Relatos, descripciones y reflexiones

Categoría: Uncategorized

Guardo una imagen extraña. Me acuerdo de verla llorando cual niña pequeñita. Ella que era fuerte y descarada, fría pero impulsiva, una mezcla de lo bueno y lo malo. Pero recuerdo verla llorando, sentada en una esquina, agarrada a sus rodillas. Le temblaban los labios pero lloraba en silencio, ni si quiera entonces permitía que la notaran triste. Pero yo leía en sus ojos… Veía que estaba destrozada, que no aguantaba más.

Y me entraron ganas de acercarme y abrazarla, de estar con ella hasta que se le agotaran las lágrimas; pero no fui, no tuve el valor de tantear su dolor, porque sé que también me comería a mi. Fui egoísta.

Y me arrepiento, me siento desgarrada cuando la recuerdo. Tan pequeña, tan frágil, tan fría y ausente…

Sangre.

Bella, inmóvil, sin vida. Un hilo de sangre escapa de entre sus labios ausentes y fríos ahora que no hay asomo de aliento vital en sus entrañas. Ha disfrutado cada instante viéndola morir, observando su cara atormentada por el dolor y la desesperación. Recorre su cuerpor helado con el dedo, sintiendo la suavidad de su piel de porcelana, perlina… No volverá a pronunciar palabra, una sensación de tenebrosa satisfacción a él le recorre, y se sonríe…

Te odio

Me abalanzo sobre ti, te envuelvo, te acojo entre mis brazos transparentes, te seduzco. Conquisto tus manos, tus sentidos y cada poro de tu piel sin que tú hagas nada por evitarlo. Te obligo a sentir cada parte de su cuerpo y te robo la cordura y la razón.

Jugáis y yo me deshago de gozo junto a vosotros. Os llevo al límite: el cielo o el infierno, no sé cual es la diferencia porque en mi mundo todo es lo mismo.

Os deshacéis en gemidos carentes de razón y de conciencia, yo soy la todopoderosa y es que me adoráis sin dudar.

Me presento: me llaman Lujuria

7…

Despiertan, y con ellos la luz del día. El Sol se asoma tímidamente por entre las nubes y a ella, al mirar por la ventana, la ciudad se le aparece menos fría que de costumbre. Desayunan ambos tranquilamente en silencio intercambiando miradas que no dejan dudas de lo que ambos sienten. Salen del hotel y caminan sin rumbo pues nada es importante excepto ellos dos y ahora se tienen el uno al otro, sus corazones ya no están moribundos.
-¿Por qué no viniste a verme de nuevo? Empezaba a pensar que no querías saber más de mí, que te arrepentías de haber pasado tiempo con alguien como yo, con alguien que se ha estado dejando morir durante meses.

-No fui porque estoy asustado, porque tengo miedo de quererte y que tú no me quieras, no he ido a verte dos semanas eternas porque he querido olvidarte. Apenas dormí hasta anoche, pensaba en ti continuamente y me preguntaba qué hacías.-Contesta él mirándola a los ojos.
-¿Y tu mujer?
– Ella ya no es mi mujer, la dejé después de verte por primera vez. Me di cuenta de que no éramos una pareja, ella apenas me miraba ya y lo peor es que fue todo culpa mía. Apenas llevábamos unos años casados y parecíamos dos desconocidos, ella no era el amor de mi vida. ¿Lo entiendes?
-Sí…
-¿Y tú, qué decides? Sabes que estoy a tu merced, sabes que lo que tú digas lo haré.
Están en medio de un parque, no hay nadie, los árboles los miran desde las alturas, podrían llorar si poseyeran los ojos. Ambos están de pie, uno frente al otro y no hacen movimientos, sólo se miran. Él está esperando a que ella conteste y aquel instante de silencio entre ambos se hace tristemente eterno.

