Valentía o locura

por palabrasinaudibles

A veces no somos capaces de decir la verdad. A veces, nuestra cobardía se hace patente cuando menos lo esperamos y, a veces, en un arranque de locura obedecemos a nuestros impulsos. Digo locura porque el límite entre la locura y la valentía está dividido por una línea casi imperceptible que cruzamos muy a menudo.

De vez en cuando nos levantamos en un día nublado y nos da la sensación de que no podremos con el mundo. Otras pensamos que nadie puede con nosotros y, pocas, somos realistas y decidimos aceptar las cosas como vengan.

Así que un día, uno de esos pocos en los que decides dejarte llevar, te miras al espejo y éste te devuelve una mirada que te resulta un tanto extraña, te preguntas cuándo dejaste de sonreír y decides burlar al destino y empezar una historia nueva. Una que marcará la diferencia en tu vida y que no te esperabas por mucho que imaginases.

Vas caminando por la calle, te pierdes entre tanta gente sin tiempo para detenerse a mirar a su alrededor y, en un momento de distracción, te estampas contra un desconocido cualquiera que no prosigue su camino a toda prisa como los demás, sino que se para y te pregunta si estás bien. Lo primero que te sorprende es su amabilidad porque, la verdad, esto es algo que ya no se ve muy a menudo y tal es tu desconcierto que titubeas un «sí» algo vago y te aventuras a buscar sus ojos que se te aparecen sonrientes y divertidos.

Esto te sonará a la típica gilipollez romántica que, obviamente, no puede existir pero recuerdas tu propósito del día y decides no pensar, inclinando la balanza tanto más hacia la locura que hacia la valentía. Antes de darte cuenta le estás invitando a un café por las molestias, ha sido tu culpa, le dices, así que se lo debes. Él acepta aunque te dice que no tiene mucho tiempo, lo cual te resulta raro porque no parecía tener ninguna prisa hace unos segundos pero le dejas hacer.

De modo que empezáis a caminar sin nada que decir porque vuestro tropiezo nos os ha regalado una conexión mágica ni nada que se le parezca y solamente está de vuestra parte una resolución ridícula pero es esta la que hoy os hace afortunados y antes de que os deis cuenta os enzarzáis en una conversación algo extraña sobre todos aquellos que van con tanta prisa que no son capaces de disfrutar las cosas más pequeñas. Y sí, a ambos os suena a tópico pero parece que hoy sois vosotros quienes tenéis la oportunidad de ver algo además de vuestra mirada alienada en el espejo.

No os dais cuenta pero las horas pasan más rápido de lo que os gustaría y esa conexión que inicialmente era inexistente se hace patente cuando aparece un rayo de Sol tristemente esperanzador. Y, por primera vez, vuestros ojos se encuentran y entonces tú, pequeña y no tan frágil pones todo tu yo en el lado de la balanza de la locura y le besas. Resulta de este impulso un beso algo extraño, nada espectacular, mágico o con música de fondo. Simplemente es un beso a un desconocido con el que habías tropezado de manera fortuita.

Y él no sabe cómo reaccionar. Es decir, ¿estará mal si responde con pasión? ¿Estará mal si quiere más? No sabe, está perplejo y decide, una vez más, que ella debe ser quien hoy actúe.

Entonces tú te echas a reír, te ríes a carcajadas de su indecisión, te brillan los ojos y te das cuenta de que ahí está la magia.

La magia está en no saber, en esperar lo inesperado, en levantarse un día y dejarse llevar; caminar, despistarse, tropezar, tomar un café, hablar, hablar del tiempo, de la gente y de los negativos que os hacen ser mejores. La magia está en besar a un desconocido y pedirle que te acompañe el resto de las horas de ese día que decides no pensar en todo lo que te gustaría tener para que, cuando llegue, no te convenza.

Y os enzarzáis en un camino de locura y atrevimientos que jamás habríais imaginado y que, centímetro a centímetro, os sorprende en un millar de sonrisas y alguna que otra frase insignificante.

Y el resto de vuestra vida la recordaréis como aquel día en que os levantasteis algo más valientes de lo normal, buscando en vuestros ojos lo que perdisteis por el camino, y en cierto momento decidisteis cometer una locura que no tenía nada de mágica pero que se convirtió en uno de esos momentos probablemente inolvidables.