Solo fue un incendio
por palabrasinaudibles
Ayer me hablaron de un incendio.
Ayer, no sé en qué momento, me contó la historia de cómo le habían quemado el corazón, la rabia y el dolor.
Empezó de forma tímida, de la forma en que lo hacen aquellos que no están seguros de si hacen lo correcto o no.
– Me quemó el corazón. Dijo.
Le busqué la mirada invitando a hablar pero se perdió en algún que otro recuerdo y calló durante unos minutos. No dije nada a la espera de que decidiera, siempre he sido de las que prefieren escuchar.
Cuando por fin volvió a hablar, no pudo parar.
Todo empezó con lo que, en cualquier circunstancia, habría sido una historia mediocre de bar. En algún momento había habido algún tipo de altercado, él se había quedado en un rincón a la sombra como espectador pasivo. Algunos elementos de los que bebían ahogándose en un pozo habían empezado una pelea por una razón vergonzosa, no había prestado demasiada atención al asunto. Por aquel entonces se podía fumar dentro de los bares y se había limitado a mirar mientras un cigarrillo se deshacía entre sus dedos. Nada de todo esto tendría relevancia si no fuera porque cuando tuvo suficiente decidió escabullirse y no me sorprendió cuando me dijo que fue a parar a un parque que, a pesar, de las horas estaba medianamente iluminado.
Estaba sentado en uno de los bancos, fumando un último cigarrillo, debatiendo internamente si ese debería ser el último cuando entendió que alguien se había sentado a su lado. Permanecieron callados, las luces tenues no le permitían terminar de distinguir los rasgos de la cara. No intercambiaron palabra y cuando se consumió el último cigarro e hizo amago de levantarse por fin se miraron.
En la penumbra consiguió distinguir una lágrima que corría por su mejilla, una sonrisa que no terminaba de formarse al completo. Dudó un momento y volvió a acomodarse. No brillaba ni una sola estrella esa noche. Las pocas personas que un rato antes habían estado deambulando, tal vez en busca de una partida de ajedrez, ya se habían marchado. Solo quedaban ellos dos, viviendo en mundos diferentes.
La negrura de la noche cada vez pesaba más, la temperatura había caído drásticamente y el sueño empezaba a hacer acto de presencia pero algo le impedía poner marcha a su destino final. Le había costado tanto llegar hasta allí que ahora no sabía qué se suponía que tenía que hacer. Se encendió otro cigarro y esperó hasta que por fin ella le pidió un cigarro también. Fumaron en silencio y quién sabe qué sucedió con certeza pero ella le dijo que llevaba mucho tiempo buscándole, por qué había tardado tanto en volver al banco en el que se habían visto por primera vez.
El desconcierto crecía cada segundo y, por más que supiera que no podía ser posible, se dejó llevar por todas las frases llenas de recuerdos que parecían pertenecerle. Comenzó a recordar vagamente todas las noches asomados por el balcón, todas las veces que habían impreso fotos en blanco y negro de aquella cámara vieja que servía para poco menos que una estampa del tiempo. Pensó que, tal vez, podría retroceder en el tiempo a pesar de que lo imposible de la física dijera que no. Recordó a los 3 gigantes que durante los meses siguientes le habían atormentado los sueños como cuando era un crío.
Y recordó, también, todo el dolor que le había consumido durante los años que se sucedieron.
– Me quemó hasta las visceras, como si de verdad hubiera existido la posibilidad de que en ese banco hubiese habido alguien más aparte de mí.
Le miré mientras terminaba de beberse el café que, evidentemente, ya estaba frío y sonreí. No me había marchado a ningún lado. Yo seguía allí, invisible y en silencio. Me miró sin saber que entre el humo del tabaco y la foto borrosa estaba yo, pidiéndole que apagara el incendio que aun le quemaba las entrañas.
Aun me quedaba mucho para darle la mano, estaba dispuesta a esperar con paciencia y habría dado lo que fuera para decirle que en algún banco como aquel del que me habló, volvería a encontrar a alguien que le miraría con una sonrisa diferente a la que esperaba y que, antes de que se diera cuenta, le calmaría los latidos que ahora tanto odiaba.
