3000 metros de altura
por palabrasinaudibles
Tres mil metros de altura.
No tengo otra opción, me toca saltar. Sin paracaídas, sin resguardo, sin miedo porque ya no hay vuelta atrás.
Me invade el pánico inicial, se cruza veloz un pequeño «qué he hecho» y luego: calma.
No hay vuelta atrás y te juro que lo mejor que me podría haber pasado es elegir volar antes de cerrar los ojos por última vez. No me vienen a la cabeza imágenes desesperadas para consolarme, tampoco las echo de menos.
El resto es historia y supongo que después me muero. Me despierta el golpe, me duele cada centímetro de mi cuerpo y aunque estoy sobre el colchón tengo la sensación de que un millón de agujas han atravesado mi cuerpo. Respiro intentando recuperar el ritmo normal poco a poco, miro hacia un lado y tú duermes plácidamente.
Intento no hacer ruido cuando me levanto, me encanta verte cuando regalas tranquilidad y ni siquiera te das cuenta. Pongo agua a hervir, necesito relajarme, este sueño se ha convertido en recurrente y ya sé que no puedo dormir después. Dejo un té preparado y me acomodo en el sofá, también sé que debería dejar de fumar pero la fuerza del hábito me obliga a encenderme un cigarro mientras intento despejar la mente.
Estoy sumida en mis pensamientos cuando miro hacia la puerta y te veo apoyado en el marco de la puerta. Tienes una sonrisa adormilada, de esas que intentan bailar divertidas, y me miras como si no tuvieras claro qué demonios pasó para que acabaras compartiendo silencios conmigo.
Nos quedamos así, sin decir nada, entendiendo que a pesar de todo estos son algunos de los minutos que la vida diaria nos obliga a obviar cuando nos arrolla con su ritmo demasiado rápido.
Y mientras nos miramos pienso en la primera vez que nos cruzamos, en la primera vez que pensé que tenías un alma de las que brillan fuerte, muy fuerte.
Y quiero decirte que nunca te dejaría caer, que las almas que brillan y las miradas que sonríen son esas que hacen falta.
Pero callo. Callo porque no entenderías que los sueños me atormentan y me obligan recordar que el tiempo es limitado y que me niego a pensar que solo nos pertenece tiempo prestado que algún día tendremos que pagar con creces. Así que callo y decido mirarte deseando que sepas que nunca caerías por ese precipicio si pudiese evitarlo.