-Yo…No lo sé, ayer quería verte con todo mi ser y ahora estamos aquí en un mundo que parece haber callado para escuchar a nuestros corazones. Quiero creer en ti, quiero pensar que sí me quieres, pero no sabes el miedo que me da volver a sentir tal abandono…No quiero volver a salir a la calle para ganar dinero, no quiero recorrer la cama de más hombres para sentir sólo su dolor y su desesperación. Pero todo esto… parece sacado de un cuento, irreal y por eso tengo miedo.
-Sabes que yo nunca te abandonaría. Ahora que te he encontrado, sé que eres tú la persona que por la que he vivido todo este tiempo y por eso jamás te haría sufrir tanto.

Ella le mira, las lágrimas brotan de sus ojos, negándose a permanecer por más tiempo en su celda. No sabe qué hacer, todo su cuerpo está paralizado.
-No me digas esto si no es verdad, te lo suplico.
-Sabes que sí lo es, déjame demostrártelo.
Ella comienza a andar y él se queda ahí quieto mirando cómo su ángel se marcha. Ahora solamente le queda esperar…

Noche cerrada, ella en su piso se levanta sin encender las luces y se dirige al salón, donde se encuentra el piano. Se sienta y comienza a tocar una melodía suave y dulce que le hace pensar en lo feliz que es. Entonces por detrás de ella unas manos se posan sobre sus hombros y una voz muy tranquila le dice:
-Te quiero, nunca lo olvides.
Ella sonríe con los ojos cerrados mientras continúa tocando esa melodía que los envuelve a ambos.

Dulce instante, efímero y eterno. Tan mágico, perfecto e inmutable, que ninguno de los dos desea que pase el tiempo, el mundo puede esperar, ellos están juntos y la vida no va a dejar que vuelvan a tener miedo.

6.

El silencio se alza entre ellos, pero es suave, tanto que quisieran tocarlo con sus manos. De los labios de ella pende una sonrisa y de los ojos de él una luz emana, se podría decir que en ese pequeño instante son felices. Entonces él se levanta y se acerca al piano, pero ella le mira y le pide por favor que no lo toque.
-¿Por qué?
-No es…no deberías…él, los dos, nos sentábamos y tocábamos hasta que dejábamos de sentir las manos, pero nos sentíamos felices. El piano era parte de nuestro amor, la música que hacíamos nos ayudaba a saber cuánto nos queríamos, más allá de las palabras. Por favor…

Él se queda quieto frente al piano, mirándolo en un dilema interno, quisiera hacerla entender a ella que no tiene porqué tener miedo ya, pues él está dispuesto a quedarse con ella, quisiera decirle que juntos podrían crear algo nuevo y mágico. No puede decirle nada de esto…no tiene el valor suficiente.
Ella se levanta y le rodea con los brazos, le dice que le perdone por no poder ser enteramente suya. Y se echa a llorar, por primera vez desde que aquél otro la dejara en las puertas del abismo, las puertas al infierno.

Llevan dos semanas sin verse, la última vez que lo vio ella lo acompañó hasta el hotel y allí, de nuevo, se quisieron como dos personas desesperadas de soledad se pueden querer. Cuando ella salió del hotel las lágrimas volvieron a correr por su rostro, se le antojaba que aquella sería la última vez que se verían. Ahora está contando las horas y los minutos, deseando que él vuelva a aparecer en la puerta de su casa, o que de nuevo la aborde por la calle durante la noche. Lo añora, aquel sentimiento de felicidad que volvía a rondarle, quiere volver a ver esos ojos azules desgarradores y quiere sentir el mismo deseo que él, recorrer su piel con las manos y perderse en ese juego de caricias, besos y sensualidad, en el que ambos se saltan todas las reglas para llegar al fin del mundo en medio del placer y la locura.

Perdida entre sus pensamientos y sus recuerdos, de pronto se da cuenta de que ha ido a parar al lugar donde se vieron por última vez, allí sube hasta su habitación y toca a la puerta. Espera unos segundos hasta que se abre y aparece él, despeinado, con los ojos enrojecidos y la camisa medio desabrochada.
-¿Qué haces aquí?-Le dice él– ¿Por qué has venido?
-Quería verte. Responde ella.

