Relatos, descripciones y reflexiones

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Solo fue un incendio

Ayer me hablaron de un incendio.

Ayer, no sé en qué momento, me contó la historia de cómo le habían quemado el corazón, la rabia y el dolor.

Empezó de forma tímida, de la forma en que lo hacen aquellos que no están seguros de si hacen lo correcto o no.

– Me quemó el corazón. Dijo.

Le busqué la mirada invitando a hablar pero se perdió en algún que otro recuerdo y calló durante unos minutos. No dije nada a la espera de que decidiera, siempre he sido de las que prefieren escuchar.

Cuando por fin volvió a hablar, no pudo parar.

Todo empezó con lo que, en cualquier circunstancia, habría sido una historia mediocre de bar. En algún momento había habido algún tipo de altercado, él se había quedado en un rincón a la sombra como espectador pasivo. Algunos elementos de los que bebían ahogándose en un pozo habían empezado una pelea por una razón vergonzosa, no había prestado demasiada atención al asunto. Por aquel entonces se podía fumar dentro de los bares y se había limitado a mirar mientras un cigarrillo se deshacía entre sus dedos. Nada de todo esto tendría relevancia si no fuera porque cuando tuvo suficiente decidió escabullirse y no me sorprendió cuando me dijo que fue a parar a un parque que, a pesar, de las horas estaba medianamente iluminado.

Estaba sentado en uno de los bancos, fumando un último cigarrillo, debatiendo internamente si ese debería ser el último cuando entendió que alguien se había sentado a su lado. Permanecieron callados, las luces tenues no le permitían terminar de distinguir los rasgos de la cara. No intercambiaron palabra y cuando se consumió el último cigarro e hizo amago de levantarse por fin se miraron.

En la penumbra consiguió distinguir una lágrima que corría por su mejilla, una sonrisa que no terminaba de formarse al completo. Dudó un momento y volvió a acomodarse. No brillaba ni una sola estrella esa noche. Las pocas personas que un rato antes habían estado deambulando, tal vez en busca de una partida de ajedrez, ya se habían marchado. Solo quedaban ellos dos, viviendo en mundos diferentes.

La negrura de la noche cada vez pesaba más, la temperatura había caído drásticamente y el sueño empezaba a hacer acto de presencia pero algo le impedía poner marcha a su destino final. Le había costado tanto llegar hasta allí que ahora no sabía qué se suponía que tenía que hacer. Se encendió otro cigarro y esperó hasta que por fin ella le pidió un cigarro también. Fumaron en silencio y quién sabe qué sucedió con certeza pero ella le dijo que llevaba mucho tiempo buscándole, por qué había tardado tanto en volver al banco en el que se habían visto por primera vez.

El desconcierto crecía cada segundo y, por más que supiera que no podía ser posible, se dejó llevar por todas las frases llenas de recuerdos que parecían pertenecerle. Comenzó a recordar vagamente todas las noches asomados por el balcón, todas las veces que habían impreso fotos en blanco y negro de aquella cámara vieja que servía para poco menos que una estampa del tiempo. Pensó que, tal vez, podría retroceder en el tiempo a pesar de que lo imposible de la física dijera que no. Recordó a los 3 gigantes que durante los meses siguientes le habían atormentado los sueños como cuando era un crío.

Y recordó, también, todo el dolor que le había consumido durante los años que se sucedieron.

– Me quemó hasta las visceras, como si de verdad hubiera existido la posibilidad de que en ese banco hubiese habido alguien más aparte de mí.

Le miré mientras terminaba de beberse el café que, evidentemente, ya estaba frío y sonreí. No me había marchado a ningún lado. Yo seguía allí, invisible y en silencio. Me miró sin saber que entre el humo del tabaco y la foto borrosa estaba yo, pidiéndole que apagara el incendio que aun le quemaba las entrañas.

