La razón por la que caeremos
Qué terror el que nos carcome cuando olvidamos que hemos de caer. Que tarde o temprano seremos ceniza o desperdicio para los carroñeros.
Qué terrible el horror que nos proporciona esa ignorancia lasciva de la que presumimos, ajenos a lo diminuta de nuestra esencia abandonada a la suerte estipulada en medio de una civilización que retrocede a un ritmo tan vertiginoso que sería imposible detenerlo.
Y qué fácil sería cerrar los ojos, flotar y asustarse.
Pero somos prepotentes, arrogantes, arruinados entes que no merecen la libertad de volar sin miedo a caer.
Y olvidamos que estamos aquí por algún tipo de suerte del destino. Olvidamos que somos finitos y que deberíamos vivir a luminosidad constante con la que nos hemos topado.
Olvidamos, día tras día, sin pausa, que la belleza de vivir se encuentra en todo lo desconocido; en el gozo de todo aquello que jamás debimos destruir.
Es por ello por lo que vivo en un estado latente de pánico del que soy incapaz de deshacerme. Es por lo que lloro cuando miro al cielo desnudo de nubes y memorizo cada estrella por si mañana no llegase. Qué liberador sería si se me otorgasen esas alas que no merezco para poder cruzar los océanos mientras el viento me baña las plumas.
Pero no lo merezco, no soy diferente de ti, o de aquella desconocida que te miró entre copas aquella noche desesperanzada y borracha de silencio. No soy diferente a la irónica o la presumida; a la tímida, a la risueña e incluso a la que ya está desquiciada por todo este dolor.
No soy diferente a ninguna de ellas y, solamente por eso, respiro hondo y me curo pensando en que la caída será menos dura si pido perdón a un ser en el que nunca pude creer.
