Oportunidades.
Desencuentros y miradas rotas por el dolor de mil patadas que apuñalaban sus sentidos.
Se buscaban sin saberse, sin conocerse, sin pensarse. Escudriñaban cada rincón en busca de un atisbo de felicidad en sus vidas, cuando su fe en el amor no existía. Cuando hablaban de éste como una sarta de tonterías que solamente creían aquellos ingenuos que jamás habían experimentado el desamparo.
Y no fue un día especial el que se conocieron. Ni lluvioso ni soleado, los pájaros no revoloteaban por doquier y no sucedía nada que valiese la pena remarcar. Pero fue cuando se cruzaron sus miradas. Cuando, entre bromas y cigarrillos que dejaban se consumiesen por sí mismos, establecieron un vínculo que no podían ni tan siquiera imaginar. Sin embargo ya estaba ahí y a cada gesto o mirada se hacía más fuerte y no tardaría en mostrarles lo equivocados que ambos estaban.
Derrotados por algo contra lo que ninguno pudo luchar por un solo momento hablaron durante horas. Se contaron las delicias de sus pesadillas y permitieron que sus corazones se liberasen del peso en el que los tenían encerrados. Ni aun entonces fueron capaces de reconocer lo que ambos estaban sintiendo como una tormenta enfurecida en su interior: su alma bailando jubilosa por primera vez en muchos años, pujando por salir y deseosa de liberarse de la prisión lógica que tanto tiempo llevaba encerrada.
Saltaron la barrera, se besaron sin pensar. Miraron las estrellas del cielo ennegrecido y una luna existente. Permitieron que su sangre corriese ardiente en una noche fría. Una de tantas; nada especial, nada que merezca la pena recordar. Simplemente sus miradas se curaron.
La búsqueda mereció la pena.
