Respirar…

Cuando dos personas tan diferentes se encuentran y se miran por primera vez el mundo podría caerse en pedazos. Una sonrisa de desdén y una mirada recelosa por parte de la otra, abren una puerta nueva sin que nadie se dé cuenta. Porque ambas saben que en cuanto intercambien la primera palabra todos los prejuicios desaparecerán.

Y me acuerdo de aquella primera vez en que me miró, noté su mirada inquisitiva y despacio me giré para comprobar que no era otra de mis fantasías extrañas, de esas que solamente ocurrían en mi cabeza. Cuando se percató de que me había girado ya era demasiado tarde, ella estaba ensimismada y yo no podía apartar mi mirada de sus ojos verdes, extrañamente grandes. Entonces, para mi sorpresa, sonrió. Curiosa reacción si me paro a pensar, fuera de toda lógica. Lo más normal hubiera sido que huyera de alguna manera u otra. Pero no lo hizo. Yo llevaba mucho tiempo buscando a alguien diferente a mí, alguien a quien no le diese vergüenza mirar y sonreír, alguien que construyese un mundo aparte en un intento de dejar de sufrir todas las malicias de nuestra realidad.

Buscaba a alguien que volase al dar un solo paso, que con un gesto y un roce de su piel echara a temblar el mundo entero. Alguien que con dos palabras escribiese un libro entero sobre realidades distintas a la cruel en la que nos obligaban a vivir. Que sin proponérselo, tan solo con una mirada, ya me hiciese soñar.

Estaba ahí y no podía irse, no podía porque cuando  lo hiciera yo moriría y por una vez no deseaba hacerlo, pedía un día más. Esa noche nuestros cuerpos se fundieron a fuego lento en una danza de caricias, toqué cada centímetro de su piel y olí su perfume a dulzura…

Y cuando la vi dormir me di cuenta de que la quería más de lo que había querido a nadie nunca.

Respiré por primera vez en muchos años.