La última estación

Escucho los latidos de mi corazón ralentizándose; mi respiración haciéndose cada vez más débil y mis ojos apenas pueden contener las lágrimas que cortan mi piel haciendo que me desangre muy lentamente.

Ahora que el viaje  ha terminado soy incapaz de pronunciar ni una palabra más.

Ahora que me envuelve el silencio me doy cuenta de que me he debilitado tanto que no puedo permitirme seguir mintiendo y necesito alguna respuesta definitiva para las cicatrices que respiro.

Escucho mis ausencias y no sé porqué me recuerdan a cada minuto que invertí en no pensarle, en no herirle y en no soñarle. Me apuñalan los delirios que construimos bajo noches desveladas y que todavía me imagino en ataques irracionales tan esperanzados que consigo llegar a creérmelos.

Y me apuñala porque sé que hay cosas que están destinadas a no ser. Es más, siempre lo supe y no entiendo qué detalle pude omitir para pensar que le alcanzaría en esa carrera en la que no sólo éramos compañeros, sino contrarios y uno de los dos tenía que ser el primero en terminarla.

Y él fue el vencedor. Una vez más ganó y pensó que no me dolería, pero se equivocó y no sabe hasta qué punto tan descabellado.

Venció y yo me quedé en la última estación escuchando cómo mis palabras se las llevaba el viento. Esperando a que mi corazón volviese a latir a una velocidad normal, a que mi respiración volviese a ser tan fuerte como antes. Esperando que mi cuerpo no fuese el que me hiriese mientras el tiempo me volvía la espalda.