Aun me quedaba mucho para darle la mano, estaba dispuesta a esperar con paciencia y habría dado lo que fuera para decirle que en algún banco como aquel del que me habló, volvería a encontrar a alguien que le miraría con una sonrisa diferente a la que esperaba y que, antes de que se diera cuenta, le calmaría los latidos que ahora tanto odiaba.

Todas las cosas que no dices en voz alta

Te ríes, preguntas, comentas.

Le miras, desvías los ojos antes de que se dé cuenta de que te sonrojas. Callas brevemente, se te ocurre otra pregunta igual de (ir)relevante.

Te contesta, te sostiene la mirada, construye la conversación. Ve cómo te sonrojas de reojo, finge que no se da cuenta.

Le invitas a café, te dice que sí, no porque le guste. Es más bien al contrario, así que termina siendo más leche y azúcar que café.

A ti, a pesar de que te encanta y funcionas a base de un mínimo de 2 o 3 cafés al día, se te termina enfriando y abandonas la segunda mitad en la taza a su suerte. Lo normal.Te mira divertido, te vuelves a sonrojar. Esta vez no te escondes.

Anochece, le preguntas si no tiene prisa y te sorprende cuando te empieza a contar la historia de cómo decidió que la prisa se la podían quedar los que caminaban invisibles por la ciudad. Que él ya no la quería.

Ahora eres tú quien calla: funcionas a mil por hora, te pierdes en un recuerdo bastante vago de la última vez que anduviste con calma. Queda demasiado lejos. Vuelves a la realidad.

Y en la realidad de esa tarde te encuentras con sus ojos. Te mira sin sonreír, valora todas las cosas que no dice en voz alta.

Las que no pertenecen a una noche en la que todas esas ideas están de más. Las que realmente son irrelevantes mientras que sigáis pudiendo sostener las miradas que aún no han descubierto los secretos que guardáis en las entrañas.

Y todas las cosas que no decís en voz alta se quedan suspendidas en el aire.

Esperando al momento perfecto para brillar y que os deshagáis de las armaduras.

Carta a un destino imposible

Hace tiempo te escribí una carta que estoy segura jamás recibiste.

Hoy te vuelvo a dedicar 10 minutos de mi tiempo a sabiendas de que tampoco llegará a su destino.

Te vuelvo a dedicar 10 minutos mientras escucho una melodía que habla del tiempo y de su fragilidad. De lo rápido que se escapa mientras se nos escurre de entre las manos. Te escribo mientras pienso en las calles de tu infancia. Las de una ciudad que nunca llegué a visitar y que existe en mi imaginación, pixelada.

Te escribo, también, mientras dejo que el agua de mi té, con agua calentada a exactamente 70 grados vaya perdiendo calor. Por si no lo sabías, cuando calientas el agua a esta temperatura, solo desprende humo si le soplas. Y pienso en cómo seguir escribiénote esta carta sin dejar que se me escape la respiración, no sea que empieces a notar la añoranza en las líneas que no podrás leer porque esas se quedan en el olvido de los que solo prestan atención a los caracteres que explícitamente bailan delante de sus ojos.

Tal vez no solo sean 10 minutos. Es posible que hayas pasado a convertirte en una de las fijaciones que dictan cómo mirar día a día al mundo exterior. Qué sabré yo, solo soy un montón de carne y huesos que vive en demasiados mundos y solamente en uno al mismo tiempo.

Si alguna vez lees esto, y llegas hasta este párrafo ten en cuenta que ya se me ha olvidado porqué empecé a escribirte. Llegados a este punto solo pienso en tus ojos perdidos en recuerdos que me describías como si hablases de una película antigua.

Y si alguna vez llegas a leer esto, que sepas que me he inventado todas y cada una de estas sensaciones porque hoy ya no te echo de menos. Y lo único que hay de cierto en esto es la añoranza de algo que nunca sucedió. Lo que nos habría gustado que llegara a pasar sin que, en ningún momento, supieras que el tiempo: los 10 minutos que te he prometido, ya se terminan. Tal vez sean menos.

