Una retirada a (des)tiempo

por palabrasinaudibles

Un día, sin previo aviso, te retiras en silencio.

Das un paso atrás con esa sonrisa a medias que se te escapa cuando te das cuenta de que por fin ha llegado el momento. Echas la vista atrás y ves cómo se repite el patrón, qué pena que la información tarde tanto en llegar a recepción.

Un día, sin previo aviso, te bates en retirada y le escribes esa carta al aire. La del adiós. La que nunca llegará a su destino porque esta es para ti, para tus recuerdos y para el luto que ya llega a su fin. Y mientras la firmas piensas en la última vez que estuviste en esta situación. Como digo, no es la primera vez y, la verdad sea dicha, ojalá no sea la última.

Recuerdo que una vez me hablaste de lo fáciles que te resultan las despedidas. Permíteme el atrevimiento: creo que te marcaste un farol de los grandes. De los que te encantaría creerte, pero ni en tus mejores sueños ser consciente de que ciertas miradas no volverán es agradable. O al menos no es agradable hasta que eres capaz de despedirte sin remordimientos. Y, quien más, quien menos, de algo se arrepiente.

Te despides en silencio, sonríes y apagas la luz. No te queda nada más que decir, incluso a ti te aburre esa narrativa que te ha mantenido durante más noches en vela de las que debería. Pero el ruido interno aun no se ha marchado, tu cerebro sigue a ese ritmo desenfrenado que da incluso vértigo. A saber qué pasa ahora.

24 minutos. Es lo que tardas en concebir el sueño y, por alguna razón que no llegas a entender, se cuela entre tus delirios nocturnos su cara, después de tantos años, un poco borrosa.

Harás como que no recuerdas el sueño cuando despiertes, blandirás una sonrisa que esconderá tu mirada triste. Oirás el sonido lejano de su voz y, sin mediar palabra, te darás la vuelta para que tu silencio flirtee con el futuro.