Universo
por palabrasinaudibles
Si las miradas hablasen descubriríamos que no somos sino el reflejo de una idea preconcebida.
Si nuestras manos gritasen todo lo que tocamos cada vez que cerramos los ojos, seríamos una historia eterna de discusiones pasionales sin descanso.
Si nuestras bocas callasen, sabríamos, por fin, que el silencio es nuestro mejor aliado cada vez que nos miramos en la oscuridad, cada vez que nos gritamos mientras recorremos valientes e incluso dementes centímetro a centímetro nuestra piel.
Si los olores no nos llevasen al pasado, sino al presente, cuál sería nuestra sorpresa al bebernos de fragancias imposibles que todavía no hemos sido capaces de nombrar.
Pero callamos, ignoramos y nos tapamos los oídos. Ansiosos por una velada sacada de la película más rocambolesca ponemos una canción cutre de fondo para que cubra los vacíos de nuestra conversación más vacía aun. Tememos mirarnos con franqueza y sonreír con honestidad. Hemos pasado demasiado tiempo escuchando que una buena actuación es la mejor manera de ahuyentar todo aquello que no queremos catalogar por si se vuelve demasiado real y nos vemos envueltos en una ráfaga con aires de libertad.
El vino nos acompaña de una manera sutil, invitándonos a ser reales por una vez en nuestras vidas descoloridas. Tal es su flexibilidad que se desliza por nuestras gargantas sin apenas llamar la atención, sin embargo no sois capaces de ignorar ese sabor dulce y algo tostado que, a la luz de esas velas que ya no tienen ni un atisbo de romanticismo, imprime algo de realidad a la música que ahora desearíamos estuviera apagada.
Por alguna razón que no tiene nada de especial, dejamos de pensar en el tiempo que llevamos mirándonos sin vernos y comenzamos a estudiar nuestros gestos furtivos en un intento indiscreto por sabernos mejor y con certeza.
Y entonces nos damos cuenta de que ahora el silencio se ha apoderado de la habitación. Qué increíble vernos desnudos de toda parafernalia y escucharnos sin hablar. No me importaría estar así toda la vida.
Es una quietud extraña la nuestra y, por otro lado, sabemos que no cambiaríamos este instante por nada del mundo. Cuando nuestras respiraciones se encuentran y se sincronizan la sensación de perfección es palpable. Casi podría cortarla si no fuese porque sé que no hay nada remotamente parecido a ésta.
Nuestras miradas comienzan a contar sus historias mientras nuestras manos dibujan una figura imaginaria sobre dos cuerpos que desprenden un número indefinido de sensaciones parecidas a la facilidad de amar en paz o a la felicidad desmesurada cuando escuchamos cada pausa en nuestras vidas.
Ahora recuerdo cómo nos intuimos en la sombra de una luz que se desvanece sin que podamos evitarlo. Recuerdo cómo tus dedos indecisos caminan por mi espalda mientras me susurras al oído que quizá ya nos conocíamos. Evoco tu imagen borrosa en un intento vano por traer a mi memoria lo que tus cicatrices contaron a mis manos ansiosas por distinguir las palabras bellas de las feas. Qué equivocadas estaban.
Así que te reconstruyo en mi adorada imperfección. Ésa que me abre el camino como si de su pupila me tratase, y decido que prefiero quedarme con el esbozo delicado de nuestras sonrisas empapadas de armonía en una noche en la que el tiempo dejó de existir mientras lo sencillo de nuestros sentidos se aprendían y se perdían al tiempo que bailaban al son de la música de los colores de nuestras vidas.
Y olvido que a lo mejor las velas, el vino y nuestra obsesión por el tiempo a veces son necesarios para que podamos aprender a ser únicos y preciosos diamantes perdidos en el universo inexplorado.
aprender a ser únicos y preciosos diamantes perdidos en el universo inexplorado.