Sin más explicaciones, él la agarra con fuerza y la arrastra dentro de la habitación. Se miran y con furia se arrancan la ropa, caminan con torpeza hasta la cama en medio de besos y palabras sueltas, las únicas que son capaces de articular. Desesperados juegan, beben el uno del otro, bailan en un vaivén de caderas y finalmente alcanzan la meta de la partida del juego de esa noche.

5.

Pierden el control, se arrancan la ropa con ansia. Ella le mira a los ojos en un momento de lucidez en medio de aquella locura y adivina que ambos desean lo mismo, sin reservas, sin miramientos. Se tocan y se besan como locos, ruedan por el suelo y en medio de caricias, gemidos, risas y placer; pasan la noche que se ha dispuesto para ellos y nadie más.

Amanece por fin, ellos duermen abrazados, como si no pudieran separarse el uno del otro, ahora se necesitan. Ella despierta y mirando a su alrededor se levanta sin comprender cómo ha pasado todo, está incrédula porque ha sentido en una noche lo que llevaba meses sin intentar alcanzar siquiera, lo que no concebía volver a notar. Camina por la habitación, que a la luz del día se le antoja ser un palacio en miniatura, y busca su vestido, se lo pone y con una mirada busca los zapatos. Se calza y con esto se marcha, dejándolo a él dormido en el mundo de fantasía con el que quizá sueñe aun. Sale a la luz del sol del frío invierno, le resulta agradable la mezcla de sensaciones. Se siente bien por primera vez en tanto tiempo…Llega a su casa con una sonrisa pintada en los labios, pero nada más entrar al piso todo esto se desvanece, los recuerdos vuelven a abrumarla y se derrumba aquel atisbo de nueva felicidad.

El agua fría, su cuerpo; el piano, la música; libros y más libros que cubren las estanterías, horas que ella permanece sentada en el sillón leyendo a la Nela que, como desde niña le roba las lágrimas. De pronto piensa en el hombre con el que ha pasado la noche por segunda vez y ve que aun no sabe su nombre, quizá sea mejor porque si se lo dice entonces se convertirá en una realidad y ella no quiere que lo sea. En un gesto de resignación echa la cabeza hacia atrás, no quiere volver a salir, al menos esa noche no. Entonces tocan al timbre e la puerta, ella sorprendida se levanta y con el vaso de vino que tiene en la mano desde hace un rato se levanta para abrir la puerta. Ante sus ojos aparece él. Ella le mira sin saber que hacer y él le pregunta si puede pasar, a lo que ella responde moviéndose del hueco de la puerta. Ella lo observa andar hasta el sofá y en su escrutinio descubre a un hombre de ojos azules e inexplicable pelo rubio, muy corto; el traje elegante que lleva le da aspecto de no tener tiempo excepto para lo que al trabajo concierne, lo que a ella se le aparece muy triste. Él se sienta como si de su casa se tratase y la mira con esos ojos que callan el alma, a la espera de que ella se siente junto a él.

Durante mucho rato hablan, de cosas banales, sin importancia, hasta que él dice:
-¿Qué te hace tanto daño?¿Qué fue lo que te hizo sufrir tanto?
Ella lo mira y con una triste sonrisa le cuenta todo: la primera vez que lo vio en el hospital, cómo pronto se fueron a vivir juntos creando un mundo de fantasía para ellos dos, cómo de pronto un día él se marchó sin darle una explicación a parte de que no la quería y era mentira, eso era lo peor y ella lo sabía. Le cuenta también cómo durante días estuvo dejándose morir hasta la noche en que salió de casa y él la encontró para preguntarle si trabajaba, a partir de entonces, le dice, hizo lo mismo cada noche, aprendiendo que no debía dejarse engañar por los sentimientos, que cada vez que se acostaba con un hombre debía alejarse de toda sensación y darle únicamente lo que él pedía, para luego llevarse su dinero a casa.

Se quedan en silencio y él le pasa la mano por la cara, al mismo tiempo que ella cierra los ojos para disfrutarla, se le hace preciosa aquella simple caricia…

4.

