Café, caminos y secretos

El olor a café despierta sus sentidos cada madrugada, le regala ese sentimiento con forma de hogar que hace mucho no encuentra. Se mueve en silencio por la casa a oscuras con esa taza humeante mientras la luna llena se despide con ese color rojizo que pocas veces le caracteriza y ella mira escondiendo una lágrima que nadie más que su propio reflejo puede ver.

Pierde durante unos minutos la noción del tiempo y se encuentra en la proximidad de aquel satélite que le llama de manera magnética y tan pronto se siente atraída como, un segundo más tarde, se asusta como una gata perdida y vuelve a la realidad. El café se enfría y, antes de lo que quisiera, será de día y quizá la rutina le devuelva un atisbo de alegría.

Se desviste despacio y apenas para a pensar en la ropa que le acompañará durante sus horas de luz pero todo queda esparcido de manera un poco absurda y se recoge el pelo en un moño demasiado descuidado. Se echa un libro al bolso y ahora ya puede marchar y enfrentar el amanecer con una sonrisa que todavía está adormecida.

El silencio de la calle, los escasos transeúntes excesivamente madrugadores como ella y los secretos de cada esquina componen esa belleza a la que pertenece de manera natural y que no le asusta. Es la armonía silenciosa que compra sus pasos ligeros mientras camina sin destino fijo durante un rato. Mientras llega a su destino encuentra alguna sonrisa tímida y tal vez desconfiada, gestos huidizos de los que no necesitan intercambiar palabras para saberse compañeros de vida. Sin importar que sean 5 minutos o 10 años, siempre y cuando miren con sus corazones.

Hoy se detiene frente al mar, que poco a poco se tiñe de dorado dando paso al lugar más bello del mundo sin apenas avisar de que la tormenta ya terminó y que esa lágrima solitaria se ha convertido en un rubí en forma de corazón. No muy lejos hay otra persona que ríe sin parar, que mira a su alrededor como si fuese la primera vez que viera un amanecer, lo que a ella le provoca una terrible carcajada salida del alma, como si hubiese esperado mucho tiempo hasta poder salir. Se miran y ambos comienzan a reír en medio de ese mar de oro, como si el resto del mundo no existiera.

Dejan todos aquellos trastos que pesan demasiado en el suelo y se funden en un abrazo dulce, puro y eterno. No saben sus nombres ni apenas el aspecto que tiene el otro pero qué importa aquello cuando sus caminos se han cruzado y les ha regalado lo mejor de sí mismos y de un mundo que a veces sí es tan bello como imaginan.

La magia y la energía glorifican el amor por aquel abrazo en el que sus almas han colisionado y ellos se despiden con un beso huidizo, en silencio, sabiéndose un poco más reales en un paraíso que aguarda paciente a su último adiós.

Ella recupera su bolso cargado de otra realidad alternativa y se marcha despacio. No mira atrás y camina hacia su presente con el corazón en la mano y la sonrisa en unos ojos que hoy no tienen ganas de mirar al suelo, sino a cada uno de los secretos que hay preparados para revelarse ante ella.