A lo mejor solo llegan a ser 30 segundos y el té todavía está a 70 grados.

A lo mejor sí conseguimos hablar de las líneas invisibles que hay entre los espacios de las cosas que me invento para que no sepas cuántas veces he echado de menos y cómo, por fin, he conseguido reír a carcajadas cuando te recuerdo.

Una retirada a (des)tiempo

Un día, sin previo aviso, te retiras en silencio.

Das un paso atrás con esa sonrisa a medias que se te escapa cuando te das cuenta de que por fin ha llegado el momento. Echas la vista atrás y ves cómo se repite el patrón, qué pena que la información tarde tanto en llegar a recepción.

Un día, sin previo aviso, te bates en retirada y le escribes esa carta al aire. La del adiós. La que nunca llegará a su destino porque esta es para ti, para tus recuerdos y para el luto que ya llega a su fin. Y mientras la firmas piensas en la última vez que estuviste en esta situación. Como digo, no es la primera vez y, la verdad sea dicha, ojalá no sea la última.

Recuerdo que una vez me hablaste de lo fáciles que te resultan las despedidas. Permíteme el atrevimiento: creo que te marcaste un farol de los grandes. De los que te encantaría creerte, pero ni en tus mejores sueños ser consciente de que ciertas miradas no volverán es agradable. O al menos no es agradable hasta que eres capaz de despedirte sin remordimientos. Y, quien más, quien menos, de algo se arrepiente.

Te despides en silencio, sonríes y apagas la luz. No te queda nada más que decir, incluso a ti te aburre esa narrativa que te ha mantenido durante más noches en vela de las que debería. Pero el ruido interno aun no se ha marchado, tu cerebro sigue a ese ritmo desenfrenado que da incluso vértigo. A saber qué pasa ahora.

24 minutos. Es lo que tardas en concebir el sueño y, por alguna razón que no llegas a entender, se cuela entre tus delirios nocturnos su cara, después de tantos años, un poco borrosa.

Harás como que no recuerdas el sueño cuando despiertes, blandirás una sonrisa que esconderá tu mirada triste. Oirás el sonido lejano de su voz y, sin mediar palabra, te darás la vuelta para que tu silencio flirtee con el futuro.

Alucinaciones de invierno

Abre los ojos y la cámara está desenfocada. Busca a tientas las gafas de ver, maldita la hora en que se acostumbró a llevarlas como costumbre.

Esa mañana no es diferente, se levanta con los pies entumecidos y la sensación vaga de que apenas ha dormido. Se prepara un café sin apenas pensar el proceso y, hasta que el olor no penetra, apenas alcanza a pensar en el día que se avecina.

Café negro, sin azúcar, sin sacarina y, ni hablar de echarle leche. Solo lo estropearía.

Bebe en silencio mientras mira por la ventana, y se pregunta qué es esa sensación tan extraña. Le palpita el corazón fuerte. Ya no le parece normal. Últimamente su corazón ha latido por inercia, por eso de que se niega a morir. Bastante hay en el mundo con los que pelean y no lo consiguen. Últimamente ha estado como inerte, un latido débil allí o aquí pero tan acostumbrada a ese ritmo constante que ya ni siquiera se preguntaba si no debería sentirlo más vivo.

Y se pregunta qué significará ese brote de energía. Quizá se confunda y sea desesperación. Qué sabrá a estas alturas.

Como siempre, se le queda frío y lo abandona a medias pensando lo habitual: luego lo terminará.

A prisas se cambia de ropa y apenas tiene tiempo de mirarse en el espejo. Tampoco es que importe en exceso, eso de cambiarse de ropa es una vieja costumbre de la que le ha resultado deshacerse. Se cambia y sale corriendo a la calle para darse cuenta de que realmente no tiene a dónde ir, así que decide dar un paseo sin rumbo fijo.

