por palabrasinaudibles
Me gusta andar por la noche, cuando el silencio nos llama a gritos para que nos sentemos junto a él mientras una ciudad excesivamente caótica y que no tiene tiempo para nadie descansa durante unas horas antes de recuperar un ritmo frenético y que está terminando con las sonrisas que hacen que se enfríe cada esquina que doblo durante el día.
Mientras camino y hablo con un reflejo de mi perfección arrastrada, y algo coja, me encuentro con unos ojos que me miran con curiosidad. Mi reacción deja mucho que desear, no le digo nada y tampoco me marcho pero tampoco sonrío, ni reconozco esa mirada desconocida que no se aparta. De repente me da la sensación de que hay muchísimo ruido a mi alrededor pero es imposible, nadie se aventuraría a las calles a tales horas. Es mi cabeza, lo sé, y no entiendo el porqué.
Y entonces se acerca, despacio, como si tuviese miedo de que huya como una gata asustada; lo que no sabe es que se ha encontrado con un ser algo diferente y que no me moveré hasta que no sepa qué quiere y por qué hay tanto ruido sin previo aviso.
Me mira y yo le sostengo la mirada, no me daré por vencida. Da un paso más y yo sigo sin moverme enfrascada en mi conversación mental, no seré quien hable primero. Yo decido si se merece mis palabras o no.
Y sonríe. Sonríe y eso me pilla totalmente desprevenida, ¿qué le pasa? Tiene una sonrisa algo torcida y, la verdad, es que no me resulta atractiva pero no dejo de mirarla, estoy atrapada pero yo soy más fuerte que él y está jugando en mi terreno. Pasarán dos minutos, tres e incluso cuatro antes de que hable y, cuando lo hace, me cuenta que las estrellas nos regalan el camino, que el silencio es la cura en el caos que nos arrolla día tras día y que no pasa ni un día sin que recuerde esos días en los que el oro era el tiempo que perdíamos en cualquier lugar que nos recordase quienes somos en realidad. Me cuenta que todos y cada uno de nosotros somos tan perfectos que no debemos intentarlo más.
Y le creo, por algún motivo que no alcanzo a comprender le creo cuando me dice que nuestras lágrimas, nuestros gritos, nuestras risas y nuestras caricias son perfectas en sí mismas. Le creo cuando me dice que en nuestras imperfecciones está lo maravilloso de vivir en este y los miles de mundos que nos encontramos cada vez que empezamos una historia que, por el mero hecho de existir, será perfecta.
Entonces da un paso atrás y se rompe el encanto. Vuelvo a mirarle y me pregunto si será otro reflejo de mi realidad, de mi misma, o una persona que ha pensado que hoy estaba perdida. Sus palabras no dejan de resonar en mi cabeza pero el barullo ha desaparecido. Soy una muñeca algo desvalida ahora mismo pero creo que no le falta razón y busco sus ojos mientras le digo que mis defectos son mi mayor virtud, que sus palabras me suenan como una vieja melodía y que, a pesar de todo, echo de menos el silencio que muchas veces perdemos por miedo a descubrir el sonido de nuestros corazones.
Quizás ha llegado la hora de ser valientes.
