Vértigo
Fuimos producto de la desesperación. Del vértigo que sufrimos cuando nos vimos más solos que nunca en un mundo que corría tan veloz, tan absurdamente rápido, que nos unió aun cuando intentamos evitarlo huyendo de nuestras miradas perdidas en un vacío de colores.
Te descubrí al borde del acantilado. Cuando el fin del mundo reclamaba mi cuerpo pero no mi alma y el sonido del mar rompiendo contra las paredes más antiguas del mundo embotaba mis sentidos.
Te descubrí en silencio, con tu olor avainillado del color de la niebla que se colaba en mis entrañas. Me susurraste al oído que todavía no era el momento, que teníamos toda la eternidad y que tú y yo estábamos destinados a frenar el mundo en el momento en que colisionáramos. Me rodeaste con esos brazos ligeros y me transportaste destrozando mi parálisis.
Me llevaste al extremo, hasta el final mientras mantuve los ojos cerrados. No podía mirarte sin pensar que esto terminaría aquí y me dejé llevar meciendo mis sentidos al ritmo de tus latidos desesperados.
Fuimos fruto de la desesperación y del silencio. Del vértigo y las punzadas heladas que me atravesaron cuando me lancé cogida de tu mano a la bastedad del océano sediento de miedo. Y no me soltaste.
Me devuelves a la realidad y el mar sigue ahí. Mis dedos están entumecidos por el frío y tú has desaparecido y me has dejado un sabor caramelizado en los labios. No se dónde estás, ni si quiera si has estado aquí en algún momento y tengo tu tacto tatuado en mi piel. Como si no quisieses dejarme del todo.
O como si existieses de verdad y amenazaras con robarme todo el miedo que me corroe mientras reúno el valor para decirte que siempre fuiste tú quien apagó los alaridos que destrozaban mis sueños.
