No quiero, lo necesito
por palabrasinaudibles
No esperaba que fuese tan de repente. ¿Cómo pudo ser? Llegó como una tormenta de verano y se fue como se marchan los suspiros de una noche de invierno demasiado larga.
No podía parar de mirarse las manos y preguntarse si todo aquello era real. Siempre había tenido una cierta obsesión con sus manos; “son lo único que existe fuera de mi cabeza”, decía.
Se miraba las manos y se amontonaban las preguntas que no sabía si quería responder aunque solamente una respuesta era importante: sí.
Sí a absolutamente todo: al rechazo inicial, a la consiguiente decisión de ignorarlo, a las imágenes acosadoras en su mente sobre todo lo que llegaría en convertirse o dejar de ser. Sí a las mentiras, a las miradas desconcertadas, a los irrefrenables abrazos que más de uno le daría y a los comentarios lastimeros.
No importa el final, ya sabemos cuál es. Todos lo sufrimos. Importa el camino y la manera en que lo viviría a partir de entonces. Sin excusas o escusas, sin miedos porque no había nada que perder, sin esperar.
Importa que ahora se sorprendía todos y cada uno de los días que estaba viviendo. Importan todas las personas a las que les dio su corazón aun sabiendo que aquellas quizá solamente querían juguetear. Pero qué más daba: la alegría de saberse capaz de amar así valía más cualquier juego malpensado o malogrado.
Importan los recuerdos quebradizos que quedaron en su mente cuando sus manos dejaron de funcionar. Importan los besos, las caricias y los susurros que calentaban un corazón que aun latía fuerte ante la imperiosa necesidad de vivir una esencia que no desaparecería.
No esperaba que fuese tan de repente pero, ¿quién espera que un día cualquiera un serio desconocido le diga que no hay mucho más allá?
Quizá ese es nuestro error. Quizá nos equivocamos al esperar que sí hay más, que hay una meta en la vida cuando lo cierto es que todo aquello que necesitamos está ahí y no hay que mirar muy lejos para verlo.
Nosotros somos las caricias que nos damos, los abrazos que nos regalamos y los besos que a veces esquivamos en un día nublado, algo lluvioso y tan perfecto y luminoso como nosotros queramos pintarlo.
