Gala. Parte 2.

por palabrasinaudibles

Cuando era niña me gustaba pensar que algún día me crecería unas alas enormes que me llevarían a cualquier parte del mundo.

Nunca fui esa niña popular, rodeada de amigos o de innumerables fiestas de cumpleaños. A veces me dolía demasiado estar rodeada de gente y no sabía explicar porqué. Era un poco rara. Todo lo rara que podía ser una cría de 10 años, supongo.

Tardé más de lo normal en conseguir que mi mente se quisiera quedar en la ciudad de los silencios. Conforme pasaron los años, y según crecí, me convertí en una persona introvertida. Cogí costumbres de dudosa lógica y me aficioné a observar a los que me rodeaban. Pero también aprendí a camuflarme entre la muchedumbre.

Aprendí a sonreír cuando alguien me hablaba, a decir las cosas más apropiadas cuando a me preguntaban qué tal estaba y me hice tan buena en el arte de la mentira que incluso me lo llegué a creer.

Recuerdo una noche en la que bebí más de la cuenta. Harta de no poder contar los secretos que ell mundo de las sombras me susurraba y de aquella noche pensaba que sería la última. Así que hice lo propio y busqué a un extraño en un bar, alguien que no tuviera ganas de hablar, o de entenderme. Nos marchamos juntos y nos refugiamos en un callejón oscuro. Ajenos a los escasos transeúntes que vagaban en medio de esa noche llorona. Y nos comimos con la mirada y con las ganas de quien no tiene nada que contar. Construimos la mejor historia de tensión, la de 2 cuerpos se desafían sin decir una sola palabra. Nos miramos en la oscuridad sabiendo que estábamos en el mismo barco, desesperados por salir de esa tormenta que nos tenía atrapados. Agotados y derrotados.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí. Me daba vueltas la cabeza y en algún momento se rompió el encanto y él se marcho después de murmurar un «adiós» vago. Conseguí llegar a casa. Empapada de dolor, de desesperación y sexo del que no puedes olvidar. La tensión en mi cuerpo era perfecta y todavía podía sentir sus jadeos rotos.

Cuando me desperté la cabeza me estaba matando. Me di una ducha fría y me miré al espejo. Ese día no tenía ganas de fingir.

Decidí deambular por la ciudad y entonces me la encontré. Me reconoció al instante y parecía alegrarse de verdad de verme.

Exhibí mi mejor sonrisa y le conté lo que quería oír. Durante un segundo me dio la sensación de que no conseguí engañarla, pero para qué iba a darle detalles si, al fin y al cabo, no nos volveríamos a ver. No le conté que había sido la única amiga que había tenido, aunque hubiese sido durante 5 minutos. Tampoco le dije que estaba rendida y que cada vez era más fácil recorrer la vida entre sombras, me había convertido en una de ellas.

Nos despedimos con un abrazo que hizo que me saltara el corazón.

Me pregunto qué habrá sido de ella. Anoche conocí a una mujer en un bar y en ella vi esos ojos verdes. Me mentí a mí misma y durante 10 minutos incluso fui feliz. Me marché a casa sola. Me acordé de ese hombre en el callejón y de tantos otros compañeros en mil rincones absurdos y lo único que quise entonces fue saber si alguno de ellos habría bajado al infierno conmigo.

Me pregunto si ella iría al fin del mundo conmigo.

O si ella es el fin del mundo.