Una mañana despierta en su cama, le duelen las piernas, ha estado caminando toda la noche por las calles vagamente iluminadas, observando cómo pasan coches, algunos se han parado a mirarla, otros han pasado de largo. Ella caminando de la mano de su compañera inseparable, la soledad, se ha sentido aliviada cada vez que un coche ha pasado de largo, ya no quiere seguir así. Se levanta y camina hasta el baño, cuando se mira en el espejo ve un rostro como ella no lo recordaba, maquillaje vagamente corrido y tristeza conquistadora de sus ojos se alzan en un reflejo que podría no ser el suyo, le duele hasta el alma. Mientras se lava la cara intenta pensar en cómo un hombre pudo hacerla terminar así porque lo cierto es que no recuerda qué fue exactamente lo que le hizo tanto daño.

Un día larguísimo se halla ante ella y no sabe qué hacer, en estos pocos meses ha recorrido la ciudad mil veces, conoce cada calle, cada esquina, las luces y las sombras, la conoce en sus momentos de esplendor y en sus horas de frío, soledad, tristeza y furia.

En el salón mira hacia su piano, no lo ha tocado desde que él se marchó, no ha sido capaz, mas ahora ya no siente pena, ahora ve que está furiosa y ello no le impide acercarse hasta él y pasar sus finos dedos sobre las teclas que esperan a ser pulsadas. Dejándose llevar se sienta y comienza a tocar. Es una melodía suave que le trae toda clase de recuerdos, pero también es dura y se lleva toda su furia y su dolor consigo…

Ha anochecido y es la hora de marcharse, esa noche se pone un simple vestido negro y una chaqueta por encima, va a pasar frío pero no le importa, con un poco de suerte encontrará a alguien que la necesite. Camina por mitad de una calle, no hay coches de modo que no corre peligro, le gusta sentir el asfalto bajo sus tacones altos, finos y de marca, son negros también. Ella esta noche más que sentirse como una puta se siente como la princesa en busca de su palacio, presiente que algo especial va a ocurrir y no puede esperar a saber qué es. De pronto un coche se para junto a ella, no lo ha oído llegar tan absorta en sus pensamientos. Ella se detiene y espera a que su dueño baje la ventana, cuando aparece la cara del que se ha parado ella da un paso atrás, es el primero, el que le contó toda su historia, el que le hizo sentir placer por última vez.
-Sube.
Ella abre la puerta y se monta en el coche en silencio, de hecho, ninguno de los dos intercambia palabra en todo el viaje. Van al mismo hotel, suben a la misma habitación y ella vuelve a sentarse en el sillón cuya luz le robaba la sonrisa.
-Jamás pensé que volvería a verte. – Dice ella ocultando el temblor de sus manos.
-Lo mismo digo, pero tenía que intentar encontrarte, aquella noche…- No termina la frase, no puede.
-Eres consciente de lo que soy, ¿verdad?
-Eres una mujer irreal.
-No, te equivocas, sólo soy una puta, ni más ni menos. Cada noche salgo a la calle y cobro a hombres por darles lo que desean. Los hay que solamente quieren caricias, los hay que para excitarse necesitan ver cómo me toco; a otros incluso les gusta pegarme. ¿No lo entiendes?
-Eres mucho más que eso, lo sé.

Ella le mira sin comprender, durante meses ha estado vagando como una autómata, moviéndose de cama en cama sin importarle qué le pidieran y ahora llega aquel al que brindó su último beso para decirle que es diferente, exactamente igual que la otra vez.

Se observan durante mucho rato y finalmente él se acerca a ella, a éste le arde la mirada, sin embargo ella permanece tranquilamente sentada con las piernas cruzadas, no se inmuta. Él se inclina algo hacia ella y se sostienen la mirada en cientos de preguntas mudas, entonces él la besa y ella no logra apartarse…

(Inciso)

Desespera por su falta de paciencia, necesita que las cosas sean ya, es decir, cuando ella quiera que sean. Odia esperar, odia querer y no ser querida y odia tener que estar a la guardia para ver cuándo vendrá Ella a buscarla para llevarla a descansar por fin.