Normalmente se pierde por la noche. Eso de deambular por la mañana es prácticamente nuevo. Mientras camina no puede evitar mirar los árboles secos de frío. Le da la sensación de que están un poco tristes, como si tuvieran más ganas que ella de que llegara la primavera. No te equivoques, no es muy amiga de esa estación, pero al menos entonces parece que empieza a haber un poco más de vida.

Y, mientras camina, también piensa en cómo ha podido olvidar todas las cosas que le hacían vibrar apenas hace un par de años. E intenta comparar con ese corazón un poco más vivo que ayer, por si acaso eso se aproximara a los pocos recuerdos que guarda de aquel entonces. Pero tampoco se le parece.

Reconstruye los lugares que ha visitado en los últimos días y sin querer una sonrisa se cruza fugaz por su mente. No está segura de si lo imagina o de si es un recuerdo real. Todo lo que suponga un recuerdo nocturno está en el limbo. En algún lugar entre lo que fue y lo que le habría gustado que fuese.

Se pierde sin querer: física y mentalmente. Su cabeza vuelve a esa sonrisa, intenta identificar al propietario sin éxito, y sus pies le llevan a un punto desconocido de aquel parque. No tener prisa significa que se permite el lujo de sentarse en un banco y observar tranquilamente a los pocos atrevidos que creen que es buena idea salir bajo el abrigo del frío.

Sus caras no dicen mucho: la mayoría parecen dormidos, algunos tiritan bajo las capas de abrigo y, los menos, reflejan un poco de ilusión. No puede evitar sentir curiosidad por saber qué será tan interesante. Será una de esas preguntas que deban quedar en el aire.

Se vuelve a sumir en sus pensamientos y cuando esa sonrisa vuelve a aparecer le late el corazón un poco más fuerte. Le molesta.

Le molesta y desecha ese pensamiento rápido. No merece la pena darle vueltas. Lo tira al cubo de la basura, sin opción a reciclar, y su corazón vuelve al letargo.

Y se quita las gafas durante dos minutos porque tal vez todo es una alucinación de las que te emborrachan de mentiras.

Una de esas que te hacen creer que tal vez hay algo más allá de los árboles un poco tristes, del frío en un día de enero y del reflejo que ves cuando te miras rápido en el espejo porque no tienes tiempo para nada.

Aunque no tengas a dónde ir.

Porque el tiempo no significa nada si no quieres tener un poco de valor para vivir.

Divaga

Que ella qué sabe.

Que ya no se acuerda de la mitad de las cosas, y eso que aun no se les puede considerar viejos.

Que los recuerdos se han convertido en nebulosas, las ambiciones o, los sueños si lo prefieres, ahora son bromas de mal gusto que está dispuesta a ignorar.

Que lo que sí sabe es que la falta de respuesta, también es una respuesta. Que los silencios qu hasta entonces adoraba, se le hacen pesados como nunca. Le atormentan como siempre y le duelen como la primera vez.

Y que lo que también sabe es que está cansada, demasiado cansada como para que le vengan a contar historias de cómo los tiempos anteriores habían sido más duros, más grises y más vacíos de optimismo.

Se incorpora despacio, el cuerpo le duele demasiado, y cuando mira por la ventana se acuerda de aquella que vez que se tomó un descanso y conoció a ese borracho que, desdentado y cojo, le habló del mar, de los mitos de las sirenas y, le pidió que no dejara de sonreír. Se pregunta qué habrá sido de él, si seguirá contando historias del océano y si seguirá regalando sabiduría a cambio de una onrisa y un cigarro.

También se acuerda de aquella primera vez en la que volvió a caer desde 3000 metros de altura y, por primera vez al despertar con el golpe, en la cama solo estaba ella. Esa noche no interrumpió su rutina: se levantó, se preparó un té y, gracias a la fuerza del hábito, se encendió ese cigarro maldito que terminó por llevarse consigo a sus recuerdos. Nadie se asomó al salón esa noche y ella se quedó allí a oscuras, en silencio, cayendo una y otra vez de ese avión.

