.

Deja que la lluvia te empape, que entre una corriente de aire puro en tus pulmones. Respira.

Respira hondo, camina, grita, calla, llora, ríe. Sea lo que sea pon toda tu esencia en ello porque si las luces de noviembre no son lo suficiente brillantes no importa porque tú sí lo eres. Como un cometa atravesando nuestro mundo, tan brillante y fuerte como el diamante más codiciado por aquellos que ya no existen.

Será

Vuela su cabeza hasta el día en que dejó de ser un poco menos. No recuerda el momento exacto pero sí ese espacio en blanco en su cabeza que le anuncia que falta algo para estar completa. Se presenta ante sus ojos como una habitación vacía, muy luminosa, tanto que le ciega la vista y, tal vez, la vida. El silencio es el peor de sus enemigos en ese espacio absurdo que se ha llevado consigo un pedazo de su presente.

Ahora, frente a una taza de café que ya está frío y, probablemente, rancio se reclina hacia detrás y cierra los ojos en un intento por averiguar qué había en ese espacio demasiado brillante.

Se debate en una carrera de fondo, no consigue comprender y es que, quizá, ahora no deba comprender sino sentir; sin filtros, sin pensamientos y sin ideas preconcebidas de la mano del miedo.

Quizá ahora es el momento de desconectar y eso es mucho pedir en un mundo en el que si no estás conectada no eres nadie. Pero no sólo desconectar, sino también reír. Sin filtro también; reír sin miedo, en medio del silencio que ya no quiere sea su enemigo, en medio de toda esa luz que no le permite ver qué sucede más allá de esa ventana que aprisiona toda su dulzura en medio de una embestida de dolor imposible de medir.

En su realidad se le escapa una sonrisa y una lágrima algo solitaria, la luz deslumbra ahora un poco menos y sus ojos cerrados luchan por ver si la taza de café sigue tal y como la ha dejado pero aun no es el momento.

De vuelta a la habitación, ahora agita los brazos, hay una sensación nueva creciendo en su interior, algo grande, como ella y después de tanto tiempo a ciegas y en silencio, ésta se alza como una tormenta a punto de agitar todo su mundo. Por fin ha llegado la hora. Quiere volver a ser, romper la ventana, ser libre, conocer la paz, descubrir una realidad que será solo suya, maravillosa, intangible, brutal en la eternidad de un corazón que quiere volver a latir con la fuerza que le pertenece.

Entonces lo ve claro, no existe nada fuera, solamente está ella y ahora tiene el poder de elegir, de saber quién es por sí misma. Sin expectativas, sin presiones que no existen si ella no les da poder, sin ridículas conexiones que jamás fueron parte de su vida.

El café helado le devuelve la mirada. Las lágrimas no han parado de correr por su rostro y, por una vez, tiene la seguridad de que será feliz.

Sabe que será.

Punto y final

Si es tabú no hablamos de ello, si es finito intentamos no pensar en lo inevitable y si somos energía constante y cambiante exprimimos todo nuestro jugo hasta deshidratarnos.

Esa es la constante de nuestra vida.

Olvidamos que el tabú está descrito para ser desafiado, para retar cada una de sus variables y convertirlas en una realidad menos cruda, a la que podamos mirar a los ojos mientras proclamamos tan alto como podemos que no tenemos miedo.

Olvidamos, también, que la finitud, los incisos y el cénit de cada historia lo escribimos nosotros con cada punto y coma que establecemos en el momento adecuado.

Dejamos correr, a su vez, toda nuestra energía y no nos damos cuenta de que no debemos olvidar que ésta debe volver.

Somos cambio, una fuente indestructible de vida electrizada en busca de nuevos recorridos, de nuevas corrientes inagotables.

Somos infinitud, retos y desafíos. Somos todo lo que queramos ser, imposibles e indestructibles. Tan indoloros e intensos que no nos damos cuenta de que a veces perdemos el foco de atención y dejamos de ver que también somos una sonrisa, una mirada y esa corriente de energía que nos atrae y nos empuja a querer tocarnos en un instante que convertiremos en eternidad y grabaremos de manera silenciosa entre carcajadas que jamás llegaremos a escuchar porque estamos demasiado sordos para oír lo verdadero de la finalidad de los minutos que nos separan del punto y final que no quisimos ver llegar.

“Borders I have never seen one. But I have heard they exist in the minds of some people.”

Thor Heyerdahl

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Te marchas con el olor de su piel pegado a tus cinco sentidos, caminas recreándote en la imagen de su perfume mezclado con el tuyo sin sentido alguno, solapado a ti como lo están los pétalos marchitos de una flor que un día fue bella en un desierto recóndito del planeta. Como si se hubiese convertido en uno solo de manera tan confusa que penetra hasta lo más ínfimo de tus pensamientos. Los recuerdos que se materializan en tu mente quedan lejos de ser un movimiento definido y tú apenas consigues reaccionar ante todo lo que sucede fuera de tu control.

Lo primero que distingues es esa primera vez en la que vuestro encuentro furtivo se convirtió en una realidad bastante más presuntuosa de lo que ambos pretendíais. En este punto no podrías decir si lo que ves es real o fruto de tu imaginación, de la desazón que te acecha como un niño perdido en busca de una respuesta al porqué de la pena que a veces nos invade.

Lo segundo, se asemeja a la caída de la primera nevada: discreta, silenciosa, blanca, anónima y dulce como la sonrisa de un desconocido en un parque plagado de caricias etéreas.

