De cuando pierdes algo que no fue tuyo

por palabrasinaudibles

Me duele el contenedor de las emociones. No sé si es el corazón o las entrañas. Ya no los distingo.

Me enseñaste a querer y adorar tus historias por encima de cualquier otra realidad. Soñaré con la conversación que nunca llegamos a tener y me dormiré al ritmo de tus melodías a piano. No nos conocemos y sin embargo me has rescatado mil veces del abismo. Me duele este cofre diminuto y soy egoísta al pensar que nunca más me abrirás las puertas a uno de tus mundos infinitos. Me queda el consuelo de tu ciudad fantasma, de las sombras de tus palabras y las intenciones de aquellos que nacieron de tu imaginación.

Supongo que no tengo derecho a escribirte esta carta y sé que nunca la leerás. Ojalá te hubiese podido mirar a los ojos mientras tomábamos café en algún bar que no significara nada para ninguno de los dos. Ojalá te hubiese podido confesar entre dientes lo feliz que fui cuando sentí que era parte de tu mundo aunque tú no hubieses sido consciente del bien que me hacías.

Supongo, también, que una vez más llego tarde y ese siempre ha sido mi gran defecto. Me he tropezado tantas veces con la misma piedra que ya ni siquiera la veo. Que no coincidiéramos en tiempo y espacio es, probablemente, la realidad que más me duele y no sé qué puedo hacer para que hoy esto pese un poquito menos.

Esta noche abriré la primera página de nuestro álbum de recuerdos imaginarios y me permitiré morir un poquito para volver a la vida cuando vuelva a oír tu voz susurrándome que todo está bien. Que nuestras almas seguirán conectadas.

Y supongo que entonces dolerá un poco menos. Sin expectativas, sin falsas promesas y sin fantasmas que me atormenten porque ya no estás.

Y entonces quizá mis entrañas dejen que mi corazón vuelva a bombear un poco más de vida.