A la fuerza, vuelve a la realidad y, devolviendo la mirada a lo que ocurre en la calle, ve a una chica pasear. Le intuye una sonrisa y se pregunta qué le hará brillar incluso en medio de la noche. Esa chica no tiene prisa, camina despacio e incluso parece que flote. Se pregunta si no tendrá frío, tal vez no le importe. Ve cómo se ajusta el abrigo y cómo se le escapa otra sonrisa.

Se pregunta si será la felicidad, si ella ha obtenido las respuestas que buscaba, si alguna vez se le terminarán las preguntas. La mira de nuevo y se pregunta si no será esa la verdadera forma de quien sabe que no hay verdades absolutas, solo las realidades de quienes las viven.

Al fin y al cabo, ella qué sabe, solo piensa que aun debe quedar esperanza. Apenas se acuerda del pasado, fantaseó tanto que su ficción se convirtió en realidad, y es que nunca se llegó a encender un cigarro.

Un poco de vida

Si tuviese que elegir, se quedaría con las noches asomados al balcón hablando en susurros y viendo cómo los últimos se metían en sus casas a contrarreloj. En un tiempo en el que todo había cambiado, en el que la tristeza se había hecho con el día a día tantas personas, esas noches se convertirían en el tesoro que le devolvería la sonrisa.

Si tuviese que elegir, se quedaría con aquellos silencios llenos de luz. Con las miradas cómplices y las cosas que nunca se llegaron a decir a las tres de la mañana en medio de la nada.

Se agarraría a la poca vida que le quedara y al poco tiempo que le quisiera regalar el reloj, y dejaría de callar las verdades que tanto se esforzó por ocultar. A veces volvía a su cabeza aquel día en el que un desconocido le preguntó que por qué tenía los ojos tan tristes a pesar de que siempre le veía sonreír. Esa fue la primera vez que tuvo que enfrentarse a todo el dolor que había ido guardando con tanto cuidado en la cajita de cristal. Y se acordaría de la canción que hablaba de corazones plásticos y de cómo el suyo ya no podía estirarse más o terminaría por romperse. Y sabía que no podría volver a recomponer las piezas.

Ya no se acuerda de qué le contestó al desconocido pero las noches en silencio, las que se sucedían entre sonrisas cómplices y caricias al aire serían las que le devolverían un poco de vida, la de la calma después de la tormenta. Y asomados al balcón quizá miraran al cielo buscando la segunda estrella a la derecha o, tal vez, no viesen nada en concreto. Realmente no importaba.

Si tuviese que elegir, pediría al cielo, o al infierno, que le dieran un poco más de tiempo para ver amanecer desde ese balcón donde fue un poco más feliz sin la necesidad de ocultar que los silencios no siempre habían estado de su parte. Y pediría, tal vez, un poco menos de miedo en un pacto con el diablo para poder volver a mirar a dos desconocidos paseando de la mano y preguntarse cuáles sería sus sueños.

Pero no le queda tiempo, y no tiene una máquina que le transporte hasta ese momento y lugar. No entinde que cuando ya ha dicho adiós no hay nada que hacer y no entiende, tampoco, que todo eso ya no importa porque ha tomado la elección más importante de todas.

Y es que hay veces que las batallas solo existen en nuestras cabezas y la magia está a un metro de distancia.

3000 metros de altura

Tres mil metros de altura.

No tengo otra opción, me toca saltar. Sin paracaídas, sin resguardo, sin miedo porque ya no hay vuelta atrás.

Me invade el pánico inicial, se cruza veloz un pequeño «qué he hecho» y luego: calma.

No hay vuelta atrás y te juro que lo mejor que me podría haber pasado es elegir volar antes de cerrar los ojos por última vez. No me vienen a la cabeza imágenes desesperadas para consolarme, tampoco las echo de menos.

