4.

Una mañana despierta en su cama, le duelen las piernas, ha estado caminando toda la noche por las calles vagamente iluminadas, observando cómo pasan coches, algunos se han parado a mirarla, otros han pasado de largo. Ella caminando de la mano de su compañera inseparable, la soledad, se ha sentido aliviada cada vez que un coche ha pasado de largo, ya no quiere seguir así. Se levanta y camina hasta el baño, cuando se mira en el espejo ve un rostro como ella no lo recordaba, maquillaje vagamente corrido y tristeza conquistadora de sus ojos se alzan en un reflejo que podría no ser el suyo, le duele hasta el alma. Mientras se lava la cara intenta pensar en cómo un hombre pudo hacerla terminar así porque lo cierto es que no recuerda qué fue exactamente lo que le hizo tanto daño.

Un día larguísimo se halla ante ella y no sabe qué hacer, en estos pocos meses ha recorrido la ciudad mil veces, conoce cada calle, cada esquina, las luces y las sombras, la conoce en sus momentos de esplendor y en sus horas de frío, soledad, tristeza y furia.

En el salón mira hacia su piano, no lo ha tocado desde que él se marchó, no ha sido capaz, mas ahora ya no siente pena, ahora ve que está furiosa y ello no le impide acercarse hasta él y pasar sus finos dedos sobre las teclas que esperan a ser pulsadas. Dejándose llevar se sienta y comienza a tocar. Es una melodía suave que le trae toda clase de recuerdos, pero también es dura y se lleva toda su furia y su dolor consigo…

Ha anochecido y es la hora de marcharse, esa noche se pone un simple vestido negro y una chaqueta por encima, va a pasar frío pero no le importa, con un poco de suerte encontrará a alguien que la necesite. Camina por mitad de una calle, no hay coches de modo que no corre peligro, le gusta sentir el asfalto bajo sus tacones altos, finos y de marca, son negros también. Ella esta noche más que sentirse como una puta se siente como la princesa en busca de su palacio, presiente que algo especial va a ocurrir y no puede esperar a saber qué es. De pronto un coche se para junto a ella, no lo ha oído llegar tan absorta en sus pensamientos. Ella se detiene y espera a que su dueño baje la ventana, cuando aparece la cara del que se ha parado ella da un paso atrás, es el primero, el que le contó toda su historia, el que le hizo sentir placer por última vez.
-Sube.
Ella abre la puerta y se monta en el coche en silencio, de hecho, ninguno de los dos intercambia palabra en todo el viaje. Van al mismo hotel, suben a la misma habitación y ella vuelve a sentarse en el sillón cuya luz le robaba la sonrisa.
-Jamás pensé que volvería a verte. – Dice ella ocultando el temblor de sus manos.
-Lo mismo digo, pero tenía que intentar encontrarte, aquella noche…- No termina la frase, no puede.
-Eres consciente de lo que soy, ¿verdad?
-Eres una mujer irreal.
-No, te equivocas, sólo soy una puta, ni más ni menos. Cada noche salgo a la calle y cobro a hombres por darles lo que desean. Los hay que solamente quieren caricias, los hay que para excitarse necesitan ver cómo me toco; a otros incluso les gusta pegarme. ¿No lo entiendes?
-Eres mucho más que eso, lo sé.

Ella le mira sin comprender, durante meses ha estado vagando como una autómata, moviéndose de cama en cama sin importarle qué le pidieran y ahora llega aquel al que brindó su último beso para decirle que es diferente, exactamente igual que la otra vez.

Se observan durante mucho rato y finalmente él se acerca a ella, a éste le arde la mirada, sin embargo ella permanece tranquilamente sentada con las piernas cruzadas, no se inmuta. Él se inclina algo hacia ella y se sostienen la mirada en cientos de preguntas mudas, entonces él la besa y ella no logra apartarse…