La enumeración infinita de todo lo que va definiéndose en tu cabeza es indescriptible, absurda y tan compleja como un idioma construido de paradojas  y metáforas que nunca serías capaz de descifrar pero ahora sólo importa su olor en tu piel, en tu memoria y en los pasos lentos que contrastan con los suyos, tan nerviosos.

Mientras caminas intentas desprenderte. De ti, de su recuerdo, de su tacto y de su sonido. De su latir y de su silencio; pero no hay más que ver que tu intento es superficial y vano ya que tienes una sonrisa imborrable en medio de una nevada que podría convertirse, quizá, en una ventisca. En el momento menos esperado.

Siempre en el momento menos esperado.

Y tan impredecible como debía de ser te detienes y te paras a pensar, despiertas de esa nebulosa en la que estabas sumida y te das cuenta de que no quieres desprenderte de ese olor y sus innumerables percepciones. Sabes, de pronto, que su olor ya no es suyo, que no te incomoda, que se ha convertido en una minúscula parte de tu vida y que jamás podrías cambiarlo por algo mejor.

Que vuestra realidad no es maravillosa, o pésima, simplemente es y no hay nada más importante que eso. Y que la nevada ya no será una ventisca, sino un símbolo de lo que fuisteis; algo maravilloso, dulce, temporal y  terriblemente brillante.

A veces se manifiesta en forma de sonrisa, otras en un gesto apenas imperceptible y otras, las menos, en una palabra que se pierde en suspiro que solamente te inspira incomprensión. Odias esa manía suya pero no deja de causarte gracia, no intentes ocultarlo.

 

A veces, os duelen las palabras que os lanzáis sin pensar; otras, éstas son las únicas que parecen ser vuestro vínculo de unión absolutamente aleatorio pero tan sólido que ni el vendaval más terrible podría disolverlo.

Ni siquiera os dais cuenta del significado de las canciones en forma de silencio que pronunciáis, estáis tan ensimismados que no conseguís ver que vuestras heridas podrían ser cicatrices imperceptibles si vuestra verdad se convirtiese en la realidad que tan desesperadamente habéis estado buscando y acumulando en recuerdos que ya están algo desdibujados.

Y si os miráis aunque sea un segundo sabréis que todos esos puñales verbales son lo único que se desangran, sabréis que no hay lugar más seguro en este planeta que este momento y ahora. Sin escudos, sin armas, sin banderas blancas, treguas, ni tablas. Sin vencedores o perdedores.

Entenderéis que esos juegos no hacían más que consumir esa energía de la que bebéis cuando susurráis a escondidas para que nadie más oiga unas promesas que, quizá, se revelan demasiado osadas para revelarlas en voz alta. Entenderéis que esa misma energía es la que os da la vida cuando cerráis los ojos y la oscuridad es lo único que parece tener lugar.

Entonces abrís los ojos, miráis a vuestro alrededor como si fuese la primera vez y uno de los dos redescubre esa sonrisa algo tímida, ese roce que hace que tu piel reaccione a mil por hora y escuchas esas últimas palabras que siempre perdías en un momento de despiste. Y la verdad es que te parece que el día se ha iluminado de repente, no importa si diluvia, nieva o el Sol se asoma más tímido que de costumbre; de repente sientes toda esa adrenalina que te hace ver que hay veces en la vida que merece la pena arriesgarse, alzar la voz y gritar al mundo con tanta valentía que tus promesas ya no suenen osadas, sino a realidades que se adhieran a vuestras vidas y no durante unas horas o unos segundos, sino durante todo el camino que recorráis con vuestro corazón.

Que tu camino tenga corazón.

 

Blanco y negro

Las cuatro de la mañana, te has despertado para no perder las malas costumbres y tu película en blanco y negro ha empezado. Parece que te has perdido un para de minutos porque te pilla totalmente desprevenida lo que se sucede ante tus ojos algo somnolientos.

Verás, no es tanto esa película que ves noche tras noche pero que nunca es igual, sino el modo en que te gusta recrearte, imaginar, degollar tus propias ilusiones y volver a dormirte con el corazón en un puño y culpando al mundo de tu dolor.

Te quejarás de la frialdad, de los cambios de humor tan repentinos que nunca llegas a entender, de esa indecisión que ya podía guardar en cualquier lugar menos en la cabeza pero, aun así, volverás.

Una y otra vez.

Y te ahogan los latidos de tu corazón, que en medio de ese silencio tan terrible suenan como un tambor en tu oído y no te deja pensar con claridad. ¿Qué oportunidades tienes de olvidar todos esos detalles? ¿En qué momento dejarás de reproducir todas esas imágenes tan vívidas que en medio del caos te arrebatan los restos de tu sonrisa?

Se vuela tu imaginación y se mezcla con tu realidad algo descontrolada y dejas que te desnude con la mirada, ni siquiera tiene que tocarte; dejas que descubra todos tus secretos absolutamente visibles para él; y terminas reconociendo que esa mirada te desarma hasta tal punto que le regalas tus palabras cuando ni siquiera te das cuenta pues ni tú sabías el valor que tenían. Tú misma has cedido a esas condiciones y no pensaste ni por un segundo que tu vida ya no era solamente tuya.

Y es que hay una cosa que debes comprender: nunca debiste confiar en un amante tan frío. Sabías te llevaría al borde de la locura.

Así que dejas que la película haga su camino hasta el final y cuando terminan incluso los créditos vuelves a tu realidad algo oscura pero a color. Derramas un par de lágrimas borrachas de dolor y vuelves a cerrar los ojos a la espera de un amanecer que promete más bien poco.