El resto es historia y supongo que después me muero. Me despierta el golpe, me duele cada centímetro de mi cuerpo y aunque estoy sobre el colchón tengo la sensación de que un millón de agujas han atravesado mi cuerpo. Respiro intentando recuperar el ritmo normal poco a poco, miro hacia un lado y tú duermes plácidamente.

Intento no hacer ruido cuando me levanto, me encanta verte cuando regalas tranquilidad y ni siquiera te das cuenta. Pongo agua a hervir, necesito relajarme, este sueño se ha convertido en recurrente y ya sé que no puedo dormir después. Dejo un té preparado y me acomodo en el sofá, también sé que debería dejar de fumar pero la fuerza del hábito me obliga a encenderme un cigarro mientras intento despejar la mente.

Estoy sumida en mis pensamientos cuando miro hacia la puerta y te veo apoyado en el marco de la puerta. Tienes una sonrisa adormilada, de esas que intentan bailar divertidas, y me miras como si no tuvieras claro qué demonios pasó para que acabaras compartiendo silencios conmigo.

Nos quedamos así, sin decir nada, entendiendo que a pesar de todo estos son algunos de los minutos que la vida diaria nos obliga a obviar cuando nos arrolla con su ritmo demasiado rápido.

Y mientras nos miramos pienso en la primera vez que nos cruzamos, en la primera vez que pensé que tenías un alma de las que brillan fuerte, muy fuerte.

Y quiero decirte que nunca te dejaría caer, que las almas que brillan y las miradas que sonríen son esas que hacen falta.

Pero callo. Callo porque no entenderías que los sueños me atormentan y me obligan recordar que el tiempo es limitado y que me niego a pensar que solo nos pertenece tiempo prestado que algún día tendremos que pagar con creces. Así que callo y decido mirarte deseando que sepas que nunca caerías por ese precipicio si pudiese evitarlo.

Gris

¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos? Te prometí que volvería y aquí estoy. Nunca falto a mi palabra.

No tengas miedo, la última vez no nos fue tan mal. Si no me equivoco disfrutaste de cada momento de esa noche y eso que te juré que todo era una obra de ficción. Supongo que el tequila no te sentó bien.

¿Qué quieres hoy?

Busco tus ojos pero algo ha cambiado. Estás más cómodo, has perdido el miedo a la noche, parece que al final sí nos haremos amigos. Sigo la dirección de tu mirada y qué sorpresa la mía cuando me encuentro a una de esas que irradia luz. Ni se te ocurra acercarte, tú ya has cambiado de bando y, te guste o no, eres mío. Me lo debes.

Vodka. 

Me pregunto qué buscas, qué pedirías si pudieras hacer un pacto con el diablo. ¿Me habrás echado de menos? La verdad es que no entiendo porqué me has llamado, pero soy paciente. Al fin y al cabo te llevo una eternidad de ventaja. Noto cómo ajustas el enfoque de tu mirada y me observas, se te escapa una sonrisa y balbuceas algo que no alcanzo a comprender. Me distraigo con facilidad.

Llegan los chupitos.

Uno, dos, tres. Aun no has dicho nada que despierte mi interés de verdad. Disculpa la condescendencia, a veces me olvido de que algunos pensáis. Y, los menos, sentís. Cuando por fin decides hablar, me cuentas que desde aquella vez que nos vimos por casualidad no has podido dejar de pensar en mí. Me atraviesas con la mirada y sé que callas más de lo que te gustaría.

Una copa. 

Te has empezado a relajar y ya no te resistes, te encanta esta función mal escrita. Adoras el decorado cutre y a los idiotas que solo forman parte de la escena porque así consigues mantener los pies pegados a la tierra. Sigo sin saber qué es lo que quieres escuchar, así que te cuento cómo me escapé del infierno mientras muevo distraída el vaso. Te hablo de los secretos que me encadenan y de las pesadillas que hace siglos me impiden dormir. Ya no recuerdo qué es una noche en brazos de sus dioses.

