Sueño y soñaba
Me acuerdo de que cuando te quedabas mirándome a los ojos tu luz sonreía con dulzura y me acuerdo de que cuando llovía te gustaba salir a bailar bajo la lluvia y el pelo se te pegaba a la cara y reías sin parar hasta que te cansabas, pero ni si quiera entonces volvías dentro de casa, porque la lluvia mojaba tu risa, tu luz, tu dulzura y a ti te gustaba correr hasta llegar al fin del mundo.
Recuerdo que entonces unas alas se abrían a tu espalda, unas alas enormes; de un blanco pulcro. Y echabas a volar, hasta el cielo, más arriba, más arriba, siempre hacia arriba. Y cuando volvías de tu paseo por las inmensidades me decías que te diese un vaso de leche calentita, que así no te resfriarías; y yo además le ponía una cucharita de miel dulce, de esa que tanto te gustaba a ti y que yo tanto odiaba. Yo te llevaba tu taza, demasiado enorme para tu manitas de porcelana, y hundida en el sofá, con el pelo todavía pegado a la cara y los ojos bailoteando de alegría, tú te la bebías.
Me encantaba verte tan feliz. No podía imaginar que aquel sería el último vaso de leche con miel que te prepararía, que la lluvia de esa noche sería la última que yo te vería tocar. Porque por primera vez me dijiste que tenías mucho frío. Esa fiebre terminó por llevarte a un sitio que yo no puedo alcanzar.
Tampoco termino de entender cómo incluso siendo libre como tú eras, pudiste ceder. Supongo que Ella te trataría con suavidad, que te ofrecería su mano dulce, de piel lisa, te sonreiría y tú volarías con tranquilidad junto a su presencia silenciosa.
Porque a la mañana siguiente, cuando te vi dormida en el sofá tú sonreías y eso sería porque no fue tan malo, ¿verdad? Porque desde donde quiera que estés tú aun bailas y vuelas cuando llueve, ¿verdad?
