Era una escena un tanto triste
Él.
Era algo más de medianoche y el silencio imperaba. La última taza de té que se había preparado ya estaba congelada y las colillas amontonadas en el cenicero daban un aspecto triste a la escena. Encogida en su sillón favorito, leía como si el tiempo hubiese dejado de existir y por su cabeza corrían veloces miles de imágenes que solamente existían en aquellas páginas escritas por un autor que jamás llegó a explotar.
Mientras vivía ese mundo paralelo, desde fuera daba la sensación de que huía de algo y que ese era su único refugio. Me habría gustado poder llegar hasta donde estaba ella pero yo jamás tendría permitida la entrada al mundo de sus sombras. A ese donde se hacían grandes y ella pequeña.
Estuve tentado de interrumpir pero en cierto modo me gustaba verla tan auténtica, sabía que tarde o temprano volvería a donde yo estaba y entonces me necesitaría. En silencio me marché y abrí mis propias páginas en blanco, saqué ese boli que llevaba acompañándome más años de los que podía recordar y lo dejé hacer sin apenas pensar en lo que escribía.
Mi noción del tiempo también se desvaneció y rellené páginas sin sentido mientras escuchaba aquello que durante el día dejamos de oír. Tal vez sólo escuchaba a mi intuición o a mis entrañas, o tal vez eran los gritos de socorro que me llegaban desde el corazón que teníamos enterrado en un jardín secreto. Lo único que supe esa noche con certeza es que no podía parar de escribir y que cuando levantase la mirada ahora sería ella quien me mirara en silencio.
Ella.
Escribía frenético.
Yo aun tenía los ojos hinchados de tanto llorar y aquel fin de historia me había roto el corazón como tantas otras veces. Aun tardaría un rato en deshacerme de esa sensación que me invadía hasta el último centímetro de la piel y lo único que quería ahora era tumbarme a su lado y que me diera un abrazo que me devolviera el calor. No pude evitar una sonrisa al verlo sacudirse el pelo de la cara. Todavía lo llevaba demasiado largo.
Esperé apoyada en el marco de la puerta hasta que levantó la mirada y vi esas páginas llenas de talento desbocado. Pujando por salir desesperadamente. Y en silencio me invitó a que me acercara. Sabía perfectamente lo que necesitábamos los dos.
Me abrazó con tanta ternura que pensé que se me volverían a escapar las lágrimas pero en su lugar solo pude decirle que nunca había pensado que nuestro destino estuviese tan ligado a los personajes que creábamos en nuestra ficción. Tal vez sonase absurdo pero creo que él me entendió sin necesidad decir más.
Ellos.
No se decían nada, estaban fundidos en un abrazo tan delicado y tan fuerte que ni una tormenta habría podido romper el vínculo diamantino que habían compuesto. Eran la fusión casi perfecta entre la ficción y la realidad. El lugar donde la calma se había deshecho de los amores tormentosos y las despedidas absurdas.
Ella sonreía mientras se le cerraban los ojos y él acariciaba su pelo mientras su imaginación volaba por aquellas páginas recién escritas que aun palpitaban con una fuerza sobrecogedora.
Ambos se sabían libres y prisioneros y en ese abrazo encontraron la calma en una noche en la que el silencio reinaba, el té estaba frío y el cenicero nos regalaba una escena un tanto triste.