Un vaso medio vacío. 

Me coges de la mano. Llevamos demasiado tiempo aquí, debería marcharme. No puedo permitirme el lujo de devolverte el poder, eso me devolvería a la profundidad que me ahoga y me oprime el pecho. Ojalá me dijeras qué quieres.

Sé que estoy perdiendo esta batalla, de modo que cierro los ojos y me dejo llevar por primera vez en demasiado tiempo. De repente tu voz parece estar mucho más cerca y oigo cómo me pides que no me marche más. Noto tu miedo y la tensión disfrutando de cada músculo de tu cuerpo. Siento cómo mi corazón bombea con fuerza. Un escalfrío me recorre el cuerpo.

Gracias por contarme tus deseos. Nunca me quedaré.

Vuelvo a abrir los ojos y esta vez soy yo quien sonríe. Has caído en la trampa pero cuando te miro entiendo que tú ya sabías que me darías la libertad para poder marcharme. Te queda el consuelo de haber tenido el valor para decirlo en voz alta.

De valientes se construyó el mundo. 

No te inquietes, ya te guardé el secreto una vez y volveré a hacerlo. Cuando nos volvamos a ver tal vez seas un poco más feliz. Puede que incluso dejes de reconocerme. Tal vez ya no me necesites. Espero que ya no me necesites.

Te recuerdo que soy la persona de la que no te enamoras, pero aun así decido que bien podemos bailar una última vez. Te deshaces en sudor, alcohol y besos que podrían hacer que olvidara de dónde vengo. Te bailo a destiempo y te prometo entre sombras que volveré siempre que lo necesites para que entiendas que hay cosas que merecen la pena.

Vivir es una de ellas.

 

 

Castillos en el aire. Parte X.

Te despiertas un día demasiado pronto. Apenas hay luz en el horizonte. El silencio es sobrecogedor y sientes cómo te late el corazón con fuerza.

Veo en tus ojos el deseo de nuevas aventuras, el fuego que desprende tu cuerpo, la energía concentrándose a tu alrededor, eres una bomba de relojería. Piensas que aun duermo, no te das cuenta de que llevo mucho tiempo observándote y que todo lo que he hecho ha sido para traerte a este lugar.

Te miro e intento no hacer ruido, eres la persona más bonita que he conocido. Tus colores brillan con fuerza y ni siquiera te das cuenta.

Una taza de café humeante, y tu mirada perdida en las estrellas que cada vez se ven menos. Ya se asoma el sol. Me pregunto qué piensas, nunca has sido muy amigo de las palabras, somos bastante opuestos. Me gusta pensar que te hablan las entrañas, que tu instinto te va a llevar a lugares imposibles.

Me gustaría saber si te acuerdas de cuando hablábamos de castillos en el aire… éramos tan inocentes, tan puros. Nos imaginábamos lugares en el fin del mundo, donde se pone el sol, y pensábamos que cualquier día nos nacerían alas y volaríamos hacia esos lugares que solo existen en nuestra imaginación.

No es la primera vez que me encuentro con un espejismo de esos sueños cuando te miro. Te has convertido en la perfección, incluso cuando no tienes fuerza para mirar al cielo.

Y me gustaría apoyar una mano en tu espalda y regalarte un poco de mi energía, decirte que todavía podemos volar y vibrar. Espero que sepas que sigo aquí, aunque ya no puedas verme. Somos fuerzas cambiantes, suspiros que se pierden en el ruido cada vez que el mundo real despierta.

Ojalá pudiera saber que estás bien, que tus ojos perdidos en el horizonte serán capaces de conciliarse un día más con tus ganas de vivir. Y ojalá pudiera decirte que, a pesar de que nunca fuimos un amor de cine, siempre fuimos un amor de los que eliges para que te acompañen cuando necesitas sonreír y tener un poco más de fe. De los que te llevan a volar hasta castillos en el aire.