Permite

por palabrasinaudibles

Permite que te acoja entre mis brazos. Permíteme acariciar tus lágrimas deshechas en pedazos de cristal. Dame tu consentimiento para trasladarte a un mundo en el que la felicidad no es un mito, un lugar en el que los pasadizos no te miran con sus ojos invisibles colmados de súplica.
Deja que el tiempo se pare, o que corra hasta que se agote y entonces todo quede en nada, será lo mismo. Cierra las manos y aguanta todo este infierno porque estoy llegando, ya sólo me quedan unos segundos para alcanzarte y, cuando lo haga, se que sonreirás y llorarás para que recoja el rocío de tu mirada.

Por fin serás feliz, habrás dejado de soñar. El tiempo se habrá agotado, la felicidad será una realidad, el dolor se habrá marchado y ordenarás que alguien sufra tanto como lo hiciste tú toda tu vida. Pues olvidarás el veneno en la mirada de aquel que se hacía llamar “ padre”, no recordarás a ese ser que te trajo a un mundo tan desgraciado como este y te obligó a someterte a la visión de unas palizas que podrían haber acabado con ella en cualquier momento, para luego defenderle al decir que ya no volvería a pasar.

Nunca más tendrás que pasear por oscuros callejones en los que algún desgraciado intentaría acorralarte para manosear tus caderas dulces y tu pelo peligrosamente suave.

Porque recuerdas aquella noche, ¿no es cierto? Te acuerdas de ese miércoles en que volvías quizá demasiado borracha para ser un día normal, y por casualidad diste con un tugurio que no frecuentabas, y tú, bendita y ya no tan inocente quinceañera te topaste con alguien que te pareció interesante. Un tipo que sin querer, o a lo mejor por cosas que el destino nos guarda, te envió una mirada que te encandiló y casi te obligó a salir tras de él hacia esa callejuela que os esperaba impaciente de rencor y de secretos a voces. Y al principio no te pareció que nada malo pudiese pasar, pero entonces él coló su mano entre tus piernas finas y tú descubriste una sensación de temor y deseo insaciable. Besó tu cuello elaborado de porcelana y enredó sus dedos entre tu pelo. Quisiste escapar pero no pudiste, y como salida de la nada una fuerza se apoderó de ti y de las yemas de tus dedos y conseguiste apartarlo de ti colándolos por su garganta hasta que se ahogó mientras él no dejaba de tocarte.

Encontraste el placer en el dolor, imaginaste sentirte como una diosa y cuando volviste a la realidad viste su cuerpo inerte en el suelo, sin vida, sin poder dar marcha atrás

Esa noche descubriste algo desconocido en ti y sé que lo recuerdas cada día, así que permíteme hacerme con tus peores pesadillas, dame permiso para llevarte a un lugar en el que los deseos y la maldad no son más que alucinaciones…