Del fin del mundo y el laberinto
por palabrasinaudibles
Siempre me pregunté qué sería sentir dolor de manera real, tangible. Nadie me había descrito nunca ese sentimiento, solo con decir que había dolido valía para provocar una mueca de compasión o un gesto empático.
Quería saber cómo podría describirlo, me perseguían mil preguntas que rondaban la misma respuesta incierta. Me pregunté una y otra vez cómo podría deshacerme de esa presión que sentía en el pecho si no tenía una causa real, busqué heridas que explicaran el terror que había construido sus cimientos en silencio dentro de mi mente. Y sin embargo nadie me supo explicar ni qué era el dolor, ni cómo deshacerme de los monstruos que dominaban mis laberintos.
Me asqueaba el tintineo que me guiaba por un camino que no me llevaba a ningún lugar y yo solamente quería llegar al fin del mundo rodeada de silencio. Buscaba la calma, la felicidad no era una opción para mí. Hacía tiempo que me había cansado de las promesas falsas y ahora quería olvidar las razones por las que, de una manera u otra, todos los golpes, todas las trampas y todas y cada una de las mentiras se habían convertido en una fuerza que me obligaba a contener la respiración.
Quería llegar al fin del mundo y contarte el secreto de los que duelen pero supe que todos los minutos que me habían robado aquellos palos se habían perdido tras unos muros que no podía penetrar.
Siempre dijiste que debía dejar las obsesiones marchar, que navegarías conmigo hasta el fin del mundo y que juntas seríamos invencibles. Lo que jamás pudiste comprender es que lo único que necesitaba era que acariciaras todas esas heridas que no veías y que me prometieses que no volverían.
Aunque yo nunca fuese capaz de creerte.
