De cuando intenté escribirte una carta

por palabrasinaudibles

Pensaba que ya no me quedaba nada por contar.

Creí que todas las historias en las que siempre había creído se habían esfumado en un suspiro. Como quien apaga una vela en la oscuridad de la noche.

Asumí que todos esos años de obsesión por regalarle todo lo que nadie más se atrevía a decirle, ya no se traducirían en las palabras que hasta ahora habían arañado todos mis sentidos.

Así que decidí despedirme. Ya te he contado alguna vez que hace tiempo que me acostumbré a las despedidas y esta era una más. Total, qué diferencia habría. Me quedaba la esperanza de que en algún momento el destino nos volvería a sorprender, qué sé yo. De modo que lo que siguiente que recuerdo haber hecho, fue suspirar su nombre y sonreír mientras la última letra se disolvía en mi boca y su recuerdo se volvía un poco más difuso. Se me quedó una sonrisa impresa, por alguna razón ya no me pesaba su lejanía.

Lo que no me esperé fue que, la siguiente vez que cogí un boli para escribir una de esas cartas tan pasadas de moda, no supe qué poner. Se voló la noche en un suspiro y el papel quedó en blanco. Quién me habría dicho alguna vez que me quedaría sin historias que contar. Supongo que al decirle adiós me quedé un poco más vacía, pero no estaba dispuesta a regalarle el derecho a quedarse mis palabras. Eso no.

Y durante el mes, los dos, los tres que siguieron; no tuve nada que contar.

Y yo me acomodé al silencio. Ese que siempre había temido, que me había aterrorizado en sueños. De repente dejó de atormentarme. Descubrí que también era esa persona. La que podía mirar a través de la ventana durante horas y no decir nada. La que estaba dispuesta a tirarse de un puente, a saltar de un avión, a decir en voz alta que hay veces que no importa cuántas veces calle, siempre y cuando recupere la voz cuando vuelva a estar preparada.

Un día, sin apenas darme cuenta, sentada en el parque, saqué la libreta que me acompañaba siempre y me puse a escribir. No era algo relevante, recuerdo que en ese momento solo dos nombres rondaban mi cabeza y que creé una historia para ellos. Algún día te contaré hasta dónde me llevaron. Siempre he estado convencida de que mis personajes son los que tienen las riendas y yo solo soy la intermediaria para que tú también los puedas conocer.

Lo cierto es que después de esa tarde, el silencio también me abandonó y quiero pensar que todo se lo debo a aquella despedida que me robó las palabras, pero que también me las devolvió cuando su recuerdo se convirtió en un espejismo vacío. Supongo, también, que mi corazón tampoco se recontruyó de la misma manera que antes pero a quién mentiría si dijera que cada vez que queremos y perdemos a alguien somos la misma persona que antes.