De los recuerdos

por palabrasinaudibles

Me gustaba verte sonreír en silencio. Era una sensación parecida a la de la lluvia en un día cálido. Brillabas tanto como el sol de medianoche y me hacías vibrar cuando ni siquiera me mirabas.

Tener 5 minutos reales contigo era uno de los tesoros que anhelaba de ti. Normalmente divagabas y me hablabas de los años en los que todo era más sencillo, más volátil. Te gustaba recordar tus sueños y tus errores. Siempre lo hacías con esa sonrisa torcida que tanto te caracterizaba.

Recuerdo especialmente esa noche de septiembre en la que me despertaste agitado, ahogado en la nostalgia de tus propios recuerdos. Pesaban demasiado.

Me levanté y puse agua a calentar. Tú me mirabas con ojos suplicantes desde algún lugar muy lejano, necesitabas que te rescatara y sabías que, una vez más, sería un proceso doloroso. Esa noche te preparé un café demasiado aguado, sabía que lo odiabas y que te distraería su aroma fuerte contrastado con un sabor demasiado suave para tu gusto. Sabía que solo le darías un sorbo y el resto se quedaría ahí hasta quedar helado. Pero sería suficiente para traerte de vuelta al mundo de los vivos.

Si alguien me preguntase, diría que incluso disfruté del proceso. Me sentía poderosa, no tenías a quién recurrir y yo era la única persona que entendía tus silencios malditos entre las frases que escupías a borbotones.

Mientras me contabas cómo era el sabor de la luz en la ciudad de tus sueños yo fumaba y evitaba tu mirada. Me dejaba llevar por tus palabras y la aventura era tan sólida que apenas me daba tiempo a procesar toda la información. Se me escapaban tus manos dibujando estrellas que ya habían muerto y se escurrían tus años dedicados a luchar por todo aquello en lo que creías.

Sin embargo, esa noche callaste y me dejaste sumida en mis pensamientos. Tu café ya se había convertido en un brebaje imposible. Mi cigarro se había consumido y empañado mi visión. Y tú callabas.

Y yo sentía tu mirada en mi nuca.

Me ardía el cuerpo y me dolían las paredes que habías construido con unos sueños en los que ya no creías, pero jamás habría admitido que lo que más dolía era saber que ese tiempo contigo era tiempo regalado antes de que volvieses a encerrarte en esa sonrisa que te protegía de la decepción. Esa que a mí me hacía perder toda la noción de la persona que era entonces y que me retorcía el alma y me ahogaba sin necesidad de ponerme una mano encima.

Y todo este tiempo después lo único que quiero es volver a hacerte un café y fumarme un cigarro en silencio mientras me cuentas que, tal vez, se ha terminado nuestra lucha de un poder que solo nos hizo más débiles, más cobardes y menos felices.

A veces me pregunto qué habrá sido de tí. Otras, en cambio, te deseo lejos de todo lo que conozco, y solo de vez en cuando pienso que quizá tu sonrisa podría haber cambiado el mundo.

Nos veo en ese piso como si fuese una película antigua. Recuerdo tus abrazos sin razón y me obligo a creer que, todo este tiempo después, a lo mejor tienes marcas alrededor los ojos porque algo de esta vida te ha hecho sonreír tanto que ya no te duele el recuerdo de la persona que fuiste.