3.

La invita sentarse y ella sin saber exactamente cómo actuar escoge un sillón alejado, en una esquina, que hace que la mitad de su rostro se esconda por la luz que no llega. Así el la ve más bella si cabe, quisiera tocarla probar el tacto de su piel, su olor, pero lo que de verdad necesita es hablar. Ella le mira con una media sonrisa a la vez que se pasa la mano por el cabello oscuro para apartárselo de la cara, entonces él comienza a hablar y ella le deja librarse de toda su rabia y su pena oculta. Le dice que su mujer hace tiempo que no duerme con él, que ya no recuerda cómo es el temblor de los sentidos cuando se desabrocha botón tras botón la camisa de la víctima de la lujuria. Le cuenta también que le gustaría volver a ser un niño para poder correr y correr y sentir que nada más importa, para poder coger de nuevo el balón de fútbol y saberse el campeón de su mundo; pero no puede. El tiempo no pasa en vano…

Ella escucha en silencio y a medida que pasa el tiempo siente cada vez más pena por ese hombre, de modo que, cuando finalmente deja de hablar se levanta y lentamente se acerca a él para sentarse a su lado. Se miran y ella le da un beso, suave, breve, efímero y eterno.
-No tienes que hacer esto, hoy no- Dice él mirándola seriamente.-Gracias por estar aquí hoy, y gracias por este beso, vosotras nunca los dais, pero tú eres diferente…
-Quiero hacerlo, hoy sí. Somos iguales estamos solos y este es mi trabajo, no me pagues sólo por haberte escuchado, págame por darte aquello que deseas.
Entonces él sin poder evitarlo por más tiempo se abalanza sobre ella y lo hacen ahí mismo, encima del grande sillón en el que él estaba sentado. Él da rienda suelta a toda su desesperación, ella solamente siente el tacto de su piel en la suya, y dolor, el dolor que ha estado evitando durante todo el rato que le escuchaba. Cuando acaban ella le da un último beso y le pregunta si puede ir a la ducha. Recogiendo la ropa que ha quedado por el suelo se mete en el baño y, de nuevo, vuelve a ducharse con agua helada, se quiere desprender del olor de este hombre, cuyo nombre aun desconoce. Cuando sale vestida ya, con su camisa demasiado grande para ella y los vaqueros ceñidos, se encuentra con él mirando por la ventana. Le ha dejado un fajo de billetes encima de una mesa y ella los coge, le mira una última vez y se dispone a salir.
-Gracias-. Vuelve a decir él.
-No hay de qué.
Sale de la habitación, del hotel y de esa noche casi irreal, para irse caminando tranquilamente a su casa.

Pasan los días y noche tras noche sale a las calles, siempre del mismo modo, labios rojos, cabello negro, vagamente despeinado y, a veces, con la misma camisa del hombre que la abandonó. A medida que pasa el tiempo se da cuenta de que los hombres que la acogen en su cama son siempre personas solitarias, rotas de dolor que, inexplicablemente acuden a ella, quizá porque son como ella. Sin embargo, a ninguno de aquellos brinda un beso, pues no es amor lo que buscan, es saberse liberados por unos minutos de toda culpa y sufrimiento…