De las pesadillas y de la realidad

Acércate. Quédate junto a mí. Cierra los ojos.

Estoy a punto de contarte la historia de lo que nunca sucedió en una ciudad que solamente existe en mis peores pesadillas.

Los edificios eran gigantes en la niebla grisácea que oscurecía el ambiente y la gente caminaba sin rumbo fijo huyendo de las sombras ancladas a sus talones. El olor a mugre me ahogaba en mi propio aire y solamente una cosa rondaba mi cabeza en todo momento: encontrarte. Para entonces ya sabía que probablemente solo existías en mi mente y que jamás sería capaz de escapar de allí pero tenía que intentarlo. Aunque fuese una vez más.

Era la tercera vez que torcía la esquina hacia la derecha y me encontré un pequeño bar que jamás había visto antes. En la puerta un pequeño letrero me invitaba a entrar con una sonrisa torcida y tan perdida como estaba entre las tinieblas, escuché a mis entrañas. Estaba oscuro y cada una de las almas presentes estaban desorientadas frente a vasos sucios con restos de cualquier veneno que les abstrajera de la realidad que los consumía. Apenas un par de focos anticuados iluminaban un pequeño escenario en el que un pianista consumido tocaba alguna melodía de jazz rota de dolor.

Un camarero que no me miró a los ojos me sirvió una cerveza aguada y cuando quise darle las gracias había desaparecido de mi vista. Y entonces te vi.

Tú no eras tú, y yo era un espejismo de mi verdad. Tenías esa mirada derrotada escondida detrás de una de tus 12 sonrisas y, por una vez, no fingías la felicidad absurda del exterior. Todos mis sentidos me pedían a gritos que te abrazara y me quedara yo con esa pena que te acechaba pero me resistí. Me gustaba verte así. Auténtico en un mundo de mentira que solo existía en los palacios de mi mente.

Así que callé. Callé y te observé en la sombra, anclada a mi sonrisa torcida y dejando escapar la última oportunidad que se me había concedido de ayudarte a huir. O de que tú me rescatases de esta pesadilla que me abrumaba el corazón.

Despacio me levanté y me marché. No tuve el valor de echar la vista atrás y caminé al son de esa musiquilla que me recordaba que esto no era real.

Los edificios cayeron sobre mí, me enterraron millones de escombros y desperté cuando me faltó el aire. No pude volver a dormir.

Ahora decide si te quedas conmigo. Estás a tiempo de huir y lo comprendería. Te he contado mis peores obsesiones y tal vez ni siquiera lo hayas visto. Te regalo mis monstruos pero también te regalo una vida llena de sonrisas. Con tus 12 y mis indefinidas. Te regalo, también, la libertad de mirarme con toda tu tristeza. Te juro que me la llevaré lejos de ti.

Decide si te quedas o te marchas, porque aquello era una pesadilla pero tú eres un sueño de cristal y si te rompes, te prometo hoy, y mil años más que estaré dispuesta a contarte una historia que te haga sonreír aunque nos entierren los escombros.