Relatos, descripciones y reflexiones

2.

Abandona el salón y camina hasta su cuarto con una inusitada tranquilidad, se mete en la cama e intenta dormir, pero no puede. Las sábanas huelen a él. Durante horas da vueltas en la cama intentando no pensar, pero hay cosas que no se pueden evitar y los recuerdos se precipitan sobre ella sin compasión. Su mente ese primer encuentro que tuvieron, aquel día ella estaba tumbada en su cama del hospital y él había ido a visitar a su hermana; aquélla primera caricia que él le dio cuando ella le contó la historia de su infancia; las palabras que él le susurraba cada noche cuando ella despertaba en medio de sus pesadillas, los besos, la pasión y aquellos momentos en que ella tocaba el piano y él apareciendo por sorpresa se sentaba a su lado para tocar con ella. Finalmente se queda dormida, está tan cansada…

Horas y horas pasan, ella está sumida en un sueño extrañamente profundo, podría quedarse así para siempre y no pasaría nada, de este modo no volvería a sufrir. Pero al final despierta y con los ojos tristes se levanta para arrastrar los pies, el alma y el corazón hasta la ducha. El agua fría recorre su cuerpo y ella permanece bajo el chorro de agua, inmóvil hasta que se percata del frío que tiene y sale para ponerse, tras secarse con parsimonia, solamente una camisa que le viene grande una camisa de hombre, la única que ha olvidado llevarse.

El piano. El piano le está esperando, las teclas blancas, inmaculadas, guardan en ellas la música más bella del mundo. Ella lo mira y nota cómo en un instante el corazón deja de latirle, duele tanto…

Se suceden los días y ella permanece en un estado de ausencia absoluta, no sale de casa, no se aleja de los recuerdos, está viviendo en el pasado. Desde el lugar donde trabaja la han llamado y le han pedido amablemente que no vuelva, ahora no tiene de qué vivir y tiene que encontrar algo, pero no puede. Una noche sale de casa, con unos simples vaqueros y la camisa de hombre que no desea quitarse aunque ya no huele a él. Camina por las calles oscuras, se alegra de que esté oscuro y de pronto un coche se acerca a ella. Se trata de un hombre vestido de traje elegante, tiene cara de estar cansado, baja él la ventana y le dice que si está trabajando, ella desconcertada al principio no sabe qué contestar pero en cuanto se percata de la situación le mira y le dice:
-Sí. – Con una voz rota de dolor y ronca por el desuso.
-¿Quieres subir? Sólo quiero hablar estoy de viaje de negocios, tengo una habitación en un hotel en el centro.

Ella sube aunque no sabe porqué, ya no es la misma mujer de antes. En el coche permanecen ambos callados, él la mira de reojo de vez en cuando con la mirada curiosa.
-No pareces como las demás, ¿seguro que trabajas en esto?- Le pregunta de repente.
-Sí- Vuelve a contestar en ella mirándole con seriedad y dejando voluntariamente los labios entreabiertos.
-De acuerdo.
Llegan al hotel y suben hasta la habitación del último piso, una grandiosa suite en la que podría vivir para siempre, pero ahora solamente está ahí por un casual y porque ha encontrado una nueva manera de sobrevivir…

Él la mira, observa su cuerpo perfecto y cómo los vaqueros ajustados realzan la forma de sus piernas, después observa la camisa que lleva, negra, que a pesar de ser grande para ella, no oculta sus perfectas curvas. Entonces siente deseo, pues no ha probado el sabor de una mujer en mucho tiempo, pero no es por eso por lo que la ha invitado a ir con él sino porque está solo y necesita hablar con un desconocida, y ella ha sido la elegida.

1.

-¿Me quieres?
-Ya te he dicho que no.
-Pues no te creo, repítemelo.

-No te quiero.

-¡No te creo! ¡Mientes, mientes! – Le grita ella con los ojos llenos de lágrimas – ¿Y todo este tiempo has estado fingiendo?
-Sí – Le contesta él con la mirada impenetrable-
-¿Por qué? No, no puede ser verdad, ¿Qué hay de todas esas promesas que me hiciste, que nos hicimos? De aquélla vez en que me juraste que siempre estaríamos juntos…- Se le quiebra la voz, le tiemblan las rodillas, no puede pronunciar una sola palabra más, se le nubla el corazón…
-A estas alturas deberías saber que las promesas de amor nunca son de verdad.

Ella no aguanta más. No puede soportar que él la esté mirando con esa indiferencia. ¿Por qué? No lo entiende, él la salvó cuando estaba a punto de morir y ahora le arranca la vida que le dio a tiras de la piel. Se deja caer en medio del salón y solloza como una niña pequeña, por eso es lo que es, porque desde que él apareció ha vuelto a tener ilusión, a creer en la magia y a soñar con volar hasta tocar el cielo con solo dar dos pasos y un pequeño saltito que ha de elevarla hasta las estrellas que tanto anhela. Llora, las lágrimas no dejan de caer y él permanece frente a ella impasible pues no puede hacer nada, ha de marcharse y para que ella no le siga debe hacerle daño aunque ello suponga acabar con ella.

-No te preocupes, lo superarás -. Le dice mientras empieza a notar cómo su falsa firmeza está desmoronándose poco a poco
– Me voy.
-¡NO! – Chilla ella sacando fuerzas de ninguna parte – No, por favor, no te vayas, no te vayas…- Termina diciendo en lo que a penas es un susurro suplicante.
-Adiós.

Y lentamente se gira y se marcha, en silencio, ella ni siquiera escucha el sonido de la puerta al cerrarse. Se queda ahí sentada con lágrimas empapándole la cara, no tiene fuerzas levantarse pues él se lo ha llevado todo consigo y no le queda nada. Al otro lado de la puerta él permanece con los ojos negros, no hay ni rastro de sentimientos pero por dentro está furioso, se odia a sí mismo por ser tan cruel y por lo que acaba de hacer, mas no hay otra solución.

Ella permanece durante mucho tiempo ahí, hasta que siente que no puede llorar más, que las lágrimas se le han agotado, que su tristeza ahora va por dentro haciéndole notar hasta las entrañas. Muy lentamente se levanta, despacio, sin prisa, hay tiempo de sobra ahora que ya no tiene nada que perder ya que lo único que ama la ha abandonado aun sabiendo que eso la va a matar muy poco a poco. La muerte a veces puede ser despiadada.