Blanco y negro
Las cuatro de la mañana, te has despertado para no perder las malas costumbres y tu película en blanco y negro ha empezado. Parece que te has perdido un para de minutos porque te pilla totalmente desprevenida lo que se sucede ante tus ojos algo somnolientos.
Verás, no es tanto esa película que ves noche tras noche pero que nunca es igual, sino el modo en que te gusta recrearte, imaginar, degollar tus propias ilusiones y volver a dormirte con el corazón en un puño y culpando al mundo de tu dolor.
Te quejarás de la frialdad, de los cambios de humor tan repentinos que nunca llegas a entender, de esa indecisión que ya podía guardar en cualquier lugar menos en la cabeza pero, aun así, volverás.
Una y otra vez.
Y te ahogan los latidos de tu corazón, que en medio de ese silencio tan terrible suenan como un tambor en tu oído y no te deja pensar con claridad. ¿Qué oportunidades tienes de olvidar todos esos detalles? ¿En qué momento dejarás de reproducir todas esas imágenes tan vívidas que en medio del caos te arrebatan los restos de tu sonrisa?
Se vuela tu imaginación y se mezcla con tu realidad algo descontrolada y dejas que te desnude con la mirada, ni siquiera tiene que tocarte; dejas que descubra todos tus secretos absolutamente visibles para él; y terminas reconociendo que esa mirada te desarma hasta tal punto que le regalas tus palabras cuando ni siquiera te das cuenta pues ni tú sabías el valor que tenían. Tú misma has cedido a esas condiciones y no pensaste ni por un segundo que tu vida ya no era solamente tuya.
Y es que hay una cosa que debes comprender: nunca debiste confiar en un amante tan frío. Sabías te llevaría al borde de la locura.
Así que dejas que la película haga su camino hasta el final y cuando terminan incluso los créditos vuelves a tu realidad algo oscura pero a color. Derramas un par de lágrimas borrachas de dolor y vuelves a cerrar los ojos a la espera de un amanecer que promete más bien poco.
