por palabrasinaudibles

Te marchas con el olor de su piel pegado a tus cinco sentidos, caminas recreándote en la imagen de su perfume mezclado con el tuyo sin sentido alguno, solapado a ti como lo están los pétalos marchitos de una flor que un día fue bella en un desierto recóndito del planeta. Como si se hubiese convertido en uno solo de manera tan confusa que penetra hasta lo más ínfimo de tus pensamientos. Los recuerdos que se materializan en tu mente quedan lejos de ser un movimiento definido y tú apenas consigues reaccionar ante todo lo que sucede fuera de tu control.

Lo primero que distingues es esa primera vez en la que vuestro encuentro furtivo se convirtió en una realidad bastante más presuntuosa de lo que ambos pretendíais. En este punto no podrías decir si lo que ves es real o fruto de tu imaginación, de la desazón que te acecha como un niño perdido en busca de una respuesta al porqué de la pena que a veces nos invade.

Lo segundo, se asemeja a la caída de la primera nevada: discreta, silenciosa, blanca, anónima y dulce como la sonrisa de un desconocido en un parque plagado de caricias etéreas.

La enumeración infinita de todo lo que va definiéndose en tu cabeza es indescriptible, absurda y tan compleja como un idioma construido de paradojas  y metáforas que nunca serías capaz de descifrar pero ahora sólo importa su olor en tu piel, en tu memoria y en los pasos lentos que contrastan con los suyos, tan nerviosos.

Mientras caminas intentas desprenderte. De ti, de su recuerdo, de su tacto y de su sonido. De su latir y de su silencio; pero no hay más que ver que tu intento es superficial y vano ya que tienes una sonrisa imborrable en medio de una nevada que podría convertirse, quizá, en una ventisca. En el momento menos esperado.

Siempre en el momento menos esperado.

Y tan impredecible como debía de ser te detienes y te paras a pensar, despiertas de esa nebulosa en la que estabas sumida y te das cuenta de que no quieres desprenderte de ese olor y sus innumerables percepciones. Sabes, de pronto, que su olor ya no es suyo, que no te incomoda, que se ha convertido en una minúscula parte de tu vida y que jamás podrías cambiarlo por algo mejor.

Que vuestra realidad no es maravillosa, o pésima, simplemente es y no hay nada más importante que eso. Y que la nevada ya no será una ventisca, sino un símbolo de lo que fuisteis; algo maravilloso, dulce, temporal y  terriblemente brillante.