Dana no alcanza a explicarse qué fue de su otra vida, de hecho, le gustaba cuando salía por las noches; bebía, se emborrachaba y fumaba; y acababa en el retrete vomitando lo que había desayunado el día anterior. Es curioso que eche de menos aquello, porque antes pensaba que era una desgraciada, pero ahora echa la vista atrás y se da cuenta de que en el fondo aquélla era su vida y ninguna otra. Porque ahora, el estar sentada en el sofá pensando en qué estará haciendo él, la mata y está cansada de sentirse triste…

Esa noche, Dana se enfunda en un viejo vestido, se perfuma el tobillo derecho con Aire Loco y sale, pero es raro…Hacía tiempo ya…

No le busca pero le encuentra, no se lo puede creer. No quería verle, no quería verle, ¡no quería verle!

Y se miran, se miran y se para el mundo. Y el corazón de Dana se detiene, y se le enfrían las manos. Él se acerca y ella no puede moverse.

Y se miran hasta caer el uno en los ojos del otro, hasta morir el uno por el otro.

3.

La invita sentarse y ella sin saber exactamente cómo actuar escoge un sillón alejado, en una esquina, que hace que la mitad de su rostro se esconda por la luz que no llega. Así el la ve más bella si cabe, quisiera tocarla probar el tacto de su piel, su olor, pero lo que de verdad necesita es hablar. Ella le mira con una media sonrisa a la vez que se pasa la mano por el cabello oscuro para apartárselo de la cara, entonces él comienza a hablar y ella le deja librarse de toda su rabia y su pena oculta. Le dice que su mujer hace tiempo que no duerme con él, que ya no recuerda cómo es el temblor de los sentidos cuando se desabrocha botón tras botón la camisa de la víctima de la lujuria. Le cuenta también que le gustaría volver a ser un niño para poder correr y correr y sentir que nada más importa, para poder coger de nuevo el balón de fútbol y saberse el campeón de su mundo; pero no puede. El tiempo no pasa en vano…

Ella escucha en silencio y a medida que pasa el tiempo siente cada vez más pena por ese hombre, de modo que, cuando finalmente deja de hablar se levanta y lentamente se acerca a él para sentarse a su lado. Se miran y ella le da un beso, suave, breve, efímero y eterno.
-No tienes que hacer esto, hoy no- Dice él mirándola seriamente.-Gracias por estar aquí hoy, y gracias por este beso, vosotras nunca los dais, pero tú eres diferente…
-Quiero hacerlo, hoy sí. Somos iguales estamos solos y este es mi trabajo, no me pagues sólo por haberte escuchado, págame por darte aquello que deseas.
Entonces él sin poder evitarlo por más tiempo se abalanza sobre ella y lo hacen ahí mismo, encima del grande sillón en el que él estaba sentado. Él da rienda suelta a toda su desesperación, ella solamente siente el tacto de su piel en la suya, y dolor, el dolor que ha estado evitando durante todo el rato que le escuchaba. Cuando acaban ella le da un último beso y le pregunta si puede ir a la ducha. Recogiendo la ropa que ha quedado por el suelo se mete en el baño y, de nuevo, vuelve a ducharse con agua helada, se quiere desprender del olor de este hombre, cuyo nombre aun desconoce. Cuando sale vestida ya, con su camisa demasiado grande para ella y los vaqueros ceñidos, se encuentra con él mirando por la ventana. Le ha dejado un fajo de billetes encima de una mesa y ella los coge, le mira una última vez y se dispone a salir.
-Gracias-. Vuelve a decir él.
-No hay de qué.
Sale de la habitación, del hotel y de esa noche casi irreal, para irse caminando tranquilamente a su casa.

