Gala

por palabrasinaudibles

¿Te acuerdas de Gala?

Puede que tú no la conocieras con ese nombre, pero todos hemos conocido a una Gala, o varias, a lo largo de nuestras vidas.

Era aquella niña callada que bajaba la mirada al suelo y se ponía colorada cuando le hablaban. La que estaba más interesada en sus amigos invisibles que en los niños que gritaban en el patio del colegio gritando por sus vidas en el barco pirata de turno.

Gala era la niña del tercero que siempre miraba por la ventana imaginando qué se sentiría al volar, la que pensaba que el tiempo pasaba demasiado despacio cuando se acercaba una fecha importante y miraba el reloj con paciencia hasta que el minutero daba la hora. Recuerdo que una vez intenté hablar con ella de las tareas que teníamos, de los actores de moda, o qué sé yo. Tal vez no le dije nada. Pero ese día, entre susurros, me contó que algún día se marcharía de este planeta. No lo decía en sentido figurado, lo creía de verdad. Estaba convencida que su cuerpecillo le conseguiría llevar hasta el fin del mundo y entonces no miraría atrás nunca. Aquí no tenía nada.

Yo no la entendí de modo que me encogí de hombros y me marché. Ella se quedó allí sentada sumida en sus pensamientos. Aquello me pareció una pérdida de tiempo.

Años después, demasiados quizá, me la volví a encontrar.

Y no quedaba ni rastro de la Gala tímida que había conocido. Nos saludamos con una sonrisa, un «cuánto tiempo» y un silencio un poco incómodo. Creo que fue entonces cuando la miré a los ojos por primera vez y aquel día entendí que había cometido el peor error de mi vida.

Me encontré en sus ojos todo el peso del mundo. Detrás de la sonrisa más encantadora que había visto hasta ahora y de sus palabras ligeras, había sollozos agotados de pelear contra viento y marea.

Hablamos de lo que habíamos hecho, de cuánto habíamos cambiado y de lo rápido que había pasado todo. Sin tener tiempo de darnos cuenta de que se nos escapaba la vida a chorros.

No me contó que había perdido la ilusión. Tampoco que su vida había sido una sucesión de intentos fallidos de vivir en el sentido más amplio de la palabra. No me contó que había dejado de sentir, ni que se pasaba días metida en la cama llorando hasta que no le quedaban lágrimas o fuerzas y, por alguna razón que no entiendo, no me contó que se había resignado a camuflarse en un mundo que corría demasiado y que había perdido las ganas de entender a las personas que, como ella, solo querían volar hasta dar con la paz que aquí ya no existe.

Sí me dijo que se alegraba de verme, que siempre le había parecido especial. Y lo único que quise contestar fue que ella era la responsable de que siguiéramos respirando el mismo aire. Que aquella conversación, si es que puede llamársele así, y sus gestos esquivos me habían salvado la vida en más de una ocasión.

Pero no dije nada.

Callé y miré a Gala en silencio. Esta vez fue ella quien se encogió de hombros escondida tras su sonrisa.

Nos despedimos con una abrazo demasiado rápido. Cada una marchó en una dirección.

Desde entonces no he conseguido deshacerme de esa mirada que me rompió el corazón y me pregunto qué habrá sido de la persona más bonita que he conocido en mi vida y si habrá conseguido, por fin, llegar hasta el fin del mundo.

Me acuerdo de ella y solo pienso en lo que habría pasado si no hubiese callado. Me pregunto si podría haber sido la persona que tal vez podría haber aliviado, aunque fuese un poco, su dolor. A veces solo hace falta una abrazo con el corazón y ni eso le pude dar a cambio.

Pero tendemos a acordarnos más de las cosas que nunca sucedieron y, qué te voy a decir a ti, que también tienes a una Gala que de vez en cuando te visita y te mira con esos ojos preciosos que se incrustaron en tu corazón. 

Querida Gala:

estés donde estés, siempre fuiste especial y única. No lo olvides.