Dulce, suave, silencio.

Histérica, histeria, histérica, histeria.

Sentada al borde de la cama se balancea hacia delante y hacia atrás en un intento por calmarse, por recuperar el control perdido. La sangre mancha sus manos y su camisa blanca. Sus ojos están vidriosos, muestran que ha desconectado del mundo.

Ha visto una muerte dulce pero no puede decir nada, ha perdido cualquier palabra. Sus letras han volado. Se ha encontrado a una niña perdiendo sangre, en la bañera, inconsciente, muerta o viva; inconsciente. Se ha acercado y ha rozado sus muñecas que no dejaban de emanar muerte y se ha manchado. Sus manos y su camisa están sucias.

En casa  ha tomado de un trago una copa de vino y se ha mecido, sin resultado alguno. No se lo puede decir a nadie, no se lo puede decir a nadie.

El teléfono suena pero nadie contesta, sus sentidos no reaccionan al timbre.

Eternidades… En la antigua Roma, llamaban a la muerte dulce a aquella que se producía cuando alguien se cortaba las venas y, para no sentir dolor, se metía en agua caliente de manera que al roce con las heridas, éste menguase.

Ahora ella ve aquellas heridas en su mente, en su recuerdo, en su vida. Son de las que nunca sanan.

Un hilo fino de sangre recorre su labio frío y sin vida. La muerte dulce no existe.

Histeria de un final que nunca fue dulce.