Pasan los días y noche tras noche sale a las calles, siempre del mismo modo, labios rojos, cabello negro, vagamente despeinado y, a veces, con la misma camisa del hombre que la abandonó. A medida que pasa el tiempo se da cuenta de que los hombres que la acogen en su cama son siempre personas solitarias, rotas de dolor que, inexplicablemente acuden a ella, quizá porque son como ella. Sin embargo, a ninguno de aquellos brinda un beso, pues no es amor lo que buscan, es saberse liberados por unos minutos de toda culpa y sufrimiento…

2.

Abandona el salón y camina hasta su cuarto con una inusitada tranquilidad, se mete en la cama e intenta dormir, pero no puede. Las sábanas huelen a él. Durante horas da vueltas en la cama intentando no pensar, pero hay cosas que no se pueden evitar y los recuerdos se precipitan sobre ella sin compasión. Su mente ese primer encuentro que tuvieron, aquel día ella estaba tumbada en su cama del hospital y él había ido a visitar a su hermana; aquélla primera caricia que él le dio cuando ella le contó la historia de su infancia; las palabras que él le susurraba cada noche cuando ella despertaba en medio de sus pesadillas, los besos, la pasión y aquellos momentos en que ella tocaba el piano y él apareciendo por sorpresa se sentaba a su lado para tocar con ella. Finalmente se queda dormida, está tan cansada…

Horas y horas pasan, ella está sumida en un sueño extrañamente profundo, podría quedarse así para siempre y no pasaría nada, de este modo no volvería a sufrir. Pero al final despierta y con los ojos tristes se levanta para arrastrar los pies, el alma y el corazón hasta la ducha. El agua fría recorre su cuerpo y ella permanece bajo el chorro de agua, inmóvil hasta que se percata del frío que tiene y sale para ponerse, tras secarse con parsimonia, solamente una camisa que le viene grande una camisa de hombre, la única que ha olvidado llevarse.

El piano. El piano le está esperando, las teclas blancas, inmaculadas, guardan en ellas la música más bella del mundo. Ella lo mira y nota cómo en un instante el corazón deja de latirle, duele tanto…

Se suceden los días y ella permanece en un estado de ausencia absoluta, no sale de casa, no se aleja de los recuerdos, está viviendo en el pasado. Desde el lugar donde trabaja la han llamado y le han pedido amablemente que no vuelva, ahora no tiene de qué vivir y tiene que encontrar algo, pero no puede. Una noche sale de casa, con unos simples vaqueros y la camisa de hombre que no desea quitarse aunque ya no huele a él. Camina por las calles oscuras, se alegra de que esté oscuro y de pronto un coche se acerca a ella. Se trata de un hombre vestido de traje elegante, tiene cara de estar cansado, baja él la ventana y le dice que si está trabajando, ella desconcertada al principio no sabe qué contestar pero en cuanto se percata de la situación le mira y le dice:
-Sí. – Con una voz rota de dolor y ronca por el desuso.
-¿Quieres subir? Sólo quiero hablar estoy de viaje de negocios, tengo una habitación en un hotel en el centro.

Ella sube aunque no sabe porqué, ya no es la misma mujer de antes. En el coche permanecen ambos callados, él la mira de reojo de vez en cuando con la mirada curiosa.
-No pareces como las demás, ¿seguro que trabajas en esto?- Le pregunta de repente.
-Sí- Vuelve a contestar en ella mirándole con seriedad y dejando voluntariamente los labios entreabiertos.
-De acuerdo.
Llegan al hotel y suben hasta la habitación del último piso, una grandiosa suite en la que podría vivir para siempre, pero ahora solamente está ahí por un casual y porque ha encontrado una nueva manera de sobrevivir…

Él la mira, observa su cuerpo perfecto y cómo los vaqueros ajustados realzan la forma de sus piernas, después observa la camisa que lleva, negra, que a pesar de ser grande para ella, no oculta sus perfectas curvas. Entonces siente deseo, pues no ha probado el sabor de una mujer en mucho tiempo, pero no es por eso por lo que la ha invitado a ir con él sino porque está solo y necesita hablar con un desconocida, y ella ha sido la elegida.