Alucinaciones de invierno
por palabrasinaudibles
Abre los ojos y la cámara está desenfocada. Busca a tientas las gafas de ver, maldita la hora en que se acostumbró a llevarlas como costumbre.
Esa mañana no es diferente, se levanta con los pies entumecidos y la sensación vaga de que apenas ha dormido. Se prepara un café sin apenas pensar el proceso y, hasta que el olor no penetra, apenas alcanza a pensar en el día que se avecina.
Café negro, sin azúcar, sin sacarina y, ni hablar de echarle leche. Solo lo estropearía.
Bebe en silencio mientras mira por la ventana, y se pregunta qué es esa sensación tan extraña. Le palpita el corazón fuerte. Ya no le parece normal. Últimamente su corazón ha latido por inercia, por eso de que se niega a morir. Bastante hay en el mundo con los que pelean y no lo consiguen. Últimamente ha estado como inerte, un latido débil allí o aquí pero tan acostumbrada a ese ritmo constante que ya ni siquiera se preguntaba si no debería sentirlo más vivo.
Y se pregunta qué significará ese brote de energía. Quizá se confunda y sea desesperación. Qué sabrá a estas alturas.
Como siempre, se le queda frío y lo abandona a medias pensando lo habitual: luego lo terminará.
A prisas se cambia de ropa y apenas tiene tiempo de mirarse en el espejo. Tampoco es que importe en exceso, eso de cambiarse de ropa es una vieja costumbre de la que le ha resultado deshacerse. Se cambia y sale corriendo a la calle para darse cuenta de que realmente no tiene a dónde ir, así que decide dar un paseo sin rumbo fijo.
Normalmente se pierde por la noche. Eso de deambular por la mañana es prácticamente nuevo. Mientras camina no puede evitar mirar los árboles secos de frío. Le da la sensación de que están un poco tristes, como si tuvieran más ganas que ella de que llegara la primavera. No te equivoques, no es muy amiga de esa estación, pero al menos entonces parece que empieza a haber un poco más de vida.
Y, mientras camina, también piensa en cómo ha podido olvidar todas las cosas que le hacían vibrar apenas hace un par de años. E intenta comparar con ese corazón un poco más vivo que ayer, por si acaso eso se aproximara a los pocos recuerdos que guarda de aquel entonces. Pero tampoco se le parece.
Reconstruye los lugares que ha visitado en los últimos días y sin querer una sonrisa se cruza fugaz por su mente. No está segura de si lo imagina o de si es un recuerdo real. Todo lo que suponga un recuerdo nocturno está en el limbo. En algún lugar entre lo que fue y lo que le habría gustado que fuese.
Se pierde sin querer: física y mentalmente. Su cabeza vuelve a esa sonrisa, intenta identificar al propietario sin éxito, y sus pies le llevan a un punto desconocido de aquel parque. No tener prisa significa que se permite el lujo de sentarse en un banco y observar tranquilamente a los pocos atrevidos que creen que es buena idea salir bajo el abrigo del frío.
Sus caras no dicen mucho: la mayoría parecen dormidos, algunos tiritan bajo las capas de abrigo y, los menos, reflejan un poco de ilusión. No puede evitar sentir curiosidad por saber qué será tan interesante. Será una de esas preguntas que deban quedar en el aire.
Se vuelve a sumir en sus pensamientos y cuando esa sonrisa vuelve a aparecer le late el corazón un poco más fuerte. Le molesta.
Le molesta y desecha ese pensamiento rápido. No merece la pena darle vueltas. Lo tira al cubo de la basura, sin opción a reciclar, y su corazón vuelve al letargo.
Y se quita las gafas durante dos minutos porque tal vez todo es una alucinación de las que te emborrachan de mentiras.
Una de esas que te hacen creer que tal vez hay algo más allá de los árboles un poco tristes, del frío en un día de enero y del reflejo que ves cuando te miras rápido en el espejo porque no tienes tiempo para nada.
Aunque no tengas a dónde ir.
Porque el tiempo no significa nada si no quieres tener un poco de valor para vivir.
