Hablemos de impulsos
por palabrasinaudibles
Hablemos de impulsos.
De los que te hacen ir cuesta abajo y sin frenos. Los que hacen que tu vida cambie cuando menos lo esperabas.
Ese impulso que hace que se te rompan los esquemas, que bajes la guardia por primera vez en mucho tiempo. Eso que no eres capaz de describir pero te hace vibrar como pocas veces en tu vida anterior.
Te invito a que lo descubras, a que pierdas el control y a que dejes que esa pequeña descarga invada tus sentidos y te supere de forma sobrecogedora. Peleamos tanto por mantener el control que nos olvidamos de que una de las más bellas formas de vivir es dejando de pensar en lo que nos da miedo.
Y si lo haces, quiero que sepas que no estás solo.
Te prometo que sobrevivirás, que la vida se convertirá en eso que no estuvo ni al alcance de tu imaginación. Y te prometo, también, que merecerá la pena. Que las fotos, los mensajes de optimismo o de decadencia y las historias tomarán sentido por sí mismas. De tal manera que dejarás de ser un sujeto sin importancia en una sociedad a la que no le importas lo más mínimo. Y lo mejor es que a ti también dejará de importarte.
Las botellas vacías de sueños, las copas con restos de vino y los dibujos de tu futuro a medio terminar serán tan vertiginosos como aquella primera pesadilla que te saca del sueño más profundo. Es normal que tengas miedo.
Y quiero que sepas, también, que si lloras hasta quedarte vacío solo hay una solución: bebe de todas esas sensaciones para que esto merezca la pena.
Ya hace mucho tiempo que yo lloré hasta que no me quedaron más lágrimas. Recuerdo esa incertidumbre, lo desorientada que estaba en un entorno que había dejado de ser el mío y, si hay algo que extraje de aquellas horas, es que no había vivido hasta entonces. Los golpes, las caídas y las palabras que me habían llevado hasta ahí eran ahora lo que me conducían a un lugar en el que había una melodía que sonaba de fondo para mí. Y me rompía el corazón una y otra vez… Una y otra vez.
Todo lo que había perdido y ganado se había convertido en un solo concepto que no sabía definir; la voz de aquel desconocido cantando en un idioma que jamás habría sabido identificar me hacía flotar en la nebulosa que me acariciaba las cicatrices y me trasladaba a ese lugar del que te hablo. Siento no poder darle un nombre, ya sabes que nunca se me dio bien recordar los sin apellido. Mientras su música llenaba de dolor y un amor que para mí era extraño, sentía que esas cicatrices ya dejaban de ser mías. Se las llevó consigo cuando esa parte de mi humanidad murió.
Y entonces dejó de doler.
Y te prometo que fue en ese instante cuando dejé de tener miedo a los fantasmas y a los recuerdos que hasta ese instante me habían carcomido las entrañas.
Dejé la guardia baja y fue el momento en el que descubrí que todo lo me había hecho sangrar era el espejismo de lo que jamás había conseguido hacer. La mejor parte es que aunque hoy sigo sin entender de qué va esto de la vida, quiero que lo compartas conmigo y te prometo que merece la pena y que, si me das la mano solo te soltaré para que descubras que hay más en todo esto de lo que te habían contado.
Por eso te hablo de impulsos. De los que te hacen reír a carcajadas, de los que te obligan a llorar hasta que no te quede nada.
Los que, al fin y al cabo, te hacen vivir.
