6 días y 7 noches en este sitio. Dicen que me curaré. No les creo. Son las tres de la mañana y sólo escucho la respiración de mi compañera entubada y las risas vagas de las enfermeras que fuman cigarros que luego dejan se consuman sin sonrisad.

Odio este olor, no huelo más que soledad y un pesimismo que acecha cada esquina que doblo, cada pensamiento que imprimo, cada resquicio de ambigüedad.

Ayer paseé por un jardín y vi a una pequeña, de unos 7 años quizá, intentando cazar mariposas de colores en el aire, pero sus manitas débiles a duras penas obedecían. Más tarde pasé por delante de su habitación y no pude evitar pararme al ver cómo una aguja atravesaba su piel a la par que cuando ella notó mi presencia, me sonrió con la mirada. Y cuando me percaté de que una lágrima corría por mi piel fría no dudé en echar a correr con la imagen de su sonrisa de cristal, compuesta por la certeza de aquel que sabe que va a morir, clavada en mi cabeza.

Y no dejo de ver sus ojos negros perdidos en este apocalipsis controlado; no dejo de imaginar una y otra vez cuántas almas se habrán perdido en este sitio tan apático. Quiero saber si merece la pena, tengo curiosidad por verla a ella, por sentir su piel fina, delicada… Sus ojos dorados revestidos de una dulzura temerosa, recogiendo con cuidado cada alma.

Quiero dejar de llorar, quiero que no me vuelvan a mentir.

Que me digan de una vez que no me curaré, porque cuando no tienes esperanza no hay nada que te salve.