Recuerdo que me encantaban los días de aire, me gustaba perder el control de mi cuerpo durante unos segundos cuando soplaba más fuerte de lo que esperaba. Recuerdo que siempre me decías que debía tener cuidado porque cualquier día me pasaría algo. Yo te contestaba con una de mis sonrisas. También que solías decir que tenía muchas sonrisas diferentes. Jamás me atreví a pedirte que me las contases; prefería el silencio de tus gestos y el aire en mi espalda mientras estudiabas la luz de unas estrellas que hacía miles de años estaban apagadas.

Tu predicción me obligaba a llevarte la contraria y decir que nunca pasaría nada grave y si algún día soplaba más fuerte sería increíble porque por fin conseguiría volar. Las alas nacerían de mi espalda y yo sería tan infinita que el universo sería mío. Me podía la ambición y la realidad es que la tormenta llegó y nos azotó.

La tormenta llegó y no se marchó.

 

 

 

 

 

 

Y me vuelo, no oigo, no veo, no atiendo a razones.

Me vuelo y me pierdo, me castigo, me rompo y me recompongo.

Me vuelo, aterrizo, despierto, duermo, caigo y vuelvo a despertar.

Me vuelo y me escucho a mí misma pidiendo ayuda a gritos mientras el viento me atraviesa como puñales de agua acristalada en mis entrañas. Pido ayuda a gritos y nadie me escucha mientras te veo sumirte en un bucle de razones imaginarias mientras fantaseas con una vida que nunca llegó. Que te quiera aquí mientras pareces no estar me atormenta y me apuñalas en silencio. Callo.

Entonces caigo de la nube en la que estaba subida mientras me quito los cristales que solamente veo yo y me curo las cicatrices reabiertas ante tu no reacción. Sigo callando.

Y tú ya no cuentas mis sonrisas, cuentas mis cicatrices. Tú miras el recuerdo de las personas que fuimos mientras no dejo de pedirte auxilio en silencio. Pero ya no sabes leer ni mis sonrisas ni mis ojos pues hace tiempo que te marchaste.

Te marchaste y cierro los muros, echo el candado triple, olvido dónde guardo la llave, te pierdo entre la multitud. Intento no saber quién eres aunque estés a mi lado. Me intoxico porque no puedo terminar de deshacerme de ti. Me persigues cada vez que te marchas. Respiro.

Respiro, me vuelo, callo, pido ayuda a gritos, coso mis cicatrices, me intoxico, me enveneno. Respiro, sonrío, escapo.

Y no dejo de correr, nunca vuelvo a mirar a tras, no entiendo porqué, no me alcanza la vista y no entiendo qué dejo atrás y qué  busco. Mis preguntas se quedan sin contestar.

Me vuelo, aterrizo, despierto, duermo, caigo y vuelvo a despertar. El silencio de mi habitación guarda mis gritos ahogados y camufla las lágrimas que se me escapan todas las